pero en el lecho, la batalla de amor a los dos nos derrota.
ni un disparo se escucha, ni un poema.
aquí no es el dolor quien gime, sino el gozo; ni el odio tiraniza, sino sólo el deseo.
¿por qué los pueblos no aprenden de nosotros en este cuerpo a cuerpo que a los dos nos derrota?”ú
de una manera brumosa, como supongo que los peces ven desde sus abismos la claridad del sol, adiviné ásimultáneamente a los hechos que acabo de relatarú que mi hora se acercaba. y que nadie, ni yo mismo, podría oponerse a ello. el reino se había quedado sin cabeza, y los miembros sufrían diariamente las consecuencias del desgobierno.
a la autoridad la sustituyó una tiranía arbitraria y ciega; las delaciones, justificadas o no, se multiplicaban; las represalias estaban a la orden del día. para evitar las murmuraciones y censuras contra tal anarquía -cortándolas, sólo en apariencia, de raíz- se ejecutaba a muchos hombres de dirección y de consejo, a los caballeros y a los maestros más ilustres del reino. mi padre había perdido la seguridad en sí mismo con que abrió su reinado, y necesitaba afirmar el fantasma que la sustituía. la sultana soraya, más próxima a su meta que nunca, intervenía sin recato en la administración y en la justicia. aspiraba a sentar en el trono a uno de sus hijos, o a fortalecer tanto su economía que, sucediese lo que sucediese, quedase situada con holgura. para conseguirlo no reparaba en medios. había hundido a mi padre en los albañales de la lascivia: una lascivia torpe y enigmática que mi padre, menos potente que antes, sólo con dificultad satisfacía, y que le impulsaba a disfrazar sus fallos o carencias con la subordinación a los caprichos de su compañera.
la disciplina del ejército, ni considerado ni pagado, se extinguió; los negocios del estado se descuidaban; las informaciones que nos llegaban de los reinos cristianos eran desatendidas; la corrupción se propagaba como una mancha de aceite en los escalones de la jerarquía; aumentaba la ruina, y, para remediarla, benegas sobrecargó de impuestos a una población abrumada por ellos. acordó resucitar el injusto sistema de ingresos que había emprendido mi abuelo, y que descontentó al pueblo hasta el punto de sostener a mi padre en su rebelión; consistía en requisar los bienes que sus antecesores habían vendido. contra este proceder, las alquerías y sus habitantes reclamaron. ‘se nos hace un doble agravio -decían ante los jueces- porque ni siquiera los compramos en su momento por nuestra voluntad, sino obligados por los sultanes, que marcaron el precio y mandaron sus conminatorios alhariques a cobrarlo’. el reino se alteró con tales reclamaciones, que atañían a muchas colectividades. y los jueces, entre la espada y la pared, resolvieron que el rey tomase la mitad de las propiedades y de las rentas, y que los súbditos se resignaran a ser desvalijados.
pero algo se había roto, acaso para siempre, entre la cabeza, que ordenaba en propio beneficio, las manos de la justicia, que actuaban sin libertad de juicio, y los otros miembros, a quienes tocaba tan sólo obedecer sin el recaudo de la una ni de las otras. y, para colmo, como recurso último, se depreció la moneda, lo que siempre inflige perjuicios que los súbditos no perdonan jamás. porque no creo yo en la moralidad de los súbditos, ni opino que las revueltas, al menos entre nosotros, se originen por la inmoralidad privada de los príncipes.
toda protesta tiene su raíz en el desgaste de las economías personales. si un rey garantiza la vida próspera de sus súbditos, los gobernará sin riesgos por grandes que sean sus iniquidades; es cuando sus decisiones afectan al bienestar y al egoísmo de ellos cuando se sublevan los súbditos. y eso ocurría en granada. hasta yo, también sumido en un problema personal, me percataba de ello.
por si fuera poco, soraya se afianzaba por los medios, reales o imaginarios, que tenía a mano. uno fue la leyenda sobre la veleta de la alcazaba cadima, la más antigua de granada. la llamábamos el gallo de los vientos. se decía que estaba hecha de siete metales, y tenía grabada la siguiente inscripción: ‘el palacio de la bella granada es digno de alabanza.
gira su talismán de acuerdo con las vicisitudes de los tiempos. a este jinete, a pesar de su solidez, lo rige el aire, pero no sin misterio. porque, en verdad, después de subsistir un breve ciclo, habrá de azotarlo un terrible infortunio que destruirá el palacio y a su dueño’. por su deterioro, fue necesario reparar el edificio y apear su veleta. soraya, astuta, atribuyó a esta coyuntura del gallo derribado el cumplimiento de la profecía, y amargó las lujuriosas noches de mi padre con sus siniestras predicciones. le convenció de que mi madre lo envenenaría para no darle tiempo a rectificar mi designación como heredero, aún no oficial. y le urgió a publicar su voluntad de que fuesen sus hijos los elegidos, ya que mi sangre estaba inficionada por la sangre enemiga de mi madre. exhibió los horóscopos hechos cuando mi nacimiento, y sacó a relucir sus siniestros pronósticos. átambién yo los consultaba de cuando en cuando, y por entonces les daba la razón sobre algún extremo: por ejemplo, el de que, al tener venus en virgo, mi unión amorosa se realizaría con alguien de condición social inferior; aunque me preguntaba, con desconsuelo, a qué llamaron “unión” los astrólogos, y a quién calificaron de “inferior”.
en efecto, por mi ascendente en tauro, los estrelleros habían certificado el fracaso, debido tanto a mi falta de aptitudes y de adaptación a las nuevas ideas como a una obstinación no adecuada a mis capacidades. y habían profetizado otros muchos desastres: por el sol en cuadratura con saturno, el enfrentamiento con cualquier autoridad, y en especial con la paterna, contra la que se anunciaba mi rebeldía, confirmada por la situación de marte en virgo; por la luna en géminis, interminables indecisiones perniciosas, que acabarían con la pérdida del reino, ratificada por la estancia de marte en la casa v y por la de júpiter en la casa vIII, que prevén además el acabamiento y la muerte muy lejos del lugar en que se nace.
el signo de saturno me era adverso, ya que, en acuario, manifestaba reveses irremediables y, en la casa x, una ineludible caída; mientras que, al entrar en conjunción con el medio cielo, advertía, de modo categórico, enemistad dentro de la propia familia, una mala ventura contra la que serían vanas todas las precauciones, y una decadencia que acarrearía el mayor duelo.
entre la alarma y la incredulidad, yo había leído a mi vez tales cartas astrales, y estaba de acuerdo con ellas en que mi vida habría de navegar siempre entre procelosas incertidumbres, desde la decepción a la traición, de suerte que lo mejor para mí (y así me lo sugería marte en semicuadratura con neptuno, por emplear el lenguaje de los astros, que sólo confirmaban lo evidente) era permanecer aislado, puesto que de los demás ya saltaba a la vista que nada bueno podía recibir.