mientras oraba, reflexioné en lo que se nos ha dicho y repetido:
’dios no grava a ninguno por encima ni más allá de su capacidad’; acaso tal promesa la hizo dios un día en que no se le ocurrió otra cosa más alentadora. hoy no puedo creer sinceramente en ella.
hablamos con ligereza de la vida y de la muerte; pero ¿qué conocemos de una ni de otra? son las caras de una misma moneda, y nuestro tesoro se reduce a esa sola moneda; oscilamos, como entre escila y caribdis, entre las dos reinas absolutas, de colores distintos, que nos gobierna, a los reyes también, desentendidas de nuestro beneplácito. en la vida, al menos, residimos; pero ¿qué sabemos de la muerte? yo he visto desde niño cadáveres; ¿es eso saber algo de la muerte? (viene a mi memoria el cadáver de subh, el primero que vi. ¿dónde estás, subh, ahora? ¿no habrías preferido morir a ver a tu “vidita”, a tu “zogoibi”, expuesto a la befa de los enemigos? ¿no iba a ser yo, con mi aroma de rosas, el que acabase con las guerras?) ¿nos dice algo de la muerte la podredumbre de lo que un día fue hermoso? sí, he visto su mano pálida y desastrosa desatar el deslumbrante lazo de la vida; he visto las víctimas de las justicias de los hombres, y las víctimas de sus injusticias. he herido y me han herido.
he atentado contra la vida ajena, y han atentado también contra la mía. se hallan tan abrazadas vida y muerte que es arduo decir “hasta aquí” o “desde aquí”… en mis relaciones con jalib, ¿no me he sentido morir a veces con mayor rigor que cuando moraima vino a decirme que había muerto? ¿no de la plenitud de mi vida, y no me venía de ellos el aniquilamiento más sombrío? ¿o quizá es que esas mortales agonías eran precisamente la expresión más intensa de la vida? acaso la desesperación es cosa de ella, y la desesperanza, de la muerte. pero ¿no es desesperanza lo que ahora mismo siento? ¿no estaré muerto de alguna forma ya?
me lanzo a estos papeles cada día con mayor fruición; igual que el famélico a la comida, o el sediento a la fuente. los miro como el enamorado mira, en cada despertar, los ojos de quien ama; porque, según ellos, así será la luz del día que se inicia. son mi único sustento.
a través de la mirilla de la puerta vislumbro los ojos del carcelero cuando él acecha mis paseos, mis paulatinos o nerviosos movimientos, mis vanos esfuerzos por mantener una dignidad regia. esos ojos que se cruzan con los míos y los rehuyen son, a su vez, la mirilla del mundo para mí. por un lado, estoy en una soledad que nunca imaginé; por otro, mi soledad salta en pedazos como un cristal cada vez que es acechada por esos ojos inquisidores, que me son tan extraños. tan extraños, pero tan necesarios. ¿será como ellos dios?
hay momentos en que de tal modo se me hace presente el cuerpo de moraima, su carne morena y armoniosa, su olor casi sonoro, que, si cierro los ojos, podría acariciarlo. nunca la deseé con tanto arrebato, ni se lo dije tanto como ahora. veo su última mirada mientras me retenía con su abrazo, tratando de impedir, de amanecida, mi partida a lucena, como si presintiese que iba a ser privada a la vez de su esposo y de su padre…
y me asaltan también recuerdos muertos -no, los recuerdos no mueren; muere quien los suscitacon la misma vigencia, o acaso mayor, que los vivos recuerdos de los vivos. está muerto jalib; pero ¿cómo olvidar nuestro extravío en la alcoba del palacio de yusuf aquella noche en que todo fue posible, y el orbe entero giró en torno a nuestros cuerpos? me anonadan con impaciente vigor las memorias de lo que tuve y no volveré nunca a tener: unas memorias mezcladas y confusas, pero tan netas que percibo con infinita exactitud -a pesar de las brumas con que el amor envuelve los sentidos cuando nos enajena- la leve yema de un dedo, una oreja con su mórbido lóbulo, el deleitoso pezón de un pecho, el vello rizado de un pubis, una corva de seda, una rodilla igual que una naranja, un lunar en la espalda… la memoria de cómo se deslizan las manos por el cuerpo desnudo de quien se ama; de cómo, bajo sus manos, se muere y se resucita: desde los muslos hasta el cuello, desde la nuca hasta los muslos, por los hombros, por los tensos costados, por el cálido rincón de las axilas, por los surcos que se entreabren entre los pechos o entre las nalgas.
en esos momentos mi sexo se yergue y reclama su dicha. he de apoyarme contra la pared en que se abre la puerta para evitar que el carcelero presencie mi vergonzosa masturbación de adolescente. no, no, porque el adolescente presiente sin sentir, pero yo ya he sentido.
por eso, tras de los pobres gestos, me quedo descontento y vacío.
paso después marchita revista a los lugares en los que fui feliz -¿fui feliz?- y tengo la impresión de estar entrometiéndome en la vida de otro; de otro que me cuenta, a balbucientes retazos, su felicidad.
o acaso es que yo entonces era otro -embriagado, alterado, irreflexivo-, no éste de ahora. qué raro que un feliz pierda el tiempo en pensar que lo es; porque la felicidad quizá consiste en una paralización de raciocinio, o en un sopor, o en un instantáneo alivio de la razón. o quizá el ser que fue feliz permanece todavía allí donde lo fue, abandonado a su ventura por quien dejó de serlo. yo, el que he llegado a ser no sé por dónde, no he gozado conscientemente de la felicidad ni una sola hora; porque, cuando estuve a punto de reconocer que la tenía, me invadió tal pavor a perderla, que la perdí sin más.
siempre admiré la lucidez de aquel califa del esplendor omeya que redactó su testamento con moroso cuidado. al comienzo se definió a sí mismo con resplandecientes oleadas. ‘fui rey durante cincuenta años de la ciudad más hermosa del mundo, y, por si algún esplendor le faltaba, junto a ella construí otra aún más hermosa: la fulgurante joya de medina azahara. amé a la mujer más bella de la tierra (la divina azahara), y ella me amó. a mi corte se acogieron los filósofos más profundos, los poetas más sutiles, los más alados músicos…’ y así continuaba, entre vanaglorias e hipérboles, como si hubiese creado un cielo y residido en él. hasta concluir su personal definición con una escueta frase: ‘y fui feliz catorce días’. pero asombrado él mismo de esta arrogancia última, añadió: ‘no seguidos’.
¿puedo yo proclamar que, aun no seguidos, haya sido feliz catorce días? ¿puede el ser humano luchar con uñas y con dientes por algo tan gratuito como la felicidad? nos movemos entre la necesidad y la contingencia; entre el “si dios quisiera” y el “si dios hubiese querido”; entre el fatalismo y el escepticismo; entre el “todavía no” y el “ya no”, con la sola certidumbre de que, cualquiera que sea la elección, ambos caminos nos llevan a la muerte.