si hoy presto oídos, escucho una música que viene de muy lejos, del pasado también, de cuanto ha muerto, de horas y signos distintos a los de hoy, y de otras vidas.
quizá la nuestra -y nosotros mismos no somos otra cosa que ella- no sea más que tal música. porque todos fuimos alguna vez mejores, o más felices y más dignos. no obstante, toda música cesa. hasta en nuestro recuerdo toda música cesa.
¿de dónde surgió aquel extraño sentimiento? ¿por qué me aguardaba, agazapado tras los mirtos, aquel día de mayo? se asegura que mayo es el mes del amor; yo no conozco un mes que no lo sea. el amor, aunque yo tardé mucho en darle nombre, se derramó como un perfume por mi vida, llenando días, meses, años, de su olor; impregnando cada pliegue de mi ropa, cada sonrisa, cada tristeza mía; tiñéndolo todo con sus tonos de flor o de llaga; apartándome y desinteresándome de cuanto no fuera él; transtornando las perspectivas y las formas; convirtiendo en esclavo al amo y viceversa. porque cada amor -luego lo he aprendido- trae su propia dicha; pero a la pesadumbre de un amor se añaden las pesadumbres de todos los amores.
qué injusto es eso. las heridas cicatrizadas vuelven siempre, despacito, a sangrar. y aquel primer amor no ha dejado de dolerme todavía.
de la nada brotó, de una tranquila noche. áfue en la galería más próxima a la última habitación del palacio de yusuf III que vi al irme para siempre de granada mucho más tarde. de la nada brotó, de una mañana clara. ¿quién podría decir el instante preciso en que empieza a tramar sus telas de araña el destino? alguien se cruzó conmigo cerca de aquella habitación. primero oí una voz, no limpia ni totalmente hermosa. lo que la valoraba era que, dentro de ella, se desplegaba algo, igual que un ala que aún no ha empezado a levantar el vuelo y ya está el vuelo en ella. oí la voz. cantaba:
“los secretos del amor sólo están en la mirada.
unos bellos ojos ves que un hechicero creó, y, cuando se van, se llevan tu razón y tu dominio.
tu corazón has de ver maniatado y en prisión”.
cantaba un muchacho, al que el bozo aún no le sombreaba las mejillas. me sonreía desde el otro lado de la alberca. inclinó la cabeza en una reverencia, y, cuando iba a dejar de verlo porque continuaba mi camino, cortó un tallo de jazmín y se lo puso entre los dientes. no pasó nada más.
el empobrecimiento y la agitación del reino aumentaban sin cesar. se recibían noticias de que los abencerrajes se conjuraban contra mi padre en los territorios cristianos. no había tarde en que mi madre no me enviara, desde su casa del albayzín, alguna queja contra la favorita.
– tu herencia está en el aire.
si no obras con rapidez y audacia, el trono lo ocupará un hijo de esa renegada. no puedes tolerarlo. y, en el caso de que puedas tú, yo no lo haré.
subía hasta la alhambra -incluso yo, absorto en mis lecturas, lo escuchaba- un desasosegado rumor de algarada. pero, como siempre que sucede algo culminante en mi vida, yo estaba distraído en otra cosa; esa vez, como quien ha enfermado sin saberlo. tardé bastante en reparar con cuánta frecuencia venían a mi memoria los ojos del muchacho cantor y su gesto al morder el tallo del jazmín.
comencé a escribir poemas que -eso creía yo- lo tomaban sólo como pretexto. escribía encima las cansinas falsillas de los versos académicos y nada humanos de nuestra poesía, en la que los poetas se manifiestan desentendidos de lo que hacen, igual que rutinarias bordadoras. ‘grandes sucesos -pensaba yo- ocurren a su alrededor (asesinatos, adulterios, muertes de amor, guerras, espantosas venganzas), y los poetas se limitan a hablar de narcisos, de jacintos y rosas’. e incurriendo en el mismo defecto que ellos, mientras crujían los cimientos del trono, inspirado por un pobre muchacho, yo escribía poemas.
sólo pasado el tiempo me di cuenta de que los escribía con el jugo agridulce de mi corazón.
durante el mes de junio vino de almería husayn. desde aquella noche en su casa, tan desigual para los dos, había mantenido con él un trato muy somero. ahora ascendía en una rápida carrera de secretario. dio una fiesta para yusuf y para mí. yo comprendí que nos halagaba como hijos del sultán, y que sus atenciones eran bastardas; pero fui. en aquella zambra cantó, entre otros, el muchacho al que yo dedicaba mis versos; sin embargo, me pareció inferior al objeto de ellos, como les acaece a menudo a los poetas vanidosos. lo encontré vulgar y gris. ni sus ojos eran tan grandes, ni su mejilla tan florida. no cesaba de sonreír, y al parecer contaba con la simpatía de todos. comprobé que su voz había perdido la nitidez de las voces infantiles, y aún no estaba afirmada. sin duda, eso fue lo que me produjo la impresión de falta de limpieza cuando lo oí junto a la alberca.
– canta como una gallina clueca -comenté-. ¿quién es?
– ya lo conoces -me repuso husayn-. es jalib, el que cantó la noche en que se inició nuestra amistad. entonces era un niño.
ahora ha abandonado la fragua de su padre, y canta por las fiestas de la corte. me extraña que no hayáis coincidido -y, con cierta malicia, agregó-, ¿o sí habéis coincidido? parece que te mira de un modo algo especial.
– ni he coincidido -contesté heladamente-, ni me gustaría coincidir. ¿cómo has dicho que se llama?
– jalib.
– pues dile a jalib que se calle. mejor hará llenando nuestras copas. -sentía una sorda e injustificada irritación contra el muchacho que iba de fiesta en fiesta, y no logré disimularla-.
es provocativo y engreído. a la gente que sólo sirve para divertirnos hay que ponerla en su lugar.