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– el mayor.

– por tanto, eres boabdil, el futuro heredero si no lo estropea este encontronazo. -me escrutaba con indiscreción-. yo me llamo nasim. áque quiere decir ‘brisa’.

el nombre le sentaba como anillo al dedo: débil, pero persistente; y aun menos débil de lo que su cara denotaba, porque sus caderas eran marcadas y altas, un tanto femeninas.

– ¿vives aquí? -le pregunté.

– trabajo aquí. en el harén; pero hoy no tengo guardia. iba con un grupo de amigos, cuando te diste de cara con el consejo en pleno.

¿en dónde vives ahora?

– con mi madre -me arrepentí de haberlo dicho, y él lo notó.

– no temas; no le transmitiré el encargo del sultán. todo eso ya pasó. -echó a andar-. a estas horas suelo estar en los baños, o en este mismo sitio. si quieres que nos volvamos a ver, a mí me gustará.

– dios te guarde -le dije, y corrí en busca de yusuf.

pero yusuf estaba escondido detrás de una columna exactamente a dos palmos de mí; su risotada me detuvo en seco.

– es un eunuco -me dijo en voz muy baja-. no tiene la cosita que duele en la circuncisión.

– ¿por eso parece un niño grande?

– no lo sé, pero habrá que enterarse. yo no querría estar sin barba toda la vida.

– pues eres rubio como él -le advertí con muy mala intención.

– pero el que ha hecho la amistad has sido tú.

no tardé en informarme, más o menos, de qué era ser eunuco, y de quién era nasim. tenía reputación de magnífico alcahuete: suave, convincente, educado, portador de los más refinados mensajes y de los regalos más costosos. gozaba, a causa de su puesto, de múltiples y favorables ocasiones. no es que fuese uno de los grandes eunucos que se ocupan de la política, pero tenía una buena preparación y disfrutaba del respeto general. se le estimaba como sirviente cumplidor, y todos le vaticinaban una buena carrera. incluso como poeta, porque según subh, aspiraba a ser poeta de la corte y en vías de ello estaba.

mi amigo muley, cuando me referí a nasim, se echó a reír.

– puede proporcionarte muchos datos que te serán muy útiles. por la alhambra circulan unos versos que tú no entenderás; pero si un día deseas halagarlo, recítaselos:

tu cuerpo es una rama de sauce, y tu rostro, la luna llena sobre el estanque, amada.

pero no alardees de no otorgar a quien tanto te ama nada tuyo, porque mi mensajero es nasim, y las ramas terminan siempre por doblegarse ante la brisa, y hasta la luna, por dejarse mecer bajo su soplo”.

supongo que le encantará oírtelos. está orgulloso de sus tejemanejes, y con toda razón.

unos días nasim me decía que era de eslavonia, y otros, de cataluña. no sé si quería encubrir su origen, o es que lo desconocía y lo inventaba de acuerdo con las circunstancias. por lo que deduje, ignoraba quién lo había conducido a su actual estado y por qué albures había llegado hasta granada. fue esclavo, pero ya no lo era, porque mi padre lo había liberado en pago de no sé qué. él sonreía con misterio cuando aludía a aquel servicio, y a mí me daba la impresión de que debía de estar relacionado con soraya, la concubina. hablaba de ella con devoción, y yo intuí que pertenecía a un partido contrario al de mi madre, aunque hasta ese momento ignoraba la existencia de dos partidos tan poderosos dentro del harén.

nunca habría imaginado que mi madre anduviese en lenguas de la gente, y puedo afirmar que mi madre tampoco. pero, por lo visto, así era. soraya se había llamado antes isabel, y fue hija del comendador de bézmar, don sancho jiménez de solís. la apresaron en una incursión de la frontera y, adjudicada a mi padre, se la destinó a la servidumbre de mi hermana, de su edad más o menos. el sultán la vio un día y se prendó de su belleza, en elogio de la cual se deshacía nasim.

– el harén está lleno de mujeres -me decía-. todas son bellas de algún modo. pero a soraya ninguna es comparable. ése es su mérito. no es cuestión del tamaño y el fulgor de los ojos, ni de la lisura de la tez, ni de la carnosidad de los labios, ni de cualquier otra perfección. sólo viéndola puede comprenderse. es como un palacio, cuya fachada es tan hermosa que uno no aspira a llegar más que al umbral, y se queda ante ella perplejo y deslumbrado, satisfecho de que lo dejen estar allí, casi saciado ya. se necesita habituarse, a lo largo de días y días, para acomodar nuestros ojos a su luz. y nadie que no sea el más poderoso puede arriesgarse a entrar.

ninguna de las madres del harén se había preocupado por soraya, ni siquiera ante la predilección de mi padre tan mudadiza, hasta que se convirtió al islam. con ello, dejó clara su intención de ascender y de desplazar a mi madre. rota su esclavitud por su conversión, y afianzada por el nacimiento de su primer hijo, abandonó el harén, y habitó en una de las torres exentas. pero, según aseguraba nasim, cuyo blasón consistía en estar al corriente de cuantos dimes y diretes hervían por la corte, poco duraría allí; mi padre le estaba habilitando uno de los palacios del albayzín, de acuerdo con las demandas de ella, que exigía el tratamiento y el fasto de sultana.

nasim me contaba que la irritación de mi padre por mi tropiezo con él fue consecuencia de otro tropiezo bastante más serio. mi madre y soraya habían coincidido, entre otras concubinas, en una fiesta que se dio con motivo de la venida de unos tañedores desde málaga. la coincidencia se produjo a instancias de soraya, que deseaba ya ostentar en público su supremacía. sin embargo, mi madre trató con desprecio a la favorita; tanto, que ésta, herida en su amor propio, cuando llegó mi padre, acusó a la sultana de desacato, cosa absolutamente inusual en la corte de granada. y mi padre, en lugar de serenar la situación, devolver las aguas a su cauce, y cada mujer a su sitio, recriminó en público con dureza a mi madre. nunca lo hubiera hecho: mi madre, colmada, sacó de su escarcela unas tijeras -nasim opina que mi madre, más inteligente, había previsto todo- y, con la rapidez de un relámpago, le cortó a soraya su gruesa trenza de color leonado. el alarido que dio la favorita se oyó hasta en sierra elvira. naturalmente mi madre, por razones de seguridad, hubo de salir aquella misma noche de la alhambra; pero fue a ocupar el palacio que mi padre disponía para la otra, que era propiedad suya. con esto fracasó el ambicioso proyecto de soraya, que estaba embarazada entonces de su segundo hijo, y llena de antojos y melindres.