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a mí me parecía que llevábamos años apartados de ellos. al volver al salón principal, todavía cantaba el hijo del herrero con su blanca y aguda voz de niño:

ay, jilguero, ay, jilguero, déjame besar tu cuello mientras te digo adiós”.

la mano de husayn acarició mi cuello sin detenerse en él.

– tienes -me dijo- el cachorro más bonito del mundo.

– quédate con él. quiero regalarte algo por el mawlid y por tu fiesta.

– ¿de verdad?

– nada me gustaría tanto, siempre que me dejes visitarlo de cuando en cuando.

sonrió, me hizo una reverencia de gratitud, y llamó a “din”.

como si comprendiese que había cambiado de dueño, “din” corrió hacia él haciéndole zalemas, y meneando, no el rabo sólo, sino las ancas y casi el cuerpo entero.

aquella noche yo no podía dormir. estaba poseído de una agitada felicidad. o quizá no de felicidad, porque suponía que ése habría de ser un sentimiento menos torturador. lo que no me dejaba dormir era una tensión que me representaba, detalle por detalle, lo sucedido; la necesidad de que la noche no pasara, y a la vez de que llegara el día siguiente para comprobar, a su luz, que todo había sido cierto, y que, a pesar de ello, yo seguía siendo el mismo.

con los ojos abiertos en lo oscuro, percibía resonancias no percibidas hasta entonces en las noches de la alhambra: los sonidos quebradizos y entrecortados del agua, los remotos chasquidos de las armas de la vigilancia, el aire insomne desordenando los jardines, el silencio armonioso que luego he escuchado tantas noches descender desde las estrellas. me parecía que, por fin, había sabido quién era yo y para qué era yo…

me quedé dormido sin querer.

no debía de haber pasado mucho tiempo cuando me despertaron los voraces lametones de “din” humedeciéndome la cara. sin abrir los ojos, sonreí. pensé qué fácilmente había encontrado él el camino de vuelta, ahora que yo iniciaba otro de ida sin la menor idea de dónde me conduciría. suspiró el perro, suspiré yo, y nos dormimos abrazados.

pasaron dos días antes de que volviera a ver a husayn. fue a la salida de la oración de la tarde en la mezquita de la alhambra. me saludó con amabilidad. mis ojos, llenos de intensidad, buscaron los suyos; después los abatió la decepción: husayn me miraba con la sencilla indiferencia con que miraba los árboles, el minarete, los tejados verdes, la tarde, la suave cuesta que desciende hasta la entrada principal de los palacios, y los rostros de quienes nos rodeaban. me preguntó por “din” y me contó riendo que la otra noche no había durado a sus pies ni una vela siquiera; en cuanto apagó la antorcha para dormir, “din” huyó de su alcoba.

husayn, en adelante, me trató como si nada hubiese ocurrido entre nosotros. y así era, en efecto: nada importante había ocurrido.

sin embargo, yo tardé en descubrirlo. cuando lo descubrí, había dejado para siempre de ser un niño ya.

estábamos jugando, entre lección y lección, en la madraza de los príncipes, dentro del recinto de los palacios. éramos doce o catorce. nos habían enviado hacía muy poco, desde loja, unos kurray: unos preciosos potros tallados en madera de colores brillantes, con los faldones de tela listada y bordada. nos los atábamos, para correr cañas, a la cintura. el de mi hermanastro nazar acababa de chocar tan fuerte contra el mío que le había partido una oreja; yo la tenía en la mano, la miraba con pena, pretendía ajustarla de nuevo a la cabeza. entonces entró un criado de la casa de mi padre, y, dirigiéndose a mí, dijo tajantemente:

– el sultán, a quien dios bendiga, desea verte ahora.

en el patio se hizo un silencio. quizá ese silencio me atemorizó más que el mensaje. mi padre no me había mandado llamar nunca, y yo no lo había visto a solas en mi vida. me desaté el kurray; lo deposité con excesivo cuidado -no sé si para tomarme algo de tiempo o para simular una tranquilidad que no sentía- en un rincón del patio. miré a yusuf, que me saludó con la mano para darme aliento, y seguí al sirviente, preguntándome qué habría hecho mal, o qué quejas le habrían dado a mi padre para que, de manera tan drástica, interrumpiera las lecciones y me reclamara delante de todos.

me condujeron a la sala del consejo, lo cual me alarmó, si cabe, más aún. yo sólo había entrado allí una vez, en compañía de uno de mis maestros, para pedir gracia a un ministro en favor de un sirviente nuestro, que había quemado con un brasero el borde de un tapiz. al atravesar el arco no distinguí nada en la penumbra, deslumbrado por la luz exterior.

luego ya vi a mi padre. nunca me había parecido tan temible, quizá porque nunca lo había visto antes en funciones de rey, o quizá porque mi estado de ánimo me lo engrandecía. al principio creí que estaba solo: soberbio, de cejas espesas y fruncidas, y ojos relampagueantes como en una cólera continua. debía de vestir de oscuro, porque no distinguí sus ropas, sólo su cara, cercada de una barba negra, y sus manos, poderosas y largas.

– acércate -me dijo.

estaba sentado, y me indicó que me sentara frente a él. al obedecer, adaptados mis ojos a la luz, alcancé a ver dos hombres que lo flanqueaban. a uno lo identifiqué como el gran visir abul kasim benegas; al otro no lo había visto nunca. el visir era muy delgado y cargado de hombros, con una barba en punta aún no del todo blanca.

el otro, en cambio, era bajo y regordete, con una expresión un poco ida y bondadosa; cuando notó que lo miraba, sonrió inclinando la cabeza; era más joven que los otros dos. mi padre estaba hablando:

– cuando tú naciste, los pronósticos que nos dieron los astrólogos no fueron favorables. yo no creo en agüeros, salvo que sean propicios; sobre todo, si vienen de estrelleros trapisondistas, o pagados por enemigos míos. y ciertamente los astrólogos de tu abuelo no me tuvieron nunca como amigo.

yo había nacido un par de años antes de que mi padre destronara a mi abuelo. los astrólogos oficiales, tratando de apoyar al sultán viejo, o acaso la candidatura de mi tío abu abdalá, pusieron de su cosecha cuanto pudiera ir en contra mía y, por tanto, de mi padre. en aquel tiempo la relación de mis padres entre sí era más concertada de lo que fue después, y mi madre falseó el día y la hora de su parto para tener el pretexto, suponiendo la mala fe de los sabios, de echar por tierra el resultado de sus horóscopos. por eso nunca he sabido el momento exacto en que nací. el caso es que todos los vaticinios estuvieron de acuerdo en que, si un día me sentaba en el trono, el reino se perdería conmigo. semejante maldición había pesado turbiamente sobre mí, aunque nadie de las alturas tuviera una fe ciega en las cartas astrales, salvo -como acababa de decir mi padre- en cuanto les fuese conveniente. y yo había sabido, unos meses antes, que los secuaces de mi tío abu abdalá, en los días de su frustrada rebelión contra mi padre, hicieron uso de esas predicciones perjudiciales para mí.