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aún hoy me cuesta trabajo convencerme de que una y otra cosa fueron reales: yo era la diana de las ilusiones y los odios ajenos, y se me erigía en la esperanza del reino, siendo así que perdía, cada vez con mayor celeridad, mi propia esperanza.

– la situación está planteada con mayor evidencia que nunca -repetía mi madre-. en la historia de la dinastía nunca se ha alcanzado tal límite. tu padre se enreda más y más en los brazos de la ramera; ella da por descontado que un hijo suyo lo heredará; en granada se respira el aire de la sublevación: yo tengo muy hecha a ese olor la nariz. el trono lo tendrá que ocupar alguien que pese de veras sobre él. o lo ocupas tú ahora, o lo conquistarán los de almería. o acaso se anticipe, contra ti y contra ellos y contra los cristianos, tu tío abu abdalá.

– eso es quizá lo mejor que podría sucederle a granada. tú misma has dicho que sería un buen rey.

– lo sería; pero aquí estoy yo para impedirlo. es mi sangre la que tiene que reinar en granada.

no quiero volver a oírte, ni en broma, esa majadería.

no sabía ella hasta qué punto hablaba en serio yo.

finalmente, una noche, entre los asistentes a una zambra, descubrí a jalib. había crecido.

estaba más moreno que la última vez. retrocedí de pronto todo lo que por la senda del olvido había adelantado. hube de ocultar un temblor que me sacudió de arriba abajo. me castañeteaban los dientes. cuando me serené, me hice el encontradizo con él.

– hace tiempo que no te veía.

¿o me equivoco?

– estuve en almería, señor.

– con husayn.

– sí, señor.

– ¿qué tienes tú con él?

– nada, señor; pero, como te disgusto, él me invitó a su casa.

– ¿me disgustas? -pregunté en un sollozo-. tengo que verte a solas.

– ¿para qué, señor? -me sonreía-. ¿para continuar riñéndome?

lo llevé cerca de un quiosco en medio del jardín. sin darle explicaciones, lo besé apasionadamente. todos los besos que había imaginado darle en mi soledad se los traté de dar en uno solo.

jalib, sorprendido, respondió con la misma lejana condescendencia con que correspondía a los cariñosos besos de los otros.

– ¿es que amas a husayn?

– no amo a nadie, señor.

estaba claro como el sol. y, sin embargo, para mí no lo estaba.

– ¿a mí tampoco?

– si quieres, te amaré. tú eres quien manda.

– es que no deseo que me ames porque yo sea quien manda.

– ¿cómo entonces, señor?

– como yo te amo a ti.

lo acariciaba con tanto ímpetu como si lo golpease. lo estrechaba furioso entre mis brazos, a los que él, sin resistencia, se abandonaba.

una sombra cruzó sus ojos, que me parecían lo más precioso que había visto en mi vida.

– ¿me amas, y eres duro conmigo?

– ¿no te das cuenta de que, si dejase escapar una sola palabra benévola, te inundaría con mi amor?

he de estarme ante ti con las manos delante de la boca, para evitar que por ella salga mi alma y te asuste.

envuelto en mi ofuscación, no comprendía yo que él, ausente de granada, no me habría recordado siquiera. hirviendo en el jugo de mi amor y de mi desamor, no echaba yo de ver que nuestros caminos, durante los meses en que no lo vi, habían lógicamente divergido. y pretendía, en un instante, ponerlo al tanto de lo que ni yo mismo comprendía.

– tú eres mi pan de egipto.

– ¿qué es eso?

– un pan por el que se pasa la noche entera en vela, y no puede comerse.

se echó a reír con sencillez:

– pues cómeme, señor.

– no así, no así. yo quiero ser también tu pan de egipto.

– el pan hay que amasarlo antes, y echarle levadura, y cocerlo, y esperar que se enfríe.

tenía razón. el que no ama siempre tiene razón: es lo único que tiene. me despedí de él aparentando haberle gastado una broma, y me prometí apartarlo de mi corazón y de mi mente. fui incapaz de cumplir mi promesa.

nada hay más sencillo que poseer un cuerpo, y nada tan complicado como poseer un alma: un alma que ni siquiera se niega a ser poseída, sino que simplemente está mirando hacia otra parte, o no mirando nada. el enamorado es igual que un faquir de los que vienen desde la india a exhibir sus artes en el zoco: se acuestan sobre clavos, devoran fuego, se traspasan con espadas puntiagudas y, en apariencia, continúan ilesos. yo continuaba en apariencia ileso, pero me hallaba moribundo.

el día en que me acosté con jalib por vez primera había visto a mi padre acariciar en público a soraya; encendido por ella, sus ojos incandescían de lubricidad.

se retiraron antes de que la fiesta concluyera, porque a mi padre le urgió la posesión de aquel cuerpo que se le ofrecía, pero que no correspondía a su deseo. sentí pena de él, y de mí. busqué a jalib con desesperación. lo hallé en la casa de husayn, al que no le ligaba más relación que la de la servidumbre, aunque los celos no cesaban de martirizarme. lo llevé conmigo sin decir una palabra. y lo tuve. ¿lo tuve? él respondió con cariño y docilidad a mis caricias. me entregó cuanto podía entregarme. como lo de soraya, lo suyo no era amor, y no lo iba a ser nunca. era dejarse poseer por mi ansia, igual que se deja comer el pan. pero para mí sería siempre el pan de egipto.

a partir de esa noche se materializaron mis tormentos. la soledad del que está solo no es la peor, porque aún le queda la esperanza; pero a la soledad del que está acompañado por quien no le corresponde, sólo le queda la desesperación. no es posible conquistar a quien ya es nuestro, a quien nos obedece con sumisión y afecto, pero con un afecto que no es equiparable al que nosotros requerimos. el amor seguramente no es más que un deseo, y el placer seguramente no es más que un alivio del dolor que ese deseo nos produce; pero cuando el deseo no se sacia, sino que se multiplica, el dolor, en lugar de calmarse, crece hasta hacerse irresistible. es una hidropesía en la que el agua da más sed; en la que se bebe a conciencia de que es en vano todo, y de que el mal está dentro del hidrópico mismo, y de que hasta el beber es ya también un daño, quizá sólo inferior al que nos produciría el no beber.