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el rey fernando, no bien empezó agosto, devastó la vega, y prendió fuego a cosechas y alquerías al socaire del desarreglo ocasionado por el conato de la guerra civil. me enteré de que mi padre había conseguido un socorro, no grande, de algunos voluntarios magrebíes que desembarcaron en málaga burlando en el estrecho los navíos cristianos. y a principios de otoño, mi padre y mi tío -también éclass="underline" ya tomó partido-, para no reconocer que habían sido derrotados del todo, corrieron por setenil y por cañete, arrasando sus guarniciones. cañete fue reconquistada en seguida por el adelantado de andalucía, pedro enríquez, que la fortificó y la repobló; por el contrario, a pesar del ataque del marqués de cádiz, setenil quedó en manos nazaríes.

pero ya no todas las manos nazaríes pertenecen al mismo cuerpo’, me dije con tristeza cuando me lo anunciaron.

el invierno, de acuerdo con lo que sucede en la naturaleza, que en tan pocas ocasiones respeta el hombre por desgracia, ha apaciguado o escondido las tensiones, dándonos tiempo para organizar, mal que bien, el reino. ha sido un invierno largo y muy frío. granada, cubierta por la nieve, es una ciudad muda. el azacaneo de esos meses me ha impedido casi del todo hacer lo que me gusta: leer, escuchar música no demasiado cerca, pasear despacio sin objeto preciso, contemplar el cambio de las luces, escribir sin apremios. en muy escasos momentos he podido zafarme, durante este invierno, de la impresión de que representaba.

– un sultán tiene la obligación de serlo, no de aparentar serlo -me insiste moraima de repente, vislumbrando lo que por dentro de mí pasa-. por tu bien y por el de nuestro pueblo, sé tú, boabdil.

sultán o no, sé tú. si resistes un poco, lo lograrás. por ahora, procúralo tan sólo, y apóyate en mí cuando lo necesites. estoy convencida de que mi existencia no tiene otra razón.

yo se lo agradezco como agradece el báculo un convaleciente que, arrastrando un poquito los pies, se asoma a una ventana a ver crecer el día que lo anima a crecer. intento, ignoro si con éxito, cumplir mis deberes de sultán; pero no soy capaz de borrar a málaga de mi mente. en mí está, cálida y radiante, con su alcazaba erguida entre las flores y el boscaje, con gibralfaro como un ojo de luz encima de ella, y el puerto jubiloso y azul, y el arsenal y las atarazanas. y no sale de mí abu abdalá -¿qué opinará de mí su integridad?-, cuyo auxilio me habría aligerado la carga del gobierno (si es que puede llamarse gobernar a seguir los “consejos” de aben comisa y de mi madre).

la primavera este año tardó mucho en llegar, pero cuando llegó se abrieron de par en par los ramos.

a mediados de marzo, los cristianos se reunieron en antequera.

allí acudió la flor y nata de su nobleza, desde ponce de león al gran maestre de santiago. los asesoraba bernardino, el renegado de osuna, que conduciría una expedición a los montes de málaga: los generales opinaron que el sultán destronado se hallaba en una posición menos ventajosa que la mía. y decidieron atacarlo a él.

se les unieron el asistente de sevilla, conde de cifuentes, el gran don alonso de aguilar y el adelantado de andalucía: todos los nombres míticos de la frontera contra mi padre. ¿me habría de alegrar? y, si era así, ¿por qué no me alegraba? el día 19 de marzo pasaba de tres mil de a caballo y de mil infantes los que se dirigieron hacia la ajarquía. el 20 por la mañana, según me avisaron, las tropas de los concejos, con los señores a la cabeza, avistaban nuestra frontera, o mejor, la frontera del territorio de mi padre.

advertidos de antemano, sus habitantes habían abandonado las aldeas y refugiándose en lo alto de la sierra o en las torres atalayas con sus mejores bienes. al enterarme de la evacuación, sentí el dolor de aquellas gentes y el pesar desarmado de mi tío abu abdalá, un emir casi sin ejército. los cristianos se adentraron en los montes sin encontrar resistencia; asolaron alquerías y aldeas; quemaron frutales; alcanzaron la costa desde el interior a la altura de bezmiliana. sobre un mapa seguía yo, hora por hora, sus avances, confuso entre la tribulación y el regocijo.

¿atentaba aquella agresión contra todos los musulmanes, o sólo contra el poder declinante de mi padre?

el día 21 salió el sol dentro de mí: se mudaron las tornas con un giro grandioso y violento. mirando el mapa, veía la afilada mano de mi tío señalarme desniveles, pueblos, tajos. cuando los cristianos estuvieron metidos de lleno en la serranía, dentro de ese terreno rocoso, roto y perturbado de los montes de málaga, los nuestros -ah, sí, por fin lo supe: los nuestros, los mandara quien los mandara- se lanzaron sobre las huestes enemigas, las dividieron, las devastaron, las acecharon por los desfiladeros, las agotaron en las vaguadas, las aniquilaron desde las cimas. por los puertos, por las angosturas, por los barrancos, se precipitaron sobre ellas, y las sometieron a una minuciosa y triunfante matanza. acosados y acuchillados, corrieron los cristianos hasta las proximidades de málaga, la ciudad soñada por ellos, que veían por primera vez con los ojos entorpecidos por la sangre. la noche del jueves al viernes fue una noche que no olvidarán nunca. como me imagino a mi tío, vengador y magnífico, me imagino esa noche.

el terror en medio de la oscuridad, la hostigación por demonios invisibles y vociferantes, transformaron a los cristianos en enemigos de sí mismos. huían sin saber adónde, abandonándolo todo, abandonando también la vida, o la libertad en cualquier caso. las últimas noticias -y el júbilo que me proporcionaban debía disimularlo delante de mi madre y de mis visires- decían que más de dos mil cristianos, de los cuales muchos eran nobles, habían caído prisioneros; que toda la ajarquía estaba cubierta de caballos, monturas, armas y víveres; que los malagueños llaman a gritos a mi tío “el zagal”, es decir, “el valiente”. la luz que, cuando me lo refirieron, entraba por el ajimez de la alcoba no era tan limpia como mi alegría. quizá el informador entendió que mi largo silencio lo produjo el disgusto: tanto nos desconocemos, unos a otros, los hombres. “el zagal”. abu abdalá, “el valiente”: así lo llamaré yo también de ahora en adelante.

aunque se mantenga a favor de mi padre, o quizá por eso mismo; aunque luche en un simulacro de reino, entre guadiaro y almería; aunque suponga que ese trozo de costa, cuando nos asentemos, caerá en nuestro poder. porque no sé de cierto cuál es nuestro poder.