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entré en un subterráneo excavado en la piedra roja de la sabica, con el silencio y la humedad rezumando por sus muros. los siglos habían construido allí un prolongado agujero donde depositar sin prisas lo más fastuoso y lo más raro que se hallara. en la primera sala había armas suficientes para cubrir las demandas no sólo del ejército profesional granadino (la profesionalidad existía desde los tiempos de almanzor), que era propietario de su propio armamento, sino de los ejércitos ocasionales, aglutinados como consecuencia de hechos concretos o por levas repentinas.

– en ellos se alistan, digamos que voluntariamente, los artesanos, los comerciantes y los ciudadanos del reino, ordenados por villas, por señoríos y por familias, y también los artesanos, los comerciantes y los ciudadanos de la capital ordenados por gremios, por barrios y por puertas.

así me lo explicó el maestro de armas, en aquel espacio lóbrego e inmenso, donde se repetía, una vez y otra hasta amortiguarse, el eco de su voz y de nuestras pisadas.

mientras, me señalaba gruesos haces con millares de lanzas apuntadas o de dos filos, partesanas, hachas, mazas, porras de astil amplio y flexible, ballestas y venablos armados de varias cuchillas, flechas emplumadas, y esbeltos y potentes arcos. apiladas en pirámides, miles de adargas, clasificadas según su material, su resistencia o su labor: había broqueles redondos de madera, y adargas de piel de buey o de onagro o de antílope sahariano, con bellos adornos metálicos colgantes; cotas de malla y jacerinas, coseletes y lorigas, cascos y yelmos. en una sala posterior, los arneses damasquinados y los tunecinos, hechos con chapa redoblada, las corazas labradas y las armaduras nieladas exhibidas sobre estafermos de madera, junto a los jaeces para los caballos y a los estandartes, los pendoncillos y los guiones. y cerca, despidiendo una larvada refulgencia, un número infinito de alfanjes, cimitarras, gumías, dagas, puñales, espadas, y las trompetas y los timbales que escoltan el paso del ejército.

en un piso inferior, al que descendimos por unos peldaños gastados trabajados en la roca viva, se guardan las armas de los sultanes y de los príncipes: cascos orlados de oro y pedrería, espadas de combate y de alarde cuajadas de esmaltes y filigranas, armas blancas para las recepciones consteladas de perlas, rubíes y esmeraldas; espuelas, estribos, bocados de plata para las carreras; monturas recamadas en oro, guarniciones de caballerías, tanto de guerra como de torneo, gualdrapas y cadenas, armaduras diseñadas y adornadas por los mejores orífices y los más minuciosos joyeros de la tierra…

– todos los instrumentos de ataque y de defensa que el hombre ha inventado para sembrar con ellos bellamente la muerte -dijo el maleh.

en las siguientes habitaciones, más aisladas y secas, se hallan el mobiliario y las ropas pertenecientes a los reyes de la alhambra. sobre esteras de pita y de cáñamo, se amontonan las alfombras y los alcatifes enrollados, y se alinean, en una guarda perenne, los armarios y las alacenas, los roperos y las cajonerías. de paso, abrí un cajón al azar, y manó como un venero seco o como un arco iris desprendido de alguna vestidura.

pensé que, por mucho que viva, nunca podré lucir, aunque no sea más que por un instante, cada una de las prendas que allí hay -albornoces, aljubas, capellares, marlotas, mantos, qué sé yo- conservados en una mustia y sombría espera.

no lejos, miles de objetos disponibles para el ornamento de la corte y para la ostentación de los sultanes: almimbares de maderas de oriente, guirnaldas de abalorios, ataifores de damasco con incrustaciones de nácar, tibores de la china, copas de irak, vasos de tabaxir, cueros de córdoba y una interminable serie de porcelanas, cristales y taraceas. vi cientos de instrumentos musicales: dulzainas, bandolinas, guzlas, chirimías, trompas italianas, ajabebas, adufes, sacabuches, clarines, laúdes, cítaras, rabeles. vi una multitud de pebeteros y de perfumes envasados; lámparas y candeleros incrustados de ágatas y ónices; espejos de plata, o de marco de oro y cerco de diamantes… a mis jóvenes ojos todo aquello se desplegaba como un sueño, o como un cuento de “las mil y una noches” que pudiera tocarse.

me llamó más la atención, sin embargo, algo que no brillaba: rimeros altos y resguardados de pergaminos y papeles carmesíes: los usados en la cancillería para la correspondencia oficial. pregunté:

– ¿puedo llevarme alguno?

el maleh, que me acompañaba, sonrió:

– no hay riesgo de que falsifiques ninguna carta regia: te falta el sello aún. cógelos.

cogí un pequeño montón. tres años después comencé a escribir en ellos estas leves memorias.

en un corredor ancho, próximo a numerosas tiendas de campaña plegadas, de las que entreví el lujo y los colores, un hormiguero de relojes de arena, de complicadas clepsidras que miden el tiempo con el agua, de largos telescopios, de astrolabios, de brújulas, de artefactos que había visto en casa del médico ibrahim, de extraños útiles de alquimia, de sopletes, de retortas, de matraces, de tablas geométricas, de aparatos y mecanismos cuya finalidad y funcionamiento yo ignoraba y aún hoy sigo ignorando.

y en estanterías adosadas a paredes más lisas y protegidas por cueros, antiguos manuscritos y libros esmerada y lujosamente encuadernados. los miré con ojos compasivos al encontrarlos tan fuera de su destino de estudio y de lectura. y en mi interior les dije: ‘cuando reine, si reino, os subiréis conmigo. en vosotros reside la única majestad’, y me despedí de ellos, sin poder desplegar mi mirada de su significado: porque ellos son la huella y la manifestación de la sabiduría, de las ciencias que nos han hecho célebres en la historia del mundo, de la literatura que alberga las palabras de amor y de tristeza por las cuales los hombres pueden quizá salvarse.

no obstante, aún me quedaba por ver lo más fantástico. tras una puerta que sólo se abre con cinco llaves, cada una de las cuales custodia un alguacil distinto, está la habitación del tesoro real. en el centro, una luenga mesa con tablero de ágata y patas de oro. sobre ella y a los lados, vasijas de cristal donde se depositan, ordenadas por tamaños y colores, la mayor cantidad de piedras preciosas que sea dado imaginar. a pesar de la oscuridad que reina allí dentro, al moverse la luz de la antorcha que el maleh llevaba, se producía un verdadero incendio frío. soy incapaz de transcribir la diversidad de piedras sin montar que allí arden, ni de aventurar su número.