– ¿y que fue del hermano de don enrique iv?
– a ése lo asesinaron en seguida.
– la reina de castilla es, por lo tanto, hija de don enrique.
– no; es su hermanastra isabel. su hija, que parece que no es hija suya y a la que llaman “la beltraneja”, se casó con el rey de portugal.
– qué nombre más extraño.
– le viene de ser, según se dice, hija del valido don beltrán de la cueva.
– ¿y por qué se casó con ella el rey de portugal?
– porque el asunto de las paternidades no es infalible nunca.
hasta don beltrán de la cueva, en el momento de elegir partido, eligió el de doña isabel, la hermanastra, y no el de su presunta propia hija. y es que parece que don beltrán entraba de noche en la cámara regia, pero para acostarse no con la reina, sino con el rey.
no debería contarte tales aberraciones, pero la historia está hecha por los hombres y para los hombres, y las camas importan, en consecuencia, más de lo que debieran. áno sabía entonces hasta qué punto benegas iba a manejar las camas luego, y hasta qué punto dependería el porvenir del reino de las lujurias y las sensualidades.
los ojos de benegas continuaban mirando en el pasado, con la añoranza de una ocasión perdida.
– por desgracia, la voluntad de dios no quiso que el reto aquel entre don alonso y don diego se llevase a cabo. habríamos salido del retador o del retado. o quizá de los dos. yo lo había dispuesto todo con minuciosidad. en caso de duda, habría sido preferible salir de don alonso; ya te digo que don diego, el padre del retador, es afecto a nosotros. nos lo suelen enviar como embajador, porque sabe nuestra lengua, y es el que firma las treguas en nombre de sus reyes.
con esto entramos en el segundo punto, el que se refiere a la segunda arma de tu padre.
‘las treguas, hijo, no son más que un pretexto para renovar fuerzas y para rehacerse económicamente: tal es su fin, y no otro. si uno lo ha conseguido, hayan o no vencido los plazos, vuelve al combate. ninguna tregua llega hasta la fecha pactada: a poco que un bando se vea más recuperado que el otro, lanza sus ejércitos contra él. como comprenderás, no vamos a sujetarnos a una palabra que se dio en un instante de debilidad o de derrota, o por un rey insensato o demasiado cauto. tu padre, en eso, es muy expeditivo, y yo también.
además, las tácitas leyes de la guerra no consideran que las treguas se rompan por ciertos movimientos, que son habituales dentro de la frontera. se reconoce la licitud de atacar ciudades fronterizas, siempre que la campaña no pase de tres días, se convoquen las huestes sin tocar trompetas, no se levanten tiendas, y todo se realice tumultuosa y apresuradamente. o sea, cuando no se trata en realidad de luchas de conquista, sino de amagar y no dar, de destrozar cosechas, de debilitar a la otra parte, y de beneficiarse con lo que logre saquear la expedición.
– ¿y estamos ahora en tregua con los cristianos?
– sí, casi siempre lo estamos.
es decir, cuando no estamos en guerra. en junio de 1475, el conde de cabra acordó con nosotros una tregua: desde lorca a tarifa, de barra a barra. revistió un aspecto más serio que las otras, porque le convenía a su reina, por una parte, tener en paz el sur (bastante tenía ella con el norte) y, por otra, cobrar, a ser posible, nuestro tributo, que era muy alto desde la infortunada batalla de la higueruela que nos ganó su padre.
tan seria y tan conveniente fue esa tregua que, día por día, en 1476 vinieron un tal aranda y un tal barrionuevo a firmar otra por otros cinco años. pero tu padre se había fortalecido ya, y a finales del primer año fue al reino de murcia a acongojar cristianos.
porque nuestros súbditos necesitan la acción: una paz demasiado larga los afemina y los invita a conspirar; y además nos vienen muy bien el ganado de los castellanos y el rescate de los cautivos. claro que, en el caso de que te hablo, igual que en muchos otros, los dos mil cautivos que trajimos de cieza y de ricote se convirtieron al islam en cuanto pisaron granada; con lo cual engrosaron nuestro ejército, pero perdimos los rescates: váyase lo uno por lo otro.
– ’sólo dios vencedor’ es el lema nazarí -dije yo exagerando mi devoción-, pero dios está con nosotros en verdad.
– no siempre. en esa expedición sí estuvo; en la que le siguió, a cañete, se ausentó. no te ocultaré nada. en aquella tierra no hay agua dulce; los nuestros habían avanzado durante dos jornadas, y el agua que encontraban era siempre salobre. decidieron retroceder haciendo el menor daño posible, tanto para apresurar la marcha cuanto para que los perjudicados no los siguieran en venganza. durante la retirada murieron de sed animales y hombres; muy pocos regresaron vivos. han pasado muchos meses, y ese camino de la sed no se ha borrado de la memoria de los granadinos. de ahí que tu padre proyecte hacer algo inmediato para distraerlos. no debe dejarse mucho tiempo para meditar sobre un fracaso; los fracasos se enconan y se pudren en los corazones de los súbditos. lo que tu padre va a hacer para evitarlo tiene mucho que ver con su tercera arma.
– ¿la de los tributos?
– eso es. te agradezco que sigas mi dislocada explicación.
las parias que teníamos que pagar (porque tu abuelo, al materno me refiero esta vez, confirmó el vasallaje con castilla después de la higueruela) eran muy elevadas: veinte mil doblones por año. regateamos hasta veinticuatro mil cada tres; pero aun así lo mejor era no pagar nada. castilla, por un lado, pasa hambre de dinero, porque todo el suyo está en manos de obispos y de nobles; por otro lado, no está en situación de exigírnoslo y obtenerlo por las bravas. de modo que las treguas últimas se han pactado, astutamente por su parte y por la nuestra, sin aludir a los tributos. de aquí a tres días vendrán don juan pérez de valenzuela y don fernando de aranda, de los veinticuatro de la ciudad de córdoba, con cartas de sus reyes. entonces comprobarás lo que te he dicho de que no es prudente dejar dormirse a un pueblo en la amargura.