los embajadores presentes, encargados de confirmar las treguas ahora en granada, reclamaban el cumplimiento de los antiguos compromisos de vasallaje y el pago de las parias atrasadas, e invitaban a mi padre a que en las nuevas cláusulas de paz constaran los tributos de sumisión correspondientes.
el discurso fue extenso y sinuoso. el orador no se atrevía a expresar con absoluta claridad lo que debía expresar. con un fruncimiento de cejas, lo animaba el intérprete a dejarse de circunloquios en una corte donde los circunloquios eran la norma. se escuchaba, impreciso, el murmullo de los comentarios cortesanos. un asomo de sonrisa aleteó en la boca, carnosa y algo infantil aún, del dueño de los ojos vivaces. su nariz y su frente eran ya adultas; pero su boca y su barbilla, no.
– ¿quién es? -le pregunté a el maleh en un susurro.
– gonzalo fernández de córdoba -me contestó-: la esperanza cristiana.
todo lo detuvo un parpadeo de mi padre, que suspendió a la concurrencia, e hizo trastabillar al trujamán. apenas concluida la perorata, mi padre levantó con irresistible lentitud la cabeza. la corte entera se dispuso, cambiando de postura, a escuchar otro largo discurso de respuesta: un discurso más largo que el de los embajadores, en el que mi padre aplazara las treguas, escondiera su voluntad entre enjoyadas frases, se justificara, y agotase la atención de los oyentes para poder, con más facilidad, burlarlos. sin embargo, mi padre, brillándole igual que ascuas los ojos verdinegros a los que tanto se asemejan los míos, sencillamente dijo:
– trasladad mi contestación a quienes os envían: ‘han muerto ya los reyes de granada que pagaban tributo; también han muerto los reyes de castilla que los recibían’. y añadid: ‘en las cecas en donde se acuñaba la moneda de las parias, se forjan hierros hoy para impedir que se sigan pagando’.
ahora -agregó levantándose-, tened a bien, señores, aceptar mi hospitalidad.
mediaba el mes de enero, y era el frío muy grande. yo no lo había sentido en toda la mañana. al final, casi sentí calor.
no bien transcurrió un mes desde la partida de los embajadores cuando mi padre convocó a los príncipes a la sala del consejo.
cuando llegué yo con benegas estaban ya reunidos los demás visires y los altos cargos de la cancillería. con la mano y una sonrisa me saludó mi tío abu abdalá.
– la única manera -comenzó mi padre, y me miraba- de que nos respeten los cristianos es demostrarles nuestra fuerza. granada estuvo con frecuencia regida por sultanes blandos cuya pasión era disfrutar de todos los placeres con menor o mayor mesura, y hasta sin ella.
hemos de probarles que esa parte de nuestra historia ha concluido.
como primera providencia, me propongo hacer un recuento de las tropas de que disponemos, y exhibirlas en un alarde que enorgullezca a nuestro pueblo. porque temo que esté más convencido cada día de que asiste al ocaso andaluz.
mandó abrir un mapa que se hallaba plegado delante de él, y prosiguió:
– me he ocupado de que nuestros castillos fronterizos se aprovisionen bien. innumerables son las torres atalayas que avizoran los movimientos de los cristianos, que tanto las codician. aquí veis los límites protegidos del reino: por el sur, desde vera hasta algeciras; por el este, guadix y baza; por el norte, las fortificaciones que lindan con jaén y su territorio; por el oeste, desde la serranía de ronda hasta el estrecho. por mi orden, se prenden en las torres vigías cada noche fogatas que alientan y reposan los ánimos de los vecinos al comprobar que su emir se desvela por ellos.
mi voluntad es abrir una época en que, de la atolondrada defensiva con que hasta hoy nos hemos conformado, pasemos a una ofensiva que se lucre de las penosas circunstancias en que se desenvuelve el enemigo.
de ahí que, para hacer visible mi decisión, proponga ese alarde grandioso -se plegaron sus párpados; no se puede decir que sonriera-. sin ocultaros que tal exhibición y su gran costo justificará ante el pueblo los nuevos impuestos que preveo y que la coyuntura legitima.
desoyendo la última frase, intervino mi tío:
– ¿no será muy expuesto concentrar en granada los ejércitos?
la ciudad rebosa de espías que, al mismo tiempo que nuestro poderío, transmitirán la debilitación de la frontera durante los desfiles.
– el alarde se hará en fechas sucesivas, y no desguarneceremos ninguna plaza totalmente. se realizará, y os lo comunico para que así lo dispongáis, en el primer mes del nuevo año. mientras dure, será fiesta en granada. se admitirá en ella a los habitantes de los pueblos cercanos, y los demás gozarán de turnos y de festividades. se habilitarán fondas y mezquitas. desde los extremos del reino concurrirá lo más selecto y bravo de nuestras huestes. y, en la puerta de los pozos, yo presidiré cada mañana los desfiles -su rostro brillaba y parecía haber aumentado su estatura-; saludaré a mis generales y a mis soldados, y seré saludado con fervor por ellos.
nos reconoceremos todos y nos abrazaremos. el contagio de nuestro calor y nuestra fraternidad entusiasmará al pueblo. y nos bendecirá dios, puesto que somos los paladines de la fe.
desde ese mismo día se iniciaron los preparativos. se dispuso un estrado con escalones en la puerta algodor, no lejos del campo donde los caballeros jugaban a la tabla y a la sortija. la población heterogénea de los zocos, que es la primera en reunirse cuando hay una festividad entre nosotros, comenzó a subir las laderas de la sabica: vendedores ambulantes, prestidigitadores, narradores de historias, equilibristas, mendigos, domadores de animales, encantadores de serpientes, ciegos y lisiados verdaderos o falsos con sus escoltas infantiles, casamenteros, dueños de garañones para cubrir las yeguas, todo el mundo abigarrado e innumerable que se había tratado de reducir a la alcaicería o al zacatín de la ciudad.
hasta nuestras habitaciones de la alhambra ascendía, desde el amanecer, el sordo ruido del gentío que aumentaba cada mañana. allí mismo, de día en día más cerca, se rezaban las oraciones, se verificaban los contratos, se administraba justicia, e incluso se impartían las clases de la madraza. y mi padre, antes del mediodía, comparecía ante el pueblo en el pabellón construido por los alarifes, y nos hacía comparecer a nosotros para que el gentío conociera y se acostumbrara a sus jóvenes príncipes.