Выбрать главу

en la fiesta del mawlid correspondiente a mis once años, a la vez que celebraba el nacimiento del profeta, celebré, sin preverlo, mi entrada en la adolescencia; en ese laberinto confuso en que el muchacho, solitario, no sabe a quién busca, y se extravía hasta que, frente a un ignoto espejo, se da de manos a boca consigo mismo.

las doctrinas de malik que nos enseñan en la madraza, los libros de la justicia y la religión misma consideran los bailes y las canciones como licenciosos y proclives a la inmoralidad. de las casas donde hay esa clase de festejos acostumbran ausentarse los alfaquíes. incluso mi padre, no muy cumplidor de las normas, cuando sale al frente de una algara, no permite tañer los instrumentos hasta atravesar la puerta de elvira.

sin embargo, granada ha hecho siempre oídos sordos a cualquier predicación contra la música. en ese día del mawlid del que hablo no había ni un rincón sin ella.

toda la ciudad era una resonancia vivaz y jolgoriosa. por dondequiera se oían los cantos andaluces que, desde que tengo noticia de mí, me enfervorizan: unos cantos que se levantan como varas de nardo, como afiladas lanzas y, de pronto, se desploman igual que las rapaces después de cernerse; se desploman quejándose y riéndose al mismo tiempo. no sé si esos cantos los encauzó ziryab el bagdadí, al que en córdoba llamaron “el pájaro negro”, pero siempre he creído que brotan de esta tierra como brotan las flores: de su clima, de su luz, de su conciencia de la muerte mezclada con el gozo de la vida.

igual que brotaban en mi alma, a la expectativa de lo desconocido, aquella tarde.

en la alhambra, el sultán celebraba una gran fiesta para los mayores, en todos los sentidos, del reino. a nosotros, no sólo a yusuf y a mí, sino a algunos de nuestros hermanastros, nos permitieron asistir a otra, que ofrecía en su casa el hijo de un ministro.

su nombre es husayn, y no lo conocíamos porque había pasado los últimos años en almería con unos familiares suyos dedicados al comercio por mar. si me traslado a aquel atardecer que hoy veo tan distante, todavía me estremece su frío. mientras atravesábamos la alhambra para llegar a casa de husayn, no lejos de la de los abencerrajes, yo hacía un gesto con el que levantaba en torno mío una barrera invisible: consistía en apretar por sus junturas las mandíbulas, hasta producirme dentro de los oídos un zumbido que multiplicaba mi sensación de frío y de abandono. aislado por el ruido interior, que distanciaba todos los otros, veía con mayor precisión las hojas secas que el viento arrastraba y arremolinaba. los jardines se habían convertido en una ruina hermosa y desolada; los amarillos, los ocres, los rojizos, se entreveraban y se desprendían; caía una lluvia menuda, impávida y glacial, que levantaba de las enramadas un incipiente olor a corrupción.

íbamos abrigados con mantos de lana listada de colores; es decir, teníamos el aspecto de lo que éramos: unos niños a los que, por primera vez, se autorizaba a asistir a una fiesta fuera de su casa, al caer el día, en otoño. qué ajeno estaba yo a que mi infancia se me rompería entre las manos esa noche con el minúsculo estruendo con que se rompe una alcancía de cerámica.

al entrar vimos que la fiesta estaba mejor organizada de lo previsto; pero peor, según los principios coránicos. numerosos cantores que no actuaban en la alhambra -y alguno de los que irían luego allí- nos aguardaban. los cantores granadinos, famosos no sólo en la península, sino fuera de ella -al norte de los pirineos y en el magreb-, son con mucha diferencia los más cotizados. había esclavas que nos convidaron con mosto y jugos de bonitos colores.

en un salón se preparaba una leila con dulzainas, chirimías y ajabebas; pero, bajo el son de las bandolinas, las guzlas y los laúdes, ya se revelaba triunfante el ritmo de adufes, panderos y sonajas, no bien considerados entre la aristocracia. se respiraba un ambiente de zambra que, por ser demasiado popular, nos estaba vedado. yusuf, enrojecido en parte por el frío y en parte por la excitación, me daba codazos de impaciencia y de confabulación.

me acompañaba “din”, mi perro, que vive todavía, achacoso ya y lleno de toses. al salir de casa, me fue imposible conseguir que se quedara. era todavía un cachorro -como yo, pero rubio y blanco- rechonchete, desvergonzado, gracioso y sin educar, por lo que me habían prohibido llevarlo conmigo a ningún sitio. pero estaba de dios que, en aquella noche, todo fuese infracción.

se inició el canto, y las letras de las canciones indicaban el cariz de la zambra, para nosotros aún incomprensible. una mujer cantaba:

dicen que soy tu montura.

si de ti salgo al campo montada, a tu poder me acomodo: como una flecha corro cuando metes tu espuela, y me detengo cuanto tú te detienes”.

husayn, el anfitrión, me murmuró al oído:

– es un zéjel de un viejo e impúdico poeta cordobés. me ha dicho la cantora que, en el original, habla un hombre de otro hombre.

no entendí lo que me decía, y volví la cara para pedirle una aclaración. estaba tan inclinado sobre mí que nuestras caras se juntaron. la cantora continuaba:

“‘dueño mío -me dice mi amigo-, cambia, hijito, de amor.’

‘¿cómo hacerlo, si tú eres mi mundo y mi tiempo de flores?

¿por qué dices que yo soy tu dueño?

esa palabra sobra.

dime sólo cariños y arrullos; hazme sólo arrumacos.

lo que quieras quitar de respeto, me lo añades de amor.

aún con leche en los labios, no tengas en el pecho alquitrán’“.

difusamente pensé que husayn no separaba con la debida rapidez su cara de la mía, y noté que estaba arrebolado y ardiendo. pretendí separarme yo dando un paso hacia adelante, pero no lo di a pesar de intentarlo. un instante después, husayn se sentó y tiró levemente de mi chilaba para que yo lo imitase. lo complací, y me senté. en ese momento, “din”, encantado con la nueva postura, que le permitía alternar conmigo con más comodidad, se puso a retozar a mi alrededor. le reñí, y hasta le sacudí con mi cíngulo, cosa insólita -yo lo mimaba mucho-, que hizo que yusuf, desde lejos, me mirase con extrañeza. pero yo quería que todos me dejaran en paz. estaba alterado sin saber por qué; temía parecer demasiado pueril al muchacho de la casa, que, por otra parte, no me llevaba más de un año o dos.