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el visir y el otro acompañante atendían a mi padre entre signos de aprobación. estaban de pie, y yo sentado, lo que me desasosegaba, porque preveía la importancia de lo que me iba a ser comunicado.

– corren tiempos muy buenos para el reino. los reyes cristianos andan a la greña entre ellos y con portugal; en cambio, nuestra economía está saneada, y nuestros súbditos viven tranquilos y felices. gracias a mi gobierno, es fuerte la moneda; la agricultura, fructífera; los impuestos, tolerables; y el ejército, disciplinado y bien dispuesto. no se ven nubes en el horizonte. átampoco se vieron durante los días del gran alarde, y cuando se vieron, no hubo remedio ya. de ahí que sea el momento ideal para iniciarte en las tareas políticas. aquí están dos de las personas que te van a servir de guía en ese empeño. sé que tienes ya bastantes conocimientos de escritura y del corán; en adelante debes proponerte como punto de mira el de los príncipes nazaríes. la más alta instrucción es la que conduce al regimiento de nuestro pueblo: una forma de obtener el poder y de mantenerlo después en nuestras manos. si respondes a esa exigencia, serás mi sucesor cuando dios sea servido; si no respondes, otro príncipe te sustituirá en el privilegio. de ti depende, pues, tu propio destino, y no de los estúpidos agoreros que pretendieron disturbar nuestra esperanza.

señaló a su derecha.

– éste es, ya lo sabes, mi brazo derecho en el gobierno: el gran visir benegas. goza de mi absoluta confianza. ningún hombre podría ilustrarte mejor que él, ni asesorarte mejor en el viaje que emprenderás a través del proceloso mar de la política. el ser humano vive muy poco tiempo y agitado.

nuestra época es temblorosa y crítica: en buena parte es nuestra mano la que ha de marcar su signo y la dirección de los acontecimientos. en un príncipe, el valor, la abnegación y la defensa de su reino hasta la muerte son virtudes que se dan por supuestas; a ellas hay que agregar la habilidad, la oportunidad en las acciones y la anticipación a los enemigos, de los que fuera y dentro estamos rodeados. -los tres mostraron, con una sonrisa, su connivencia-. no puedo encarecerte con bastante insistencia que estudies, asimiles, experimentes y te apliques a discernir cuanto a tu alrededor suceda para que, cuando suene tu hora (y me es imposible desearla pronta) -los tres sonrieron de nuevo-, gobiernes con precisión, justicia y beneficio.

señaló a su izquierda.

– este otro personaje es abu abdalá mohamed ben abdalá al arabí al okailí. un hombre de prestigio, poeta y sabio. él te orientará entre los intríngulis de la corte, del protocolo y de la majestad, no siempre accesibles, sobre todo al comienzo, cuando el poder no es aún suficiente como para cortar los nudos de un tajo y decidir con violencia. de ti y de ellos espero que hagáis una obra buena a los ojos de dios. de vosotros dos -añadió dirigiéndose a ellos- espero que hagáis una buena obra a mis ojos. -mirándome con frialdad, concluyó-: ahora, vete.

no comentes nada de esta reunión.

ni a tu madre. a tu madre menos que a nadie. -sonrió, y volvieron a sonreír sus adláteres-. ve en paz, y trabaja. tu triunfo y el del reino lo escribiremos entre todos dirigiendo tu mano.

me puse en pie, di con torpeza las gracias, saludé y salí.

a benegas y a el okailí se agregaron un maestro de armas y un alguacil del tesoro. el maestro de armas me enseñó su variedad, su empleo y el procedimiento para elegirlas y sacarles provecho; pero también cómo utilizar a los soldados, a los que había que conducir y alentar, casi más que en la guerra, en la paz. ásin embargo, nadie me advirtió que la artillería -una nueva manera de hacer la guerra- me iba a traer los disgustos más serios de mi vida. entonces en el reino todos dormitábamos, sin mirar -ni en el armamento ni en nada- hacia adelante, sino a los modos y a las costumbres del pasado. pero más que nada me hablaba de caballos. me dio a leer el “libro de los escudos y de los estandartes”, y, al recomendármelo, agregó:

– según la leyenda, cuando dios quiso crear el caballo árabe, se dirigió al viento del sur: ‘tú engendrarás una criatura con el poderío de quienes me defienden y con la fuerza de quienes me obedecen’. por eso el profeta nos previno: ‘a quien posea un caballo y lo respete, lo respetará dios; a quien posea un caballo y lo desprecie, dios lo despreciará’. él simboliza la rapidez de nuestra victoria por el ancho mundo. no hay otro más elegante ni más ligero de movimientos; ninguno le iguala en mansedumbre y docilidad; ninguno más inteligente para aprender alegrías, o para hacer prodigios de agilidad. recuerda esto: nunca mandes cortar su larga cola de seda; no te asemejes a esos pueblos que, con la misma cuchilla con la que cortan la cola de sus caballos, cortan la cabeza de sus reyes. al hombre de armas castellano -decía ahuecando el pecho- da risa verlo, si es que se le ve; porque lleva celada con visera, peto doble, protectores de muslos, grebas y zapatos de hierro. tiene un caballo principal, al que cubre también con bardas sobre ancas, cuello, pecho y testeras, y otro de dobladura para llevar la carga o sustituir al primero cuando lo rinde tanto peso. ese caballero, pesado como un elefante, porta una lanza larguísima, de enristre, que descansa en una bolsa de cuero unida a la silla por el lado derecho, y estoque y maza o hacha. nuestro jinete, por el contrario, se defiende con una armadura más ligera, una lanza corta, la adarga y un puñal.

y mientras el castellano usa un estribo bajo, el estribo nuestro es muy alto y cabalgamos encogiendo las piernas, lo que hace más fáciles y ligeros nuestros movimientos.

claro que los cristianos nos han copiado hace ya tiempo; sin embargo, les será siempre imposible competir con nosotros, porque el caballo es aliado nuestro.

el alguacil del tesoro, cuyo nombre es abul kasim al maleh, me mostró, con el maestro de armas, durante una larga mañana, las riquezas guardadas en los sótanos del palacio principal, que entonces habitaba mi padre. los reyes de granada, tanto los ziríes como los nazaríes, han sido muy dados a acumularlas; por eso el resto de los reyes de taifas nos llamaron “las urracas”. las riquezas de los ziríes se las arrebataron los almorávides: ¿quién arrebatará las nuestras? cuando las vi me parecieron deslumbrantes e innumerables: ninguna guerra ni desgracia alguna las podría agotar. áhoy sé que no estaba en lo cierto y las recuerdo, en su mayor parte perdidas, más de lo que las recordaba al día siguiente de habérmelas mostrado.