movido por una curiosidad no sé si infantil, porfié por conocer a soraya. no fue difícil que nasim lo consiguiera. me condujo un día a la torre que hay junto a la de mi tío yusuf, la tercera en el camino del generalife. es una calahorra que construyó yusuf i, las inscripciones de cuyas cuatro esquinas son versos de ibn al yayab. a través de la claraboya que da al patio, después de aguardar un buen rato, vi cruzar a la favorita.
la verdad es que cualquier comparación con mi madre, sea mucho o poco el amor que yo le tenga, carece de sentido. mi madre es arrogante, majestuosa y solemne; camina, habla y gesticula como una mujer educada para caminar -o sería mejor decir para desplazarse-, hablar y gesticular en público. no obstante, su cara es adusta, levemente asimétrica y, si no fuese mi madre, me atrevería a decir que algo hombruna. es lo contrario de lo que ocurre con la cara de nasim y, muchísimo más aún, con la de soraya. dice la tradición que hay unas huríes en el paraíso que se llaman aín. están conformadas de cuatro materias preciosas: desde los pies a las rodillas son de azafrán; de las rodillas a los pechos, de almizcle; de los pechos a los cabellos, de alcanfor, y sus cabellos son de seda pura. en el seno llevan escritas estas palabras: ‘quien quiera ser mi dueño, que obre en la obediencia del señor’. áy si una de ellas escupiese en el mar, endulzaría el agua. por lo que pude ver, soraya no está hecha de retazos, ni necesita tanta mezcolanza para resultar única. yo era un niño, pero al verla me deslumbró lo que aún no conocía: su poder irresistible; al fin y al cabo, la razón que adquiere un adulto no es más que el envejecimiento de la inocencia. no es que en mí despertase un deseo; era aún peor, porque, sin desearla, me sentí dominado por la atracción que soraya provoca en todo el que la ve. nunca se justificó tanto el velo femenino. no me entenderá quien tenga junto al suyo un cuerpo de hermosura doméstica y trivial, de una hermosura subjetiva, agradable y afrodisíaca; sólo quien se haya inclinado y bebido en la abrasadora fuente de la belleza: la belleza absoluta, que disculpa cualquier guerra, cualquier crimen y las mayores injusticias; la belleza por cuya posesión los hombres son empujados a perder o a quitar el honor y la vida.
mi padre había contraído ya matrimonio con soraya y otorgádole rango de sultana. una mañana mandó llamar al misuar, que era el guardián de su estado y persona, y su justicia mayor, y le ordenó que se apostase a la puerta de la torre de la joven. sin necesidad de alharacas, aquello indicaba que una persona real habitaba allí. por su parte, soraya recibe los honores y homenajes con la naturalidad de quien, sin haber nacido entre reyes como mi madre, es depositaria de la belleza a la que todos los hombres deben pleitesía. si esta mujer ha determinado ser reina de granada -y así lo certifica nasim, que no sé a cuántas cartas apuesta-, raro será que no lo consiga, a pesar de mi madre.
– y -agregaba- si ha determinado que sus hijos sean reyes, tu hermano y tú deberíais moveros con precaución extrema. sólo porque tu madre es hábil y hacendada, y tiene de su parte a la mayoría del ejército, de la nobleza y del comercio, no habéis sido ya desplazados. tu padre hace tiempo que no ve más que por los ojos de soraya, y el visir abul kasim benegas atiza cuanto puede tal pasión, remunerado con largueza por la que la suscita.
– pero, ¿de qué bando eres tú, si es que hay dos bandos?
– los hay, y no soy de ninguno: ¿qué ha de poder un pobre eunuco?
o estoy quizá en medio de las dos rivales, a la espera de que las cosas tomen un rumbo cierto.
– pero ¿qué rumbo querrías que tomaran?
– el mío, boabdil -dijo riendo-. no obstante, ahora que te conozco, quiero que el río no se desborde, y que vaya a moler a tu molino.
nasim me acariciaba con ternura, y abandonaba, con aparente despreocupación, su mano en mis hombros, en mi cuello, en mi talle.
por un lado, eso producía en mí un rechazo; pero, por otro, me lisonjeaba, y me excitaba la excitación que demostraban sus caricias. no es que me ofreciera a ellas, pero fingía no notarlas. qué complicada es el alma de un niño, al mismo tiempo transparente y hermética.
– eres muy guapo -me murmuró al oído nasim una templada tarde de mayo-. más guapo te encuentro cuanto más te veo. y eso es extraño en mí, que en seguida me canso de las cosas. -y, después de mirarme largo rato con los ojos húmedos, concluyó-: si soraya fuese niño, sería igual que tú.
un anochecer, cerrada ya la cancillería, subimos a la torre de comares. comenzaba a cerrarse muy despacio la noche. nasim abrió con una llave prestada -tenía amigos en todas partes- una puerta situada al lado contrario del oratorio, y ascendimos por la estrecha escalera, en lo alto de cuyos descansillos se abren unas menudas y graciosas cúpulas. estaban abiertas las ventanas de las espaciosas naves donde trabajan los encargados de la secretaría.
– tu padre -iba diciéndome nasim- ha agilizado tanto las tramitaciones que hasta los granadinos, que son los súbditos más descontentadizos del mundo, se lo aplauden.
de repente, vi flotar y entrechocarse varias sombras. se proyectaban agrandadas -nasim llevaba una luz- sobre los muros. el eunuco apoyaba su mano libre sobre mi hombro, y, al seguir mi mirada, comprendió por qué me había detenido.
– son murciélagos -dijo con ligereza.
a mí me pareció indecente gritar y descender como una exhalación las escaleras, que era lo que el cuerpo me pedía; pero me refugié en el suyo, y él me estrechó como si lo esperara. yo entreví vagamente que por eso había avivado mi afán por visitar las salas de la administración; pero ¿qué podía hacer?: allí estaban los murciélagos. permanecí petrificado mientras, una vez dejada en el suelo la luz, nasim me tomó entre sus brazos y me besó con devoto entusiasmo, al tiempo que sus entrecortados susurros me tranquilizaban.
– ¿que qué es un harén? -exclamó ante mi insistencia-. ya lo sabes, y si no, te lo imaginas: un batiburrillo de mujeres que arden por pasar el mayor número posible de noches con su dueño. no por amor (en un harén no lo hay; si lo hubiera, lista estaría la que lo sintiese), sino por conseguir una preferencia, un favor, o simplemente un tarro de ungüento o de perfume, o un velo nuevo. a la que intriga en contra de la voluntad del amo, se le corta la cabeza, o desaparece una noche sin dejar huella alguna; a la que incordia, se la echa; a la que es repudiada, porque fue una de las cuatro esposas permitidas, se le proporciona una habitación fuera, a no ser que se resigne a su declive. en un harén las únicas contentas son las que aspiran sólo a acicalarse, gulusmear y estar ociosas, sin cuidarse de hijos, ni de comidas, ni de maridos, ni de suegras; las que aspiran sólo a chacharear, a oír músicas y canciones, y a aguardar engordando al dueño o al que traiga sus mensajes.