era casi de noche cuando me introdujo en el harén. la guardia nos observó con simpatía. era primavera avanzada, y no sé ahora por qué -y supongo que entonces tampoco- yo estaba triste. al desembocar en el segundo tramo de la escalera, se me salió una babucha.
nasim, en cuclillas, la besó y me calzó de nuevo. con el dedo índice sobre los labios me indicaba que guardara silencio, aunque la barahúnda que venía de arriba era espeluznante: gritos, insultos, risotadas, músicas. las alcobas de las concubinas daban a un pasillo no muy ancho, cuyo zócalo imitaba con pintura la azulejería de los salones del palacio. yo veía a través de una ventana moverse los laureles de un patio, y eso me entristeció más aún. a la altura de una puerta, nasim dijo:
– ésta era la habitación de soraya, al principio. ahora vive una negra.
salió, en efecto, la negra.
era alta y flexible, con una boca grande y la nariz aplastada. me pareció imponente, pero no repulsiva. llevaba unas cintas de colores prendidas en su pelo arracimado, y sonreía de modo tan total que la sonrisa le rebosaba de la cara y le resbalaba cuerpo abajo.
se conoce que estaba en connivencia con nasim, porque éste le dejó en las manos un minúsculo paquete, y recibió a su vez algo que yo no vi. en el patio del harén se erguían dos columnas de mármol muy oscuro que jamás he olvidado. ignoro la razón; acaso porque las asocié a la concubina negra. a la salida tropecé con una viga atravesada que sobresalía, sin duda el sostén de una de las cúpulas que coronan los salones de abajo. el leve dolor del pie me distrajo de la tristeza, que alguna subterránea relación guardaba con mi madre.
es cuanto recuerdo de aquella visita. y el llanto de uno o dos niños de pecho, y el trasiego de nodrizas, criadas, gruesas tañedoras, bailarinas -que quizá no eran tales, sino concubinas del propio harén- y una vendedora, anciana y desdentada, de encajes y abalorios. al bajar el primer tramo de la escalera, pensaba en la fatiga de mi padre para tener satisfecho a tal hato de hembras; aunque, por mi edad, no me fijaba en otra satisfacción que la del simple y vulgar mantenimiento.
lo que más me maravillaba de nasim era su capacidad para eclipsarse cuando alguien respetable aparecía. mi hermano yusuf se eclipsaba un momento y más bien por diversión, pero nasim se evaporaba. no se tenía la sensación de que hubiera desaparecido, sino la de que no había estado nunca. uno quedaba convencido de haber sido víctima de una alucinación, y de que estaba y había estado a solas.
la primera vez que mostró tal destacada facultad, después de algún tiempo de tratarlo, estaba refiriéndose a las ventanas con celosías de un piso alto, que dan a un armonioso patio con una alberca profunda e indiferente. me decía:
– ¿a que no sabes qué es lo que había ahí? antes, pero no mucho antes.
– no lo sé. ¿algunos oficios de la cancillería?
– no. eso es ahora. en tiempos de ismail II, el que se peinaba con trenzas que le llegaban hasta la cintura, enredadas con hilos de oro y sedas, ahí había un harén masculino.
– de eso hace más de un siglo -repliqué con involuntario despecho.
– también lo hubo con mohamed vi, el que se teñía las canas con aleña y cártamo, y por eso le llamaban “el bermejo”. ¿lo sabías?
y fumaba hachís, y más cosas.
– ¿qué más cosas fumaba?
– no hablo de fumar. cosas que no debe saber un niño como tú, pero que con los niños como tú tienen algo que ver. no siempre en la alhambra han gozado las concubinas de tanto auge como ahora. en un pasado próximo hubo concubinos también. -al notar que yo no aceptaba la conversación, la cortó-. pero dejemos eso: no es lo que yo quería decirte de ismail II. quería decirte que su coronación fue el resultado de las maquinaciones de una mujer sin el menor escrúpulo.
era hermanastro del gran mohamed v, y su madre, mariam, consiguió que una noche de ramadán, en pleno verano, en mitad del calor, y en mitad de este mismo patio, usurpase su hijito (no tan pequeño: tenía veinte años) el trono de granada.
– pues, además de entronizarlo, esa mariam pudo haberlo educado mejor: ismail, según tengo entendido, era gordo, grosero, lleno de tics y, aparte de las trenzas, no se cuidaba nada de su aspecto exterior.
nasim se echó a reír palmeándome la espalda.
– de todas formas, vigila a las madres del harén: son más poderosas de lo que parecen, y tienen demasiado tiempo libre para trapichear.
aunque, sean ellas como sean, tú serás un buen príncipe heredero.
apostaré por ti.
pero antes de que yo dejara de percibir la presión de su mano y percibiera la proximidad del visir benegas, nasim se había volatilizado.
cuando hace un año avanzaba yo por el patio de comares hacia el salón del trono el día de mi boda, intenté ver de reojo el séquito que acompañaba a moraima al otro lado de la alberca. tanto me esforcé, que di un tropezón contra uno de los portadores de las pértigas floridas. entre los invitados brotó un murmullo de simpatía, ya que advirtieron el porqué. en primera fila de los espectadores, a unos pasos de mí, con la misma cara de niño grande de antes, mucho mejor vestido -incluso demasiado-, más erguido si cabe, descubrí a nasim. ‘está de dios -pensé-, que mis relaciones con él vayan de tropiezo en tropiezo.’ al verlo me invadió una ambigua impresión: él o yo estábamos traicionándonos, no sé si el uno al otro o cada uno a sí mismo. y pensé también: ‘de no haber nacido príncipe, mi vida habría sido por una parte más aburrida, pero mucho más divertida por otra’. y concluí: ‘antes de morir, me gustaría ser una vez yo mismo. pero qué difícil… o quizá ya lo he sido, en algún momento, y no me he dado cuenta, y ni siquiera guardo la memoria de ello, ni la memoria de cuándo pudo ser’.