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mi padre, manejado por soraya, creyó en lo que antes descreía, o fingió creer por no contradecirla.

y, para suplir su debilidad con puntales superiores e imposibles de rebatir, pues no eran racionales ni palpables, se rindió a los oráculos y a las agorerías. el ser humano, cuando trata de justificar decisiones erróneas, acostumbra acudir a argumentos de tejas para arriba implorando con ello el auxilio de sus divinidades; de ahí que las religiones y las ciencias hayan acabado por convertirse en una rentable prostitución de lo que fueron. cuando mi padre dejó de confiar en sí mismo, dio palos de ciego procurándose apoyaturas esotéricas, y se redujo a la violencia, huyendo hacia delante en un desesperado itinerario sin futuro.

por todas estas razones yo suponía que iba a sonar mi hora, y en el peor momento.

por su parte, mi madre no se resignó a esperar pasivamente los sucesos previstos, sino que suscitaba los contrarios. confió en un miembro de una alta familia granadina, aben comisa, y lo opuso a abul kasim benegas, pintándolo a los ojos del pueblo como un compendio de desinterés, de lealtad y de virtudes. por medio de él solicitó, con sigilo y ardides, la intervención de los abencerrajes, que acechaban tras de la puerta los avatares del reino.

algunos de ellos, convertidos al cristianismo, tenían también sus móviles secretos -¿quién engañaba a quién?-: aspiraban a fundar un dominio en que la importancia de la religión se diluyese poco a poco, y que se transformase en una región de castilla, con una administración más o menos peculiar, para que, a la vuelta de unos años, se hubiese producido la total incorporación de una forma insensible.

áesta idea no era en absoluto contraria al procedimiento que los primeros musulmanes habían utilizado para penetrar -a través de la cultura y las formas de vida, no a través de las armas- en la hispania de los godos; pero ahora el recorrido era el inverso-

a pesar de hacer oídos sordos al plan de los abencerrajes, y simulando ignorarlo para obtener su alianza, mi madre era muy consciente de cuánto importa la religión en los días atribulados. por eso se ganó, con sobornos y falsas devociones, a los imanes y a los alfaquíes, y en la oración de los viernes, dentro de todas las mezquitas, se predicaba a gritos contra la obscenidad de las costumbres, contra la lubricidad y la rijosidad de los ancianos, contra los excesos de la carne y del poder, contra la degradación de los hábitos tradicionales, y contra las nefastas influencias de los renegados fingidos. todos los fieles entendían contra quiénes iban dirigidos tales dardos, y todo se encarrilaba, con cautelosa firmeza, hacia la sublevación.

pero el otro partido no permaneció ocioso. subrepticiamente, para no provocar las iras de nuestros simpatizantes -de acuerdo con la doblez del visir benegas, que era la norma en la política de la alhambra-, mi madre, mi hermano yusuf y yo fuimos puestos en prisión relativa. en un principio, como por protección, nos vedaron salir del recinto amurallado; pero, poco a poco, los límites de nuestra libertad se estrecharon. dado que yo entonces me hallaba cautivo de más recias cadenas y envuelto en mi desdicha, no echaba de ver -o no me afligía- tal acoso. pero mi madre, no sin causa, suponía que el propósito de mi padre era que el pueblo nos olvidara a fuerza de no vernos; y, más tarde, simulando un motín o con cualquier otra artimaña, eliminarnos y dejar en el poder sola a soraya. sin embargo, el destino se empeñó de momento en protegernos: aún no había resuelto nuestra destrucción, proyectada con mimo para más adelante. la pérdida de alhama fue su treta.

la conquistó, repentina y dolorosamente, ponce de león ayudado por otros capitanes, antes sus enemigos; el cambio de las actitudes individualistas por las solidarias era un feroz presagio. mi perdición, tramada por mi padre, se detuvo ante la perdición común, más visible e impuesta. durante cuatro días mi padre enloqueció: lloraba, rugía, caminaba sin descanso por los adarves, daba órdenes incoherentes y rompía nuevamente a llorar. el golpe recibido era tan fuerte que hubiese resucitado a un muerto: alhama era decisiva en las comunicaciones entre granada y málaga, y la clave hasta ronda.

(para mí era además el lugar sosegado donde transcurrieron muchos meses de mi infancia y de mi adolescencia.) pasados esos cuatro días, mi padre se dirigió a alhama y la sitió. trataba de impedir su avituallamiento de agua y leña con la pretensión de que se rindieran los cristianos, más necesitados cuanto más numerosos, pues parece que no bajaban de dos mil quinientos caballeros y de tres mil infantes. yo permanecí en la alhambra con el alma enlutada y el cuerpo enfermo por una muerte que me afectó tanto como si hubiese muerto el mundo entero. (lo que ahora narro lo supe luego, porque en aquellos días no tuve oídos sino para mi desesperación.) mi padre mandó en busca de soraya cuando vio que el sitio de alhama se prolongaba. soraya se había ingeniado para hacerle creer que corría peligro, desprovista de su protección, en la alhambra, donde se la odiaba. quizá estaba en lo cierto; quizá hubo de elegir entre el riesgo de su vida, más o menos ficticio, y el de ser, en su ausencia, sustituida por mi madre.

sin embargo, mi madre no contó con la reacción del pueblo, que, transtornado por la gran pérdida, comprendió no obstante que comenzaba una agonía acaso larga, pero encaminada a la muerte; lo comprendió con todo fundamento. en consecuencia, se apiñó otra vez junto al único capaz de preservarlo de mayores y muy próximos reveses, es decir, mi padre, a quien absolvió de sus pecados.

desfallecido nuestro ejército por su empobrecimiento y por su falta de ejercicio, el primer sitio de alhama hubo de levantarse a los veinticinco días. el sultán pronunció la orden sollozando. el hostigamiento corrió a cargo de las mesnadas del duque de medina sidonia -a despecho de su visceral enemistad con ponce de león, lo que para nosotros significaba un pésimo augurio- y del conde de cabra, cuya familia tenía fama de ser aliada nuestra. el tiempo de los señores levantiscos e independientes había concluido.

mi tío, aprovechando la concentración de las fuerzas cristianas en alhama, corría algaradas por las tierras contiguas, esquilmándolas para que no pudieran prestarle a los sitiados auxilio alguno, y los rondeños se apropiaban de cuantiosos ganados del enemigo y destruían sus cosechas. pero también otra cuestión quedaba clara: que la guerra de escaramuzas y guerrillas, en la que los andaluces éramos invencibles, había evolucionado hacia la guerra de sitios.