nuestro amor mancomunado por jadicha debía de conducir a alguna meta. en una pascua, no sé si la de alfitra o la de las víctimas, formando parte de un grupo de muchachos, nos arrojábamos, como es costumbre, flores, dulces, aguas perfumadas, naranjas y limones.
pero nunca nosotros a ella, ni a la inversa. de pronto, como si un árbitro del juego ordenase una pausa, nos detuvimos los tres y nos miramos con seriedad. yusuf y yo estábamos muy juntos. jadicha alzó con vacilante lentitud una rosa blanca y luego la arrojó con fuerza hacia nosotros. me golpeó en el pecho y, por primera vez en mi vida, sonreí a mi prima lleno de gratitud, de orgullo y de ternura.
pero ella, cohibida, con la mano que había arrojado la flor ante la boca, dijo:
– no era a ti, perdona, no era a ti; era a yusuf al que le quería dar.
– pues eres tonta -le recriminó yusuf-. boabdil vale mucho más que yo.
y arrojó al suelo la golosina con que se disponía a responderle.
mi matrimonio con moraima ha sido un éxito. al no llevar ella mi sangre, me proporciona la ausencia de emulación entre los dos y la seguridad en mí mismo que siempre he necesitado. de niño ya exigía, por ejemplo, que mis nodrizas -salvo subh, cuya parcialidad era indudable- me repitieran que me querían infinitamente más y más y más que a yusuf; si no, yo no hubiese creído que me querían, por lo menos, igual. jadicha, prima mía, altanera y audaz, habría llenado mi vida de inestabilidad. sin embargo, si hay una carencia dentro de mí (que ya se ha convertido en un pequeño descontento sin voz, que ni sangra, ni duele, ni rebulle), si hay noches en que siento una inconcreta insatisfacción dentro de mí, es por no haberme casado con jadicha. ella es una de las poquísimas criaturas afortunadas, lo mismo que yusuf, que he conocido; una de esas criaturas de las que la naturaleza se enorgullece, y nos las deja contemplar de lejos, como un regalo que no nos ha sido destinado.
hace sólo unas semanas entró en mi casa yusuf, entre inquieto y complacido. intuí, antes de que hablase, lo que me iba a decir.
– ya sabes qué previsora es nuestra madre, y cuánto disfruta con el manejo de las vidas ajenas.
como considera que el flanco de aliatar ya está cubierto con tu matrimonio, ha decidido utilizarme a mí para cubrir el otro flanco.
– ¿cuál?
– el flanco del tío abu abdalá, que está desguarnecido. no voy a decirte que me sacrifico por ti ni por el reino. no voy a decirte que crea que la situación va a empeorar tanto que tú precises de ninguna ayuda para suceder a nuestro padre. supongo que son imaginaciones de quienes, a fuerza de maquinar y de sembrar discordias, terminan por ver visiones y por sospechar que todo el mundo se dedica a lo mismo. pero, como nuestra madre se empeña en encontrar conveniente lo que yo encuentro agradable, vengo a comunicártelo: voy a casarme.
– ¿con jadicha?
– con jadicha.
– desde que teníamos siete años, los dos (y cuando digo ahora los dos, digo tú y ella) sabíais que esto sucedería. y, lo que es peor para mí, yo también. os deseo de todo corazón que seais felices.
no me cabe la menor duda de que contigo ella sí lo será.
y comencé a recitar unos versos que aprendimos de pequeños, sin saber con exactitud qué significaban, como una consigna de complicidad:
“la mano de la aurora convierte en alcanfor el almizcle sombrío de la noche”.
él respondió la contraseña:
“perfume por perfume, no sé con cuál quedarme.
renovar los olores no es ninguna torpeza”.
yo después, descargándolo de su preocupación, rematé lo más alegremente que pude el poema:
“verdad es lo que afirmas, mas no del todo acaso, porque el almizcle es perfume de esponsales, y el alcanfor, perfume de mortajas”.
á¿quién hubiese imaginado entonces hasta qué punto era una profecía.
nunca he dormido bien; pero hace meses que apenas duermo. como remedio empecé a emplear un recurso que a veces me daba buenos resultados y, a veces, los peores.
apenas apagadas las luces y abatidos los cortinajes, cierro los ojos e imagino una escena lo más lejana posible de mí y de mis desvelos: un par de rostros, sin edad ni sexo, que se inclinan conversando sobre una mesa; un emparrado bajo el que una criada se atarea; un hombre que pisa la uva, calzado con los ásperos zapatos del lagar, o descalzo, y se detiene un momento para escuchar a alguien que le habla y que yo no veo. se trata de inmovilizar poco a poco las figuras, en un proceso de concentración: las voy viendo más precisas y, al mismo ritmo, yo voy dejando de ser alguien que imagina y paso a ser alguien que observa. es decir, la escena está ya ahí, y yo fuera de ella como quien está mirando con atención una caligrafía o un paisaje, acaso asomado a una ventana. el riesgo, en el que incurro con frecuencia, es que, si el sueño no viene lo bastante pronto, también se traspase esa frontera, se deje atrás la ventana, y penetre el durmiente -o mejor, el que pretende dormir- en la escena que tenía que ayudarlo. y entonces se produce una de estas dos consecuencias: o el interés por lo que sucede en la escena se acentúa, alertando por completo al que la observaba desinteresado, o, al revés, sobreviene el sueño más o menos tarde, pero rodeado por esas mismas circunstancias, y se ensueña, por tanto, la escena contemplada, de la que el sujeto forma ya parte y en la que contra su voluntad interviene. a mí me ocurre con frecuencia esto último; hasta tal punto que he conseguido provocarme sueños de ninguna manera previsibles y que en absoluto me atañen. por eso me esfuerzo en que las figuras sean ajenas a mí y sin la menor importancia; porque, de otra manera, se me imponen con tal vigor que caigo en donde no quisiera, y me veo implicado en casos remotos que aspiraba a olvidar, en episodios que traté de abolir, en escenas violentas que un día sucedieron y me marcaron, o que no sucedieron y yo desearía que hubiesen sucedido…
en la actualidad me resisto a emplear tal recurso. porque, piense en lo que piense, y cualquiera que sea el principio de la táctica utilizada para dormir, acabo soñando con la misma cosa. sea una mesa con dos insignificantes y vulgares comensales, o una floresta donde dos amantes pasean y se detienen para acariciarse, o una elevada torre desde la que un espectador domina un panorama sin grandes perspectivas… da lo mismo: acabo por ver, entre paños blancos y bolas de alcanfor, dentro de un arca que unas manos entreabren, sobre una bandeja cubierta con un lino que levantan unas manos de hombre o de mujer, o encima de un almohadón entre hermosas flores perfumadas, o en medio de dos hachones que han sido encendidos con prisa por una figura de espaldas, siempre, siempre, acabo por ver la cabeza, separada del cuerpo, de mi hermano yusuf. y oigo alzarse y arreciar el llanto de las mujeres por el otro yusuf, el del corán, y veo cómo ante su belleza se cortan las manos, y todo el sueño es ya un puro alarido del que quiero despertar y no puedo, un puro charco de sangre que, al incorporarme de un salto, me obliga a mirarme y a mirar alrededor, tan seguro estoy de que voy a encontrarme empapado de ella.