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la mayor diferencia que existe entre los cristianos y nosotros no es la religión, sino la forma de entender y de vivir la vida. alguien puede opinar que tal forma es la consecuencia de nuestras religiones; yo opino exactamente lo contrario: cualquier pueblo acaba por acomodar su religión y su pensamiento a sus actitudes y a sus comprensiones, a sus modos de amar y de apenarse y de gozar y de aguardar la muerte.

los cristianos son aún más ásperos y rudos de lo que yo creía.

acaso no por cristianos, sino por habitar bajo un clima tan diferente al nuestro. veo esta estancia en la que estoy: cuadrada, agria, rotunda, con una chimenea desmesurada, con hostiles paredes de piedra, sin la ligera y acogedora suavidad de las nuestras. quizá ellos encuentran en alcobas como ésta una armonía enjuta y más duradera, una densidad y una persistencia: eso no hace más que confirmarme que somos opuestos. lo nuestro es el ahora, lo inmediato; lo suyo, una inconcreta perennidad, una metáfora muy poco comprobable.

me llama la atención, a primera vista, que los cristianos no se recreen con el agua; la utilizan para beber, y apenas. nosotros, quizá por un recuerdo atávico y colectivo del desierto, la veneramos; nuestro lujo consiste en admirarla y eschucharla correr, en extasiarnos ante los surtidores, en contemplar cómo la luz la traspasa y la irisa, en ver nuestros jardines y nuestros rostros reflejados en las verdes albercas, en administrarla en los riegos de nuestra agricultura, y en adivinarla bajo el aroma de las flores. los cristianos no huelen (mejor será decir que no tienen olfato). nosotros nos bañamos y nos perfumamos; ellos consideran pecado tales hábitos, como si se tratase de una blandura castradora, de un tributo al cuerpo que lo pusiera en trance de condenación; las casas de baños son para ellos las antesalas del infierno, o acaso el mismo infierno.

todo es tosco y elemental entre ellos. comen cuando pueden y lo que pueden, sea o no impuro; creen en los ideales más que en las ideas, se aferran a la tierra, y a la vez la desprecian; adoran a su dios sin lavarse las manos y con las uñas descuidadas y sucias, y cuando van a la guerra, sus soldados van para saciar su hambre, no para defender algo (quizá sencillamente porque no lo tienen, y su manera de adquirirlo sea la guerra). su sentido de la intimidad, alrededor de la cual se cierran como erizos de mar, también es tosco. nunca como ahora me he sentido tan hostil a mi cuerpo. vestido con sus pesadas ropas opacas, sin ocasión de lavarme de continuo, como nosotros hacemos hasta por prescripción religiosa, percibo olores míos no percibidos antes: los olores de mis axilas, de mis pies, de mi sudor, de mi semen húmedo o seco, de mi cabello, de mis ventosidades, de mi aliento.

esto me humilla y simultáneamente me reconcilia conmigo mismo. evoco a menudo -y hace sólo unos días que estoy preso- el vapor de los baños, la humedad goteando sobre los azulejos, el enternecimiento de la música y de la luz coloreada por las claraboyas, la tersura de la piel penetrada por el calor y los masajes, el aroma del humo que sale por los umbrales perforados desde los pebeteros subterráneos, e impregna nuestras ropas livianas.

evoco tal riqueza, y admito que la penuria de hoy me produce un conocimiento más profundo -y desde luego, más sucio también- de mí mismo, de una parte de mí que no tiene por qué ser la peor, pero que sí es, sin duda, la más humilde y animal y, por ello, la más desatendida…

sea como quiera, los cristianos han ganado esta vez. aquí estoy en sus manos. no sé si para siempre; no sé por cuánto tiempo, si es que el tiempo -su medida y lo que midesirve para algo en la cautividad.

han prometido no quitarme la vida; acaso sea lo único que no me quitarán. porque la vida, sin lo que la mantiene y la rodea, ¿qué es?; bajo la inminente y continua amenaza de perderla, ¿qué es? vivir no es sólo no morir, es mucho más. si fuese no morir, se reduciría a algo precario y negativo, y para mí debe de ser positivo y flamígero: es su ardor y su refulgencia lo que distingue la vida de la muerte. a la muerte yo no la temo sino como ausencia de lo que entiendo por vida plena, no una respiración o un simple pensamiento. quizá, en definitiva, y contra lo que opinaba, sea cierto que, si se ama la vida, hay que estar dispuesto a morir por ella; no si se ama la desnuda y abstracta idea de la vida, sino la manera como uno la consume, como la consumieron -y la consumaron- sus antecesores: la vida nuestra frente a la de los otros. porque antes de perder nuestra forma de vida más nos vale morir.

es a esta muerte a la que me refiero, y a la que estoy desde ahora resignado.

ayer me obligaron -con cortesía, pero me obligaron- a asomarme a una ventana del piso bajo de esta torre para que me vieran, desde la plaza, los habitantes de lucena; ellos ardían en deseos de contemplar al rey moro. me cargaron de cadenas, que no suelo llevar en mi prisión; me pusieron al cuello un ceñidor de hierro, y me exhibieron como un trofeo de caza. se produjo un instante de silencio; su filo, con nitidez, partió en dos la mañana. después, como para sacudirse una fascinación, el griterío y los insultos de la turba. y las serviles aclamaciones a sus caudillos, que todavía no sé bien quiénes son.

hasta ahora, en general, el trato ha sido respetuoso. son muchos siglos de ver en andalucía el paraíso perdido como para que no miren a su rey con un sentimiento en que se mezclan el odio y el asombro y una inconfesable envidia.

en su imaginación nos rodean espantosas leyendas, que sus gobernantes desde el principio fomentaron: crueldades atroces, costumbres decaídas, afeminamiento, personificación de cuanto les han enseñado a odiar y a temer al mismo tiempo; pero también somos lo que ellos, en su fuero interno, presienten que serían si se abandonasen a la vida. es fundamentalmente por eso por lo que “necesitan” eliminarnos: porque constituimos el ejemplo de sus desmayos morales y de sus prevaricaciones, pero también constituimos la provocación de su curiosidad y su más alta aspiración secreta.

hoy he sentido el peso de esta cárcel desplomarse sobre mis hombros con una insoportable crueldad.

he levantado los ojos a dios, al que está por encima de las religiones, y también por debajo y en nosotros. ‘no me castigues por olvidarte o por caer en el error. no me impongas una carga que sea superior a mis fuerzas, o dame fuerzas con que soportar la carga que me impongas. omite mis pecados, que no fueron dirigidos contra ti, y concédeme el perdón y la paz y el bálsamo de tu misericordia. tú eres el dueño y el refugio. en ti he puesto mi esperanza, porque mi corazón la ha expulsado de sí.’