Выбрать главу

así fue. recibí una lección que no olvidaré nunca; acaso porque no se me contó ni la leí, sino que la presencié. y porque mi padre, en su puesto de rey en medio de la corte, me pareció grandioso, y me expliqué muchas cosas que no son explicables. áaún hoy continúo convencido de ellas, aunque ya inútilmente.

la tarde anterior los príncipes, desde la torre de la fortaleza, habíamos visto a los cristianos acercarse al palacio donde se alojarían. era una tropilla reducida y silenciosa. no hacía más ruido que el de los cascos de los caballos encubertados con cuero y el de las armaduras. el sol poniente reverberaba sobre ellas.

los criados subían detrás de los seis u ocho señores, cuyos rostros asomaban apenas por los yelmos, y que avanzaban con un halo de hieratismo y altivez que nos sorprendió, acostumbrados como estábamos a identificar la nobleza con un porte menos rígido e inflexible.

dijo yusuf:

– parecen muñecos mecánicos a los que hubiesen apretado un resorte para echarlos a andar. creo que debajo de tanto hierro no hay nada.

– ojalá no lo hubiese -comenté yo riendo-. en ese caso se habrían terminado las guerras.

– y sin guerras, ¿de qué serviríamos nosotros? -preguntó mi hermanastro nazar.

nos hablan desde pequeños en granada del mal gusto de los castellanos; de la tristeza de sus vidas y de sus muertes, referidas a una eternidad amenazadora de la que no tienen testimonios y a la que todo lo sacrifican; de la incomodidad de sus edificaciones de piedra, de las frías espadañas y de las campanas de sus iglesias tan inhumanas; de su mal olor y de su suciedad; de su rechazo de los baños como pecaminosos; de sus vestidos, pardos y rudos, como para estar de continuo en campaña y confundirse con su árido paisaje; de la dureza que persiste en sus gestos hasta cuando pretenden ser amables, y en sus ropas hasta cuando pretenden imitarnos aligerándolas. pero a mí nunca me han parecido inamovibles tales afirmaciones.

a la mañana siguiente el maleh me condujo al salón de embajadores. me situó en el habitáculo del centro, a la derecha y detrás del lugar regio, para que pudiera atisbarlo y oírlo todo. tras las cristaleras se divisaba, vibrante, un albayzín fantástico, pintados sus blancos por los colores del cristal. la corte, fastuosa y resplandeciente, se extendía según el protocolo hasta los rincones del salón. el artesonado de los ocho cielos, arriba, era lo único inmóvil y mudo. yo me entretuve mirando un ánfora dentro de la taca de la izquierda, según se entra desde la sala de las bendiciones.

fresca y bella, aislada y perfumada, como una dádiva de la naturaleza incrustada en aquel minúsculo templo. contemplaba el techo de la taca de madera labrada, su piso de mármol, sus mínimas paredes de cerámica y de estuco; palpitaba a mis ojos el alicatado blanco y negro, y casi no percibía el filo verde, ni las yeserías que semejaban mármol en la fría mañana…

desde el gran arco se esparció un murmullo entre los asistentes: mi padre entraba. se iluminó el salón con su presencia. ¿me miró al acercarse? en cualquier caso, no me vio. se sentó con una dignidad imposible de adquirir. sobre los almohadones, era una inasequible pirámide de oro y seda. a través del encaje de las ventanas que coronan las alcobas, penetraba el día con su luz plateada. yo había empezado a leer en la cornisa más próxima los versos de ibn al yayab:

desde mí te dan albricias, al orto y al ocaso, las bocas de la dicha, de la amistad y el gozo”.

y pensé que, a pesar del lujo que lo disfrazaba, aquello era como el campamento de una tribu nómada: la cercanía del oasis representado por la alberca del patio con sus arrayanes, las pequeñas jaimas confluyendo hacia la alcoba del sultán, la cúpula inmensa en que se reflejaba el cosmos y los símbolos celestes. ibn jaldún se avergonzaría al comprobar hasta dónde habían decaído las virtudes beduinas: si hicieron esto con su vigor nativo, con su desarraigamiento y con su arquitectura de tapial, ¿qué quedaría de sus ideales, de su austeridad y de su fe?

cuando aparecieron los cristianos me imaginé que ellos se hallaban más cerca que nosotros de aquellas antiguas costumbres. y me estremecí; pero seguí leyendo:

arriba se despliega la cúpula excelsa; nosotras somos sus hijas; no obstante, me cabe a mí más gloria y más honor, porque soy el corazón y ellas los miembros, y del corazón sacan su fuerza el alma y el espíritu”.

los cristianos se inclinaron en una sola reverencia, y mi padre les mandó alzarse con un gesto de los dedos. lo vi destelleante y único como el sol.

si mis hermanas son los signos del zodíaco, en mí y no en ellas es donde el sol esplende” -decía, en efecto, la inscripción-.

mi señor yusuf, valido de dios, me ha revestido con galas de honor y de honra incomparables.

me convirtió en el trono del reino, cuya gloria custodian, por la luz, el asiento y el trono celestiales”.

la luz acariciaba y se multiplicaba en los brocados, se entretenía en los oros, se deslizaba sobre los marfiles. los cristianos rebullían, desconcertados, en medio de aquel cuadro; pero sólo unos instantes, hasta que mi padre les dio permiso para hablar. entonces las cabezas y los tocados de los cortesanos se ladearon, convergieron o se separaron entre bisbiseos.

de los cristianos únicamente dos llevaban barbas. casi ninguno tendría más de treinta años. por su tez clara, todos parecían rubios. se habían vestido, para destacar menos, con lujosas ropas de tonos vivos. sin embargo, se adivinaba bajo ellas el almidonamiento del que se encuentra incómodo; sonreí al descubrirlo. detrás de los dos embajadores, me llamó la atención el dueño de unos ojos vivaces en un rostro armonioso, rodeado de una corta melena de color castaño.

un muladí inició su tarea de trujamán. yo di con cautela dos pasos para ver mejor el perfil de mi padre, concentrado y benigno al mismo tiempo, impenetrable y amistoso. y comprendí que las monarquías son hereditarias porque se tarda mucho en aprender ciertos gestos; porque no se improvisa la majestad, sino que se lleva en la masa de la sangre. traducía el muladí: mi padre había mandado sus embajadores a sevilla para firmar una tregua; pero exigió que fuera reconocida su parigualdad con los reyes cristianos, y que la firma fuese de poder a poder, sin haberles otorgado autoridad para obligarse al pago de tributo ninguno.