Выбрать главу

sus ofuscantes destellos mariposeaban, latían, se apagaban, bullían de un lado a otro, se contagiaban prendiendo y saltando de una a otra vasija.

a un extremo, en arcones, cofres y talegos de piel, se apiñan las monedas acuñadas de oro y plata, así como bolsas repletas de oro en polvo, en lingotes y en barras.

al extremo contrario, las alhajas de los sultanes y de las mujeres de la casa reaclass="underline" diademas, brazaletes, arracadas, sartales, ajorcas, herretes, todo cuanto la jactancia crea para embellecer o para provocar una impresión de majestad y de opulencia. en lugar de sentirme atraído por tales galas, en que se había holgado el deseo y el arte de muchos hombres y mujeres ya fenecidos, sentí por lo que sobrevivió a sus propios dueños sólo desdén.

acaso porque, acumulados en una cantidad sobre toda medida, perdían aquello que verdaderamente aspiraban a ser: únicos, irrepetibles y ensalzadores de una persona sola e irrepetible también. al estar barajados unos con otros y constituir un apretado hervidero de esplendores, semejaban un montón de baratijas como las que se ven en un bazar cualquiera, susceptibles de servir para la colección y el intercambio de los niños. y tal vez nunca fueron más que eso.

el okailí, a quien expuse el juicio que me merecía el tesoro, me habló de la ilimitada insensatez de la ambición humana. pero, por una parte, yo noté que no quería enemistarse con la tradicional actitud de sus reyes, y, por otra, que aquella insensatez le atañía también a él muy seriamente, ya que era aficionado a sortijas y joyeles. a mí, no obstante, la visita me sirvió como cura de asombros y como prevención; igual que el niño que entra a trabajar en un obrador de pastelería y, al primer atracón, deja de soñar con los dulces y empieza a aborrecerlos.

el okailí prefirió desviar la conversación de las joyas y tratar de las armas. me dijo:

– aunque no es misión mía adiestrarte en el arte de la guerra, debes saber que, entre nosotros, las artes y las ciencias no están separadas del todo, y que la poesía, un aire aromado y cálido, a todas las impregna. voy a darte una prueba. abu bakr al sairafi, un antiguo poeta, se permitió aconsejar a los almorávides, después de una derrota asestada por los cristianos, la secular estrategia de los musulmanes andaluces. porque nadie mejor que los guerreros nativos, buenos conocedores de las geografías y de los climas y del carácter de sus enemigos, para acertar en la técnica bélica que ha de ser empleada. áel infeliz el okailí miraba asimismo al pasado, sin echar de ver que quien renovase las antiguas técnicas e incorporase las novedades, apostadas ya en el umbral, sería precisamente el que habría de cantar la victoria definitiva, si es que la hay. dice al sayrafi a su imaginario interlocutor, uno de los invasores ortodoxos que soñaron con ser los propietarios del paraíso andaluz:

en cuanto a la estrategia, te brindo los recursos por los que los reyes de persia se apasionaron y triunfaron mucho antes que tú.

no pretendo ser un entendido, pero acaso mi compendio animará a los creyentes y les será beneficioso.

vístete una de aquellas cotas de malla doble que tuba, el hábil artesano, recomendaba.

toma una espada india, delgada y cortante, pues es la que hace más mella en las corazas, y taja con más nervio que las otras.

monta un corcel veloz, que sea como una fortaleza bien guarnecida contra la que nadie puede nada.

parapeta tu campamento cuando te detengas, ya sea que persigas al enemigo como vencedor, ya sea él quien te persiga a ti.

no atravieses el río; acampa mejor a su orilla, de manera que separe y proteja del contrario tu ejército.

entabla la batalla al atardecer, cuando tengas la certeza de apoyarte en una bravura denodada como un sostén inquebrantable.

cuando los dos ejércitos se encuentren con escaso espacio en la liza, que lo amplíen las puntas de las lanzas; cuando hayas de atacar, hazlo al instante: cualquier indecisión es una pérdida de posibilidades.

elige como exploradores a hombres intrépidos, puesto que en ellos es tan natural el valor que nunca te defraudarán.

y no escuches jamás al embustero que pretenda alarmarte: nadie ha obtenido nunca ni sabia ni útil opinión de un mentiroso”.

áaún me sé de memoria esos versos. unas veces los puse en práctica y otras no. pero, poniéndolos o sin ponerlos, en pocas ocasiones obtuve la victoria. quizá no aprendí a distinguir entre el mentiroso y el prudente. y he perdido la fe en consejos de poetas. casi puedo decir que he perdido, en general, la fe en los consejos.

de otro lado, abul kasim benegas (descendiente de los egas de córdoba, de linaje cristiano, aunque esto se disimulaba, de la familia de los ceti meriem, y uno de los hombre más enrevesados y codiciosos que he conocido, y he conocido muchos más de los que quisiera) comenzó en seguida a ocuparse de mi formación política.

si esta expresión se hubiese de entender en su peor sentido, probablemente no habría encontrado un maestro mejor. la teoría y la práctica eran en él irreconciliables enemigas. aún adolescente, yo me pasmaba de que mi padre tuviese a su servicio -más, de que se confiase por entero- a un personaje como aquél, favorecedor de sus amigos y clientes, y rival acérrimo de una familia decisiva como la de los abencerrajes.

– el buen gobernante -me dijo la primera mañana- ha de ser el hombre más sabio y el más agudo.

yo me consideré imposibilitado de alcanzar esa meta, y reconocí para mis adentros que nunca iba a estar dispuesto para el trono. sin embargo, benegas continuó, después de una sonrisa:

– aunque no lo sea, pronto llegará a serlo, porque bajo él surgen y se despliegan todas las sabidurías, florecen todas las inteligencias, tienen su antro todas las marrullerías y se instalan todas las querellas. en un día sólo, el gobernante puede adquirir una experiencia mayor que el resto de los hombres durante toda su vida.

como afirmó omar ibn abdelasís, dios haya tenido misericordia de éclass="underline" ‘no engaño yo a nadie; pero ningún engañador podrá engañarme a mí’. quien sabe lo que es el mal y cómo son los malvados, está en una situación inmejorable para precaverse de ellos.

yo lo acechaba tratando de adivinar el porqué de una chispa de sorna que veía en sus ojos; pero, apenas él percibía el propósito de mi mirada, la chispa se extinguía.

– el principio de toda pericia es tener claro que se sabe lo que de veras se sabe, y que se ignora lo que de veras se ignora. de ahí que el príncipe, como el otro día te previno tu padre, haya de instruirse con todo lo que observe; deducir enseñanzas de todo lo que oiga; mantener siempre una actitud digna sin dejarse arrastrar por sus pasiones -no podía yo evitar, al oír esto, la imagen de soraya-, ni por los encrespamientos de su cólera; hablar con sinceridad y cumplir sus promesas; ganarse con su comportamiento el respeto de todos; no avergonzarse de preguntar, si tiene alguna duda; no resignarse a aceptar lo que no sea justo, y medir el grado de sus fuerzas, porque, cuando se dispara, lo que se pretende no es ir más allá del blanco, sino alcanzarlo.