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yo desconocía su condición, su raza, su nombre, sus facciones y su voz. desconocía en qué casa estábamos, y si saldríamos vivos de ella. de momento, la vida se desperezaba y abultaba entre mis piernas. y dejé de pensar. cuando entré en la muchacha -no había entrado en ninguna mujer hasta entonces- ella gritó. su grito me hizo recuperar la conciencia y retroceder; pero ella, con un golpe de caderas, se confundió conmigo.

después de haber poseído el suyo, se abandonó mi cuerpo al cansancio no sé por cuánto tiempo. escuché, como si fuese lejos, un crujir de maderas. el extremo más distante del tejado se desbarató, y la lluvia inundó el lugar en el que yacíamos. a la muchacha y a mí nada nos importaba. yo me hallaba en la más ardiente de las vigilias, y soñoliento, no obstante. todo me resultaba irreal y tangible. giré mi cuerpo, que en cierta forma parecía haberse desprendido de mí, y volví a poseerla. oía su jadeo, ¿o era mi jadeo el que oía? me había desinteresado del mundo, de las calamidades, de los gritos que se elevaban mojados desde la calle.

cuanto hasta entonces me definía era improbable, remoto y sin sentido; me había olvidado de todo -padre, madre, alarde, ejércitos, granada-, menos de aquel presente, apremiante y cálido, reducido al cuerpo de una muchacha que se bebía y devoraba el mío una vez y otra vez. era como si estuviésemos solos en una barca en medio de la mar. amenazados por la desaparición y por la muerte, nos había asaltado la recíproca urgencia de gozar. no éramos sino dos náufragos que se amparaban uno en otro, y se reconocían dándose placer. por las gateras quizá, o por las piqueras bajas de las palomas, se achicaba el agua casi insensiblemente. una luminosidad amarillenta comenzó a dejar ver aquel lugar inverosímil. adiviné el cuerpo que acezaba junto al mío. me pareció el de una niña, pero, sin saber por qué, comprendí que no lo era. casi con crueldad, lo poseí de nuevo.

después, exhausto, debí quedarme un momento dormido. entre sueños seguí oyendo el furor de la lluvia.

luego, en un duermevela, percibí que amainaba. la disminución del estruendo casi me despertó. alargué la mano para acariciar el suave cuerpo de la mujer, pero no estaba.

su ausencia me despertó del todo.

me senté en el suelo y no vi a nadie. por un instante, dudé de que alguien hubiese estado allí conmigo. más tarde, muchas veces, he pensado que no. me levanté tambaleándome. la lluvia había cesado.

a partir de aquel desastre todo cambió en granada. el pueblo, por sí mismo y por sus imanes, se convenció de que lo sucedido era un castigo con el que dios había sancionado la soberbia de mi padre.

el propósito de éste, que no era sino el de deslumbrar a sus súbditos en vista de los impuestos y de las campañas del próximo verano, fracasó. hubieron de aumentarse, con otra finalidad muy distinta, los tributos, y reducirse las pagas. la reconstrucción de lo destruido ocupó la atención de todos.

el pasado le pudo al porvenir: las muertes habían sido demasiado abundantes. la ciudad entera se sintió descontenta y sin ánimo. los militares profesionales tuvieron que vender sus armas, y hasta sus caballos, para poder comer. los astrólogos y los adivinos deducían los más negros presagios. una sombra de desaliento y de pesimismo se extendía alrededor de la sabica, de colina en colina. la tempestad, a la vez que el alarde, se llevó tras de sí las ilusiones y las esperanzas. y mi padre, incapaz de reaccionar y sin fuerzas para resarcirse del infortunio, se deslizó por una cuesta abajo que le arrastraba hacia la perdición.

ése fue el momento que aprovechó soraya para imponer su dominio. ella se convirtió en la única criatura que continuó tratando a mi padre sin recriminaciones, ni tácitas ni expresas. lo agasajaba y fingía venerarlo como el hombre fuerte que había sido. abul kasim benegas y ella llegaron a un acuerdo. mi padre, salvo momentos esporádicos, más espaciados cada vez, abandonó el gobierno en manos del visir, y se refugió en los brazos de la favorita, que ya le había dado su tercer hijo. cada día soraya le arrancaba un nuevo privilegio a costa de mi madre; cada día, un nuevo bien para sus descendientes. la prosperidad de un súbdito dependía del grado de amistad o de sumisión que lo ligase con el visir o con la joven sultana. los personajes de la corte medraban o se hundían según su devoción a ambos omnipotentes. y ante tal situación, agravada por el recuerdo del pasado, nada tenía trascendencia: era fugaz la vida, y el presente nuestro único bien. yo rememoraba la enajenada avidez que me había asaltado en aquel palomar la tarde misma de la aniquilación.

para mi madre era la hora de su venganza: cuanto antes se produjera el resentimiento y el hastío del pueblo, antes se produciría su rebelión. por eso espoleaba las locuras de mi padre y soliviantaba a los insatisfechos. y decidió entretanto casarme con moraima para poner de nuestra parte -de su parte- al honrado aliatar.

voy a contar algo que, cuando comencé a escribir estos papeles, me propuse silenciar. si mi designio es contradecir las mentiras ajenas, he de decir la verdad en lo que a mí me afecta.

desde la desgracia del gran alarde hasta la toma de alhama todo es confuso para mí; porque yo mismo estaba confuso. fue cuando me enamoré por vez primera, si es que aquello era amor, o si es que ha habido otra, o si es que uno no se enamora siempre por primera vez.

no tuve suerte, ni creo que sea una suerte enamorarse. en el amor hay siempre un amo y un esclavo, y, cuando el amor subvierte las posiciones de la realidad, todo lleva más de prisa al fracaso. ahora sé que la vida no es esto, ni aquello; ni mi vida, ni la de otro cualquiera, sino un todo, y cada uno ha de responder de ese todo, que es lo que la hace avanzar. sin embargo, entonces yo sólo tenía ojos para mi amor. los tenía vueltos hacia el interior, de modo que me era imposible fijarlos en otro sitio que en mi propia herida por la que respiraba, y los avatares del reino, tan decisivos de lo que vino luego, no conseguían despegármelos de allí. porque, cuando uno ha llegado al amor, bueno o malo, y ha bebido y jugado con él, y ha sido acribillado por él, y alguna vez se ha reído, por sorpresa, mientras convivía, ¿adónde ha de mirar?

hoy no estoy ya seguro de que el tiempo transcurra y de que no seamos nosotros los que en él nos movemos con torpeza. quizá me conviene pensar así, no sé. hay momentos que, si se intenta repetirlos o volverlos a gozar y sufrir, aunque sea sólo en el recuerdo, desaparecen por completo como si no hubieran existido jamás. mientras vivimos el presente no lo percibimos. igual que, si miramos un rostro desde demasiado cerca, no podemos abarcarlo entero: vemos arrugas que de lejos no veríamos, o el matizado color de los ojos, o la implantación de las cejas, o el sabroso alabeo de unos labios; pero ¿es eso un rostro? es preciso que el presente se transforme en pasado y que nos distanciemos de él para entenderlo. y entonces ya no existe: es sólo una turbia fuente de recuerdos, una baldía tentativa de resucitar lo que murió. (lo que murió quizá con la esperanza de que nosotros, al evocarlo, estemos también muertos.) pienso si la muerte no será un largo día de hoy construido con todos los días pasados, con todos los antiguos días ya inmóviles, ya explicables, y ordenados igual que en un tapiz los hilos, cada uno por fin en su lugar.