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– si no molesta. déjalo. es muy lindo -dijo mientras acariciaba a “din”.

su mano, sacudida por los movimientos de simpatía del perro, rozaba de cuando en cuando mi muslo, aunque con discreción se retiraba. o con una recalcada discreción. yo no sabía ni qué quería yo, ni si había que querer algo.

sólo sabía lo que quería “din”: jugar con cualquiera; y lo que quería yusuf, que me hacía señas de que lo siguiese fuera del salón.

pero me hice el distraído, y permanecí inmóvil. sentí que mis mejillas se habían ruborizado y que mi cuerpo despedía calor. la música sonaba cada vez con mayor alborozo. el tiempo se detuvo, o quizá corría más de prisa. porque ahora cantaba un muchachito, con no más de nueve años.

– es hijo de un herrero -me comentó husayn, en voz tan baja que me tocaba la oreja con los labios-. ya verás qué bien canta.

quiero sorberle el labio a una copa, ya que no me dejas sorberte a ti los labios.

no es un refresco el beso, sino una brasa al rojo.

ay, nadie es tonto hasta que se enamora”.

husayn, con cortesía, tomó la copa de mi mano y bebió, mirándome, un sorbo de ella. luego me la devolvió, y yo, sin darme cuenta apenas, bebí también. dentro de mi corazón revoloteaban mariposas; tan fuertes eran sus latidos que me asombraba de que la música continuara oyéndose. husayn me cogió la mano con la que yo sostenía la copa, y la atrajo hacia él. creí que iba a beber de nuevo, pero no: acercó su boca y me besó la mano.

luego susurró:

– porque he besado tu mano, los reyes me besarán la mano.

y clavó sus ojos en los míos.

yo escuchaba la risa de yusuf, que se había refugiado con otros muchachos en un salón cercano. y pensé que él no entendería lo que me estaba sucediendo, sencillamente porque no lo entendía yo, ni sabría explicárselo.

mi corazón” -cantaba- “a pesar del invierno, con el amor y el vinillo palpita.

no he de atrancar la puerta de mi casa por si quien yo me sé viene esta noche”.

– ¿es que las copas tienen vino? -pregunté a husayn vuelto hacia él.

eso hubiese justificado mi malestar y mi bienestar. vi su cara de frente: era agraciado, con ojos chispeantes; los dientes le asomaban entre unos labios frescos.

– no -contestó, y añadió sonriendo-: las copas, no. hay vino en todo lo demás. tu hermano es cautivador y más audaz que tú.

¿sabes lo que hace? fuma hachís ahí dentro. ¿te atreves tú a fumar?

– prefiero quedarme aquí -musité; pero husayn no me oyó.

– ¿qué has dicho? -preguntó acercándose aún más.

– que prefiero quedarme aquí.

– yo también -insinuó. y puso su mano sobre la mía-. aunque estaríamos mejor en otro sitio.

– ¿dónde? -le pregunté.

– ven.

me llevó, sin soltarme la mano, a un aposento pequeño y retirado.

din”, que nos acompañó, saltaba alrededor, feliz con el cambio.

volví a recriminarme no haberlo atado en casa. husayn con una mano acariciaba mi cara, y, con la otra, mi cintura. yo, ignorando qué hacer con mis manos, dudaba, hasta que las coloqué, como si no fueran mías -o acaso ellas se colocaron solas-, sobre sus caderas. había bajado los ojos, y me oí suspirar.

husayn me levantó la barbilla y nos miramos: todo el mundo eran sus ojos. tanto, que tuve que cerrar los míos. luego me besó en la boca. sentía las patas y los gañidos de “din”, que reclamaba mi atención, depositada entera en otro sitio. se escuchaba una voz:

por la boca entra el licor que me embriaga y entra el humo venturoso del hachís.

pero los restos del vino salen por una espita que no nombro y los restos del humo son sólo risas y humo”.

la boca de husayn se demoraba sobre la mía. para poder respirar, entreabrí los labios. imaginé sus dientes algo grandes y sus labios, que había visto de cerca un poco antes. pero me pregunté por qué tenía que imaginármelos si ahora estaban entre los míos.

el vino y el hachís son las muletas en que me apoyo: de agradecer son ambas; pero la del vino me traba los pies y la del hachís me proporciona alas”.

nuestros cuerpos, apoyados el uno contra el otro, se frotaban y se apretaban. algo crecía en mí, se dilataba en mí con un insólito sufrimiento. sufrí un vértigo, cerré los ojos en el vacío y eché las caderas de golpe hacia adelante. husayn levantó el borde de mi falda, e introdujo su mano bajo ella. me acarició allí donde algo nuevo se tramaba, al parecer en contra mía. con la otra mano me empujó en el hombro hacia abajo, y nos recostamos sobre unos almohadones. cogió mi mano y la puso entre sus piernas: entonces comprendí lo que se alzaba entre las mías. alguien cantó, y me sonaba dentro:

ay, jilguero, ay, jilguero, pósate en la rama de mi cuerpo, brinca sobre ella y trina, balancéate y canta y haz tu nido en mi pecho, que ya no puede servir para otra cosa”.

din”, ofendido por nuestra indiferencia, se tumbó a nuestro lado, mirándonos con ojos de reproche, atentos y suplicantes. husayn me acariciaba y yo lo acariciaba.

con los ojos perdidos, llegó un momento en que creí que me estaba muriendo sobre los almohadones, y que se me escapaba la vida, y que nunca más podría ponerme de pie, ni ver, ni oír. abrí los ojos porque “din” me olfateaba el vientre, mojado de algo que no había visto nunca. husayn yacía como desmayado al lado mío, con el pene erecto, protegiéndolo de “din”, que a toda costa trataba de lamerlo.

– ”din” -grité, o no sé si grité-. ¡”din”!

– él sabe lo que hace -sonrió husayn y, después de un instante en silencio, añadió-: vamos con los demás.