Выбрать главу

al naya, el sevillano, con su creciente influencia, más militar que administrativa, encelaba a ibn nagrela, al que abdalá en su crónica designa siempre como “el puerco”. pues bien, “el puerco”, sintiéndose en declive, con el afán de precaverse, calculó que la solución era ofrecerle granada al rey de almería, al mutasin ibn sumadí, que, por agradecimiento, respetaría sus privilegios. la comunidad judía y sus rabinos le aconsejaron que tomase sus bienes y se fugase antes de que al naya acabara con él; pero ibn nagrela se aferró a su decisión, convencido de que, huyera donde huyera, al naya y el sultán lo perseguirían.

entró, por tanto, en contacto con el rey de almería, pero éste le exigió avales, porque, siendo granada la ciudad mejor defendida, le asustaba una derrota que le haría perder su propio reino. ibn nagrela comenzó sus intrigas: mandó a los castillos principales del reino a los esclavos negros, a quienes indispuso con al naya, ganándoselos con tal comportamiento: por el contrario, los castillos secundarios los desguarneció para que ibn sumadí pudiese conquistarlos con facilidad. como el judío y el sevillano, cada cual por su conveniencia, tenían al sultán placenteramente apartado de la vista del pueblo, comenzaron los granadinos a creer que había muerto y que el judío les ocultaba la verdad. a ibn nagrela le urgía la toma de granada por el rey de almería, que, dueño de bastantes fortalezas menores, no osaba aún acercarse a la capital. esta tardanza dio lugar a que el populacho se rebelara, una vez más, contra los judíos, pretendiendo, una vez más, sacar tajada de ellos.

ibn nagrela, por si llegaba el caso que llegó, había resuelto construir esta fortaleza para protegerse con su familia una vez conquistada granada por el de almería, hasta que se apaciguasen los ánimos. pero el pueblo y los nobles, que sólo en las grandes algaradas se unen, le atacaron, ayudados y enfervorizados por los esclavos negros, que salieron borrachos de una reunión pregonando a voces la muerte del sultán. ibn nagrela se ingenió para mostrarlo vivo al gentío, disfrazando para ello a alguien de su casa, desde una ventana de esa torre. pero los esclavos ya habían publicado que el rey de almería se aproximaba (lo que no era cierto), y se sumaron en contra demasiados factores: la aversión a los judíos, la exageración de su perfidia, la generalización a todos de los defectos de unos cuantos y de la ambición de uno solo, el acaparamiento de cargos y prebendas, la ruptura de las tradiciones ziríes, y el miedo a una conquista provocada.

ciegos y embravecidos por el odio y el ansia de botín, consiguieron entrar en aquel primer cuerpo de la alhambra incipiente y matar a ibn nagrela. después pasaron a espada, cómo no, a todos los judíos de la ciudad, aunque alguno quedó, como sucede siempre. alguno, en efecto, que no tardó en hacerse con las riendas del nuevo gobierno.

mira, pues, boabdil, cómo este relato veraz demuestra que la alhambra es obra de la previsión y el poder de un hombre de mi raza.

y reía el buen ibrahim de sus propias palabras, que a pies juntillas yo creí, ya que nada más lejos que la mentira de una persona tan pulcra y tan honrada.

ibrahim tenía tantos hijos como tribus israel. su prole era numerosísima; como si sólo a él se le hubiese encomendado la perduración de su pueblo. vivió muchos años.

hace uno sólo que ha muerto, o mejor, que se ha extinguido, según la naturaleza que a él le complacía respetar, entre el amor de su familia. espero que en la sión celestial lo recibieran el coro de los ancianos y la bienvenida de yahvé. sin embargo, confieso que siempre he considerado a yahvé poco propicio a ofrecer bienvenidas.

el eunuco nasim.

la primera vez que tropecé con él fue a causa de un tropiezo. me explicaré mejor. mi hermano yusuf y yo jugábamos una tarde en los jardines que hay ante el palacio de mohamed v, donde está la fuente de los leones. las dependencias de la secretaría habían sido ya cerradas, y nos entreteníamos viendo a los administradores y a los secretarios, con ese aire contrito e impersonal que caracteriza a los que escriben mucho, arqueada la espalda, de asuntos que no les interesan. yusuf y yo entramos en “la sala de la ayuda”. (la llamábamos así entre nosotros porque sus muros tienen grabada de suelo a techo una misma aleya, que inicia esa palabra, con la reiteración que pusieron en su quehacer los decoradores de la alhambra. una reiteración que produce cierto mareo, como si uno estuviese rodeado de infinito, a fuerza de mirar las mismas frases innumerablemente repetidas.) corríamos uno detrás de otro, acosándonos y agarrándonos de la ropa. yusuf me había desgarrado una manga, y yo, con un agudo grito, me desprendí de él. pasé entre unos cuantos secretarios sin mirarlos, y todos se apartaron. menos uno, contra el que choqué de forma irremediable. asiéndome del cuello, me dio una bofetada. levanté los ojos desconcertado, y vi que era el sultán.

– ¿de quién es este niño?

– de la sultana aixa, señor -dijo una voz.

– pues dile a la sultana que lo eduque mejor; que le prohíba alborotar y gritar como una mujerzuela.

y apréndelo tú mismo.

luego continuó despacio entre su comitiva, hablando de algún tema de mayor interés.

yo permanecí inmóvil y azorado.

yusuf había desaparecido, lo que hacía con admirable habilidad.

sólo estaba a mi lado el dueño de la voz, que me conocía, aunque yo lo desconociera. era blanco como el arroz con leche, de labios rojos y delicada cara casi infantil; rubio y sin barba, y de buena estatura, aunque no tenía el cuerpo tan fino como el rostro. un rostro que en aquel momento me sonreía con un asomo de confabulación.

– me ha confundido con uno de tus ayos. no me disgustaría serlo, porque eres muy agradable. ¿qué haces aquí a estas horas?

– jugaba -respondí.

– ¿tú solo? ¿no tienes amigos?

¿de quién huías? -y concluyó riendo-: ¿de ti mismo?

– sí.

– pues huir de uno mismo es mala cosa. acabarás por no encontrarte nunca. -cambió de tono para preguntar-: ¿tú eres el mayor o el pequeño?