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mi tío decidió que, en lugar de montar, me ejercitase esa mañana con el arco. disparaba bastante mal, y frente a mí se hallaba el testimonio: un blanco ileso. cuando marraba un tiro, escuchaba las risotadas de abu abdalá.

– la mejor manera de huir de tus flechazos es ponerse ante el blanco.

nos encontrábamos en la plaza del castillo. abajo espejeaba el mar. era primavera, y ya sudábamos. mi tío se había aligerado de ropa, y yo también. los dos jugábamos a la guerra, como dos viejos compañeros de armas. de repente vi cómo mi camisa se teñía de sangre.

no sentí dolor, ni entendí qué sucedía. mi tío había ido a recoger las flechas erradas y, cuando alzó la cara, lo vi palidecer. de dos saltos se acercó a mí, me arrancó la tela ensangrentada, cogió mi cabeza entre sus manos, y le volvieron de nuevo el color y la risa.

– contigo siempre se está en un ay. ahora sangras por la nariz; eres todavía un niño. ¿es que te has dado un golpe?

negué con la cabeza, mientras me cubría la nariz con los dedos.

mi tío, después de sentarse en el suelo, me tumbó boca arriba sobre sus piernas, me echó la cabeza hacia atrás, me levantó los brazos por encima de ella, y, tronchando una ramita del arrayán que había junto a él, me la metió dentro de la boca sobre la encía superior, oprimiéndome luego con suavidad el labio. casi en seguida la sangre dejó de manar. con el vuelo de su camisa enjugó la que me manchaba la barbilla y la boca. yo había entrecerrado los ojos porque el sol me deslumbraba. traslúcidos, los párpados me enrojecían el cielo.

sentí que la sangre -y no ya la de la nariz- se aceleraba por mi cuerpo y frenaba de pronto su carrera.

no sabía a qué atribuirlo, pero me encontraba a gusto sobre el regazo de mi tío. su mano izquierda me acariciaba el muslo mordido por el alicante, y la derecha, cuyo brazo me estrechaba, no se había movido de mis labios. arrastrado por un cariño más grande que yo mismo, la besé. no sé si fue sólo una reacción de agradecimiento, o quizá algo menos simple. sentía el aliento de mi tío sobre mi rostro, como si un esfuerzo físico alterase el ritmo de su respiración. el sabor del arrayán perfumaba mi boca, y el aroma del arriate removido al arrancar el tallo, el aire. calentaba desde lo alto el sol. la primera abeja runruneaba a nuestro alrededor. sin abrir los ojos, percibía el cabrilleo del mar. el leve jadeo de mi tío se acercó más a mí. mi boca presintió la proximidad de la suya. aguardé, durante un segundo que duró más que muchas vidas, lo que iba a suceder.

apretando los párpados, aguardé.

de repente, mi tío se levantó con brusquedad dejándome caído boca abajo en el suelo. abrí por fin los ojos. lo vi de espaldas frente al mar. los vi juntos y superpuestos a él y al mar.

– ya no te sale sangre. de prisa. toma el arco y las flechas.

en aquel instante comprendí por qué todos pensaban que mi tío abu abdalá ibn sad habría hecho un buen rey.

cuando mi abuelo casó a mi padre con mi madre no se molestó en preguntarle si la amaba: la respuesta saltaba a la vista. había estado casada con dos sultanes, al segundo de los cuales acababa de degollar mi padre; era mayor que éste; se trataba, más que de una mujer, de una institución nazarí, y ni yo mismo me atrevería a decir que es bonita.

– desde lejos, si no fuese por las ropas, se la confundiría con un hombre; y aun desde cerca surgen dudas -le oí comentar a una concubina.

tiene, eso es cierto, una clase de arrogancia que sólo suele verse en los hombres; su instinto maternal es muy somero, y desaparece si se le compara con su instinto regio. supongo que es porque nunca puso en tela de juicio que había nacido para reina. es hija de mohamed IX “el zurdo”; su primer marido, del que no tuvo hijos, fue un primo suyo, mohamed xI “el cojo”, y el segundo, también por razones políticas, mohamed x “el chiquito”, hijo de mohamed vIII “el chico”. (sé que este galimatías puede resultar complicado; lo es para mí mismo, aunque se trata de nombres próximos a nosotros. de ahí que me proponga, en cuanto tenga tiempo, escribir la historia de la dinastía, poniendo en claro lo que no lo está y desbrozando las crónicas, tan cuajadas de elogios sobados y robados que, más que a poesía, huelen a sudor cuando no a sangre. para ello tendré que consultar la biblioteca de la alhambra, porque en una sola cabeza -sobre todo si es la mía- no caben tantos datos y menos aún tantas traiciones). mi madre ha vivido entre intrigas, aventuras, destronamientos y entronizaciones, exilios y retornos. es inteligente y representativa; personifica la más poderosa facción de granada.

era, pues, prudente que quien se propusiera gobernar se la anexionase. y ningún procedimiento más eficaz que casarla con su futuro heredero, que resultó ser un usurpador. por eso, ni mi abuelo ni mi padre se plantearon la cuestión de rechazar tal boda. porque yo estoy convencido de que un florecimiento difiere de una decadencia en que hay una voluntad -no sólo del poderoso, sino de la mayoría de los súbditos- que acierta al escoger, y que escoge y coloca en la primera fila a un hombre de signo positivo, y elimina o anula al de signo contrario. y tal es precisamente la última razón de que no las tenga todas conmigo en este trance, a pesar de que la actitud de mi padre responda a la dirección positiva de que hablo; porque, ¿con quién, sino con ella misma, está la mayoría de los súbditos?

cada día iba menos por la madraza de los príncipes y pasaba más horas con mis instructores. benegas, más que los otros, me atareaba poniéndome al corriente, a su manera, de la política y de la tesorería, y eran justamente sus largas parrafadas las que, por un efecto contrario al perseguido, sembraban en mí la incertidumbre.

– tu padre tiene ahora tres armas en las manos. la primera, las rivalidades entre los caballeros cristianos, ya sean andaluces, ya de los que habitan en la frontera, exiliados o instalados voluntariamente en ella. la segunda, el manejo de las treguas con la joven reina isabel; y la tercera, negarse al pago de los tributos pactados por sus antecesores. estas tres armas son las que debes conocer mejor, porque no creo que tú puedas, llegada tu hora, utilizar otras distintas.

en el estado actual de castilla, has de saber que la frontera es un palenque de heroísmos inútiles, o útiles sólo para quienes los acometen. es un campo de destierro o de castigo para banderizos indómitos; una palestra para empresas caballerescas, que nada tienen que ver con un reino tan confuso y decadente como el de los cristianos; un mercado de lucros y de granjerías en el que cada cual arrambla con lo que tiene a mano, y un asilo donde se condonan las penas de los delincuentes y aun de los homicidas. nunca se ha visto tan azacaneada como ahora la vida en la frontera. de ahí que tu padre, a pesar de las treguas, salga a mantenerla todos los veranos, y procure desanimar la audacia de los caballeros, que no guerrean por su rey, sino por ellos mismos.