aquí lo primero que aprende un príncipe a decir -antes aún que ‘padre’ o ‘madre’- es ‘no abdicaré’, para saberlo repetir con naturalidad desde el día de su coronación. a pesar de eso, nunca se está seguro de que la abdicación no se producirá, aun en el caso de que la coronación sí se produzca.
somos distintos unos de otros, y eso nos induce a creer que somos libres; pero estamos prefigurados de antemano: nuestras determinaciones dimanan de nuestros jugos gástricos y de nuestros razonamientos, o sea, de nuestro estómago y de nuestro cerebro, que son intransformables. nos parece, por ejemplo, que elegimos a la persona amada; no es cierto: sólo dos o tres posibilidades nos son -y apenas- ofrecidas. no la elegimos: nos resignamos a ella; nuestro sexo, que con el estómago y la cabeza nos perfila, es otro portavoz. el destino es quien manda; por eso respeto y comprendo a quienes lo cumplen sin rebelarse. ellos son los que están más próximos a alcanzar la felicidad, si existe, que no creo: quienes se desenvuelven y se acaban en el lugar y en la dirección en que nacieron. pero no comprendo ni respeto a quienes se rebelan. pienso en almanzor, el suplantador de los omeyas, que -con la ambición del que quiere reinar sin haber nacido en las gradas del trono, con su desastrosa ambición de rábula que no repara en barrastrastornó las páginas del libro de su vida al probar a los súbditos que contra el poder cabe el desprecio. está escrito el destino: la dificultad reside en saberlo leer. hay quienes, mientras aspiran a superar el suyo, son sólo el arma del de los otros: se erigen en dueños del azar, y, a fuerza de combatir desde su vulgar sino, se transforman en los apoderados del ajeno, y juegan al ajedrez en nombre de la historia, derrocándolo todo, pieza a pieza, hasta inundar de sangre los tableros. qué irreversible consternación para un hombre comprobar, al final, a la entrada de su medinaceli, que, cuando resolvía en aparente libertad, estaba siendo utilizado.
porque nadie sobrevive a la tarea para la que nació: todo fue enrasado y medido previamente. cumplida su misión, solo ya el poderoso sobre el tablero que fue desalojando, el destino -su destino esta vez- le lanza el jaque mate.
la vida es una inapelable partida en la que todos los jugadores acaban por perder…
el discurso anterior era demasiado juvenil. hoy me parece tópico y pedante; pero fue lo que estrenó estos papeles. antes de que lo terminara, mi madre me llamó a sus habitaciones. entraba la mañana por el ajimez como una llamarada, y encharcaba de oro el pavimento. miraba yo, distraído de su plática, las dos clases de losas. en la primera, una figura femenina se enfrenta a otra masculina, con unos escudos entre ellas; visten trajes cristianos: él, calzas altas; ella, unas mangas ajustadas más oscuras bajo otras amplias claras, y el largo pelo partido en dos y unido en una trenza; el dibujo es azul, en varios tonos.
en el otro modelo también se enfrentan, y también con distintos azules, un ciervo y un caballo, esbeltos y rampantes…
mi madre acaba de trasladarse a la alhambra desde su palacio del albayzín, donde se había retirado, en señal de disgusto, cuando el rey comenzó sus relaciones con soraya.
pero, al ver aumentar el poder de ésta, ha creído prudente recuperar su sitio de sultana y sus habitaciones oficiales.
yo la escuchaba con los ojos en el suelo, sin prestarle demasiada atención. suponía que se trataba de algo que yo había hecho mal, o de algún proyecto político de los que no me apasionan: era para lo único que mi madre podía convocarme. no obstante, percibí en sus palabras un tono nuevo, dulcificado, muy insólito en ella. la miré.
reclinada, no me miraba a mí, sino un paño bordado que, entre las manos, doblaba y desdoblaba. había ordenado retirarse a todas sus sirvientas, y, sorprendentemente, nos hallábamos solos. cuando me decidí a atender, llevaba hablando un rato. yo estoy acostumbrado a oír a rachas sus peroratas, en las que da rodeos interminables, y aborda los temas desde un lejano principio que sólo ella relaciona con el final.
se refiere, por ejemplo, a su primo el rey mohamed x, o a su padre mohamed IX, antes de comunicar a quien sea que es necesario hacer obras en la planta de arriba, o modificar el trazado de un jardín, o celebrar la fiesta de los sacrificios de este año con especial suntuosidad.
su monólogo estaba en marcha.
yo puse los ojos en la delicada figura masculina de la solería, que tenía junto a mi pie derecho.
– si lo que fragua tu padre es atentar contra mis privilegios en favor de una esclava cristiana, le pararé los pies. soy reina por los cuatro costados. no dependo de él ni por mi sangre, ni por mi economía, ni por mi inteligencia. soy una mujer horra en todos los sentidos. no necesito nada; pero, puesto que tú has sido designado heredero, quiero contar contigo. y te advierto que las trapacerías de isabel de solís te alcanzan tanto a ti como a mí.
ella nunca la llama soraya porque opina que su conversión áen lo cual acertabaú es una táctica.
– no olvides que tu padre tiene tres hijos de ella. y que, aunque sean más jóvenes que tú, o precisamente por serlo, los preferirá.
el poder de la lujuria (tú aún no lo sabes, aunque también de eso quiero hablarte) es muy grande.
yo, sin comprender muy bien, trasladé mi mirada a la figura femenina del azulejo. ya estaba hecho a lo sorprendente de los monólogos maternos.
– y el de la vanidad. tu padre, siempre engreído, nombrará heredero, aunque sea volviendo sobre sus actos, a alguien más joven, como si eso le asegurara una más larga vida. así se verá menos acuciado a dejarle el trono a nadie; ya sabes qué poco partidaria es granada de los sultanes niños, y cuánto daño le ha venido por ellos.
ignoraba adónde conduciría tal conversación. el trayecto era habitual. no valía la pena que hubiese interrumpido mis ejercicios para eso: ni los de equitación, según ella creía, ni los de poesía, por los que los había sustituido esa mañana, que me gustaban más.
– yo tengo que defender mi fortuna; tengo que defender mis derechos, y, por desgracia, ya que tú no lo haces, tengo que defender los tuyos. eres mi prolongación y, dado el cariz de los acontecimientos, mi único medio de seguir en el trono, si hablamos claramente.
quizá con otro hijo me habría ido mejor… mírame cuando te hablo, boabdil.
lo hice. levanté los ojos desde el ciervo azul, ahogado en el remanso de sol; pero ella tampoco me miraba. fue entonces cuando levantó sus ojos. son espléndidos.