– ¿y cuál es su lugar? -me preguntó riendo husayn.
el muchacho concluyó de cantar:
“si vieras cómo es de guapo el mozuelo que yo quiero.
tiene unas largas pestañas semejantes a saetas, y, en los labios, una rosa; pero no alargues la mano: con la boca hay que cortarla”.
se acercó jovialmente a servirnos con una jarra de cristal.
noté un vacío en el pecho: el aire me faltaba. tendí mi copa mirando hacia otro lado, desdén que cortó la rosa y la sonrisa de su cara.
– para volver a cantar -le advertí-, deja pasar un par de años.
ahora no tienes ya la voz de niño, y todavía no la tienes de hombre.
– como mandes, señor. no volveré a cantar hasta que tú lo mandes.
al verter el vino, había salpicado la mesa.
– has manchado el mantel.
– el vino derramado es presagio de alegría -murmuró, y su sonrisa renació en la comisura de los labios, curvados hacia arriba con delicada gracia.
– un criado ha de servir el vino, no la alegría de los invitados.
‘¿de qué me estoy defendiendo, y tan mal?’, me preguntaba.
le reclamaron de otro grupo, y se alejó en silencio. bromeaban con él, lo acariciaban. era muy querido por todos, según pude observar. él repartía besos con gentileza, amable y dadivoso de sí mismo. sentí una punzada que no había sentido nunca antes, y una devastadora ira también. no era amor, desde luego. ¿o era amor?
los días y las noches se acumularon sobre mí sin otro propósito que el inexplicable de encontrarme de nuevo con el joven cantor, o copero, o lo que fuese. se deslizaban en torno mío los acontecimientos sin dejar huella, ni rozarme apenas. yo quería encontrarme con jalib, pero sin provocar el encuentro, sin confesarme siquiera a mí mismo que lo deseaba más que ninguna otra cosa. fingí que me olvidaba de él y de su nombre: qué difícil de engañar es uno mismo; porque iba a todas las fiestas a que se me invitaba con la recóndita intención de verlo. entretanto, mi madre insistía en sus advertencias cada vez más ominosas, y me reprochaba que disipase mi tiempo -’igual que tu padre’- en músicas y zambras. nuestras tropas sufrieron la derrota de montecorto, que ensombreció aún más a los habitantes de granada; sin embargo, los rondeños lo habían recuperado, lo cual alegró a todos menos a mí, que procuraba olvidar a jalib, y por momentos lo conseguía, o al menos de eso intentaba convencerme; pero me recordaba con demasiada frecuencia que debía olvidarlo. pronto el capitán ponce de león se vengó de los rondeños destruyéndoles la torre del mercadillo, cosa que echó por tierra, con la torre, la leyenda de inexpugnabilidad de ronda. lo irrompible ya se resquebrajaba.
mi boda con moraima me ayudó a separarme de las fiestas y me concentró en ella. yo me di por curado; canté victoria demasiado pronto. mi madre se desesperaba entre las ‘locuras sexuales’ de mi padre y las mías.
– si alcanzo a saber hasta qué punto ibas a enamorarte de moraima, nunca hubiese consentido en tal boda. los nazaríes de granada tienen que pasarse la vida mirando al enemigo. ya que tu padre ha perdido la vergüenza, hazte tú con el trono. nuestros súbditos quieren ser protegidos, no desdeñados.
sus espías le traían noticias muy graves, algunas de las cuales pasaban al dominio común. la tregua llegó a su fin, y se avecinaban los peores años desde hacía mucho tiempo. el poder de los cristianos se afirmaba: la guerra con portugal terminó con el tratado de alca &obas por el que se reconoció a isabel reina de castilla; murió el padre de don fernando, lo que le convirtió en rey de aragón; sus fuerzas, reunidas, eran capaces de producirnos un daño irreparable; y los nobles dueños de las tierras que nos rodean, al percibir la autoridad creciente de la corona, se sometieron y se vincularon a ella. había terminado, pues, el tiempo en que los señores, divididos, nos permitían hacernos ilusiones. nada tenía remedio, y todos lo sabíamos.
los informes recibidos por mi madre ennegrecían aún más la situación. según ellos, el papa de roma, supremo poder de los cristianos, había remitido a los reyes de castilla y de aragón la orden de terminar con nosotros. agobiado por el poder amenazador del gran turco al otro lado del mediterráneo, quería que acabase de una vez la amenaza continua -tan débil, no obstante- de granada, que, aliada con los africanos, podía constituir otro peligro en el extremo occidental.
‘no me da la gana verme como una nuez dentro de un cascanueces’, les había dicho.
por otra parte, el designio del rey fernando y el procedimiento que iba a emplear quedaron al descubierto. años atrás, cuando él era aún heredero de aragón, prometió ayuda para conquistar el trono de granada al príncipe de almería ibn salim ben ibrahim al nagar que, por ser hijo de yusuf iv tenía a mi rama por usurpadora. era un pleito latente, que la astucia del cristiano pretendía resucitar para salir ganancioso de nuestras disidencias. con la ayuda cristiana, los señores de almería, padre e hijo -el príncipe yaya-, se comprometían a reverdecer sus aspiraciones al trono de granada y a lanzarse a una lucha fratricida contra nosotros. en cambio, se reconocerían vasallos de castilla, y, como contraprestación a los recursos suministrados, entregaban la ciudad de almería.
para cubrir las apariencias ante sus súbditos, los reyes cristianos habían de simular un bloqueo por mar y un ataque por tierra a la ciudad. no sé por qué, de lo que me contaba mi madre deduje que husayn no era ajeno a este enredo.
ignoraba -y no quería aclararlosi estaba del lado de ibn salim o del nuestro, o acaso del de nadie que no fuese él mismo; pero presumía que era él quien le suministró la noticia de estos pactos secretos a mi madre, que parecía tenerlo en gran estima y que continuamente me recomendaba su amistad y su ejemplo. supongo que yo, para ella, resultaba demasiado poco ambicioso y demasiado desentendido de lo que en torno mío se fraguaba. y así era: yo veía la vida como desde el centro de un torrente, distorsionada y girando a mi alrededor; absorto en lo mío, sin que me quedaran ojos para lo que, lejos de mí, ocurría. yo era el protagonista de mi vida (o eso juzgaba, lo fuese o no; ahora pienso que no lo era en absoluto, como nadie lo es), y no veía a los demás -ni siquiera a jalib, para mi desgracia-, ni sus ideas, ni sus preocupaciones, sino a través de las mías. es decir, me hallaba separado del mundo por un cristal oscuro, que era mi obsesión enfermiza por jalib.