“maravíllate” -dice el poeta- “del que siente que le arden las entrañas y se queja de sed, teniendo el agua fresca en la garganta.”
pero otro dijo:
“la mano del amor nos ensartó para la alegría: nosotros éramos las perlas, y el deseo era el hilo”.
a eso aspiraba yo. pero cuando el hilo se rompe, ruedan las perlas separadas sin cumplir su rutilante destino de collar. yo supe, en cada momento, durante los agotadores meses que siguieron, hasta qué punto el hombre disfruta de un espejismo de libertad y de enajenación. nada podía yo contra la inmovilidad del sentimiento de jalib. saber que a él le habría complacido enamorarse de mí, saber que le habría complacido complacerme, no me consolaba, porque le era imposible. ¿en eso consistía su libertad? ¿en eso, la mía? el hombre jamás alcanza aquello que más quiere: nunca se toca el horizonte. y allí estábamos, frente a frente los dos, o lado a lado, o yo dentro de él, y tan distantes como el sol y la luna.
me sobrevino una especie de vesania. tenía que vengarme del daño que me hacía, aunque sin intención; tenía que vengarme de necesitarlo de tal modo. le prohibí cantar en público; le prohibí servir a nadie. le exigí, por el contrario, cantar y cantar y cantar para mí sólo; cantarme con su voz ligeramente agria, de la que dependía mi felicidad momentánea y mi larga desdicha. ‘déjame ver tu cuerpo en medio de tus palabras’, le suplicaba. y él se despojaba con naturalidad de sus vestidos, y seguía cantando:
“tus ojos no han dejado en todo mi corazón sitio sin agujeros: como un dedal lo tengo.
mi dolor es la almunia donde tú te diviertes; mis ojos, las albercas; una acequia es mi cara.
mientras la fiesta es tuya, mi corazón se rompe”.
lo amaba y lo odiaba con igual fuerza al mismo tiempo. ádía y noche traté de acabar con aquel sentimiento mío sin respuesta, aquel sentimiento impar y manco, que jamás encontraría su necesario eco, a pesar de que en mis manos estaba matar la vida de quien me lo inspiraba, o exaltarla hasta el cielo. en el fondo, lo que deseaba era hacer trizas aquello que se me resistía sin oponerse ni al menor de mis deseos. una tarde, en los alijares, deslumbrado por su sonrisa imperturbable, cogí una piedra y le golpeé el rostro. quise destruir aquella sonrisa que me destruía, aquella hermosura que nunca iba a ser mía, y que, por otra parte, ni siquiera me parecía la mayor de este mundo… sus ojos, entre la sangre, me miraban aterrados, y yo me eché a llorar sobre aquel rostro, el más amado de los rostros, destrozado por mí. ‘el oficio del hombre -pensaba- no es el dolor; su oficio es la alegría, pero qué mal lo ejerce’.
jalib me tomó miedo. procuraba evitar las ocasiones de quedarse a solas conmigo. inventaba para ello los más inverosímiles pretextos.
no consiguió más que transformarse para mí en un ofuscamiento que no me permitía pensar en otra cosa.
lo echaba de menos como al aire mismo, y, cuando lo tenía junto a mí, lo detestaba y lo echaba de menos más aún. la gente de mi entorno me observaba con la medrosa atención con que se observa a quien está perdiendo la cabeza; con frecuencia sorprendí murmullos que se acallaban al aparecer yo. los ojos y los oídos de mi madre eran demasiado perceptivos como para ignorarlo. ninguno de sus emisarios, cada vez portadores de más oscuras nuevas, lograban distraerme de mi tema. moraima, respetuosa, aguardaba a que pasase la tempestad -a su entender, tan intensa que no podía ser larga-, sin referirse a mi mudanza ni a mi desolación. a veces agradecía su mano sobre mi mano; a veces me repugnaba porque su amor no era capaz de sustituir al de jalib. y entretanto jalib, a quien hubiese atado a mí con cadenas de acero, cantaba, me servía de beber, me brindaba su adorable carne, me era fiel, y sonreía: impenetrablemente sonreía. cuanto yo deseaba me era concedido por él, menos lo único que de verdad deseaba: eso no estaba en su poder, ni dependía del mío.
una noche fui al albayzín a casa de mi madre, resuelto a participar en la conspiración contra el sultán. pero mi proyecto nada tenía en común con el de ella: yo había llegado a la conclusión de que, siendo sultán, acaso podría lograr que jalib me amara; el corazón humano se defiende con su propia insensatez. mi madre me recibió con severidad y menosprecio. en sus ojos no descubrí piedad alguna; y yo me estaba muriendo, sin embargo. yo anhelaba abalanzarme a sus brazos, volver a ser un niño en ellos, o desaparecer; ella, como si lo hubiese adivinado, cruzó sus brazos frente a mí.
– no hay nada en este mundo, ni en el otro, que valga lo suficiente como para apartar a un hombre de su destino. preferiría verte muerto a saber que algo te arrastra a semejante violación. ya lo has oído: muerto. y haré todo lo que esté en mi mano para impedirlo. no lo olvides.
a la mañana siguiente un polvoriento mensajero trajo la desastrosa noticia. cundió por la ciudad como un relámpago: se había perdido alhama, que era nuestra antesala. fue el primer aldabonazo que el destino del que mi madre hablaba dio contra nuestra puerta.
la tarde de aquel mismo día busqué a jalib por todas partes. no apareció. mandé que lo buscaran, alarmado por la sospecha de que definitivamente había huido de mí y de mis insaciables exigencias. me propuse, si volvía, pedirle perdón por tantos sufrimientos; me propuse postrarme de rodillas ante él cuando volviera; me propuse ordenar su muerte; me propuse alcanzar el trono y abdicar en él; me propuse incorporarlo, sin la menor prerrogativa, al ejército que ya se convocaba para la reconquista de alhama; me propuse pensar que todo se había perdido para siempre, y era mejor así; me propuse matarme para descansar un poco.
en las primeras horas de la noche de aquel 1 de marzo, en que la primavera, indiferente a todo, se insinuaba, moraima pidió verme.
– prefiero que lo sepas por mí: el cuerpo de jalib, el hijo del herrero, ha sido hallado. esta madrugada, según dicen, se despeñó en la sierra.
la primavera, la alta noche, el palacio, mi vida, todo se echó a rodar. una calima… no, demasiado tarde para tanta calima, demasiada oscuridad: eran mis ojos.
– ¿él mismo? quiero decir, ¿por propia voluntad?
– no lo sé. al parecer, tiene en el pecho una gran puñalada…
una puñalada anterior a la caída.
‘llorar, no’, me dije. me flaqueaban las piernas. se me acercó moraima y me sostuvo. valía más no pensar; hundirse. me dobló el cuerpo una arcada. ‘no’.