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en cualquier caso, se hable de lo que se hable, la felicidad es siempre otra cosa; u otra cosa además. muy de vez en cuando al más afortunado le llega su perfume, pero sólo cuando ella dejó de estar presente.

desde esta inmovilidad recorro ahora, entre vértigos, los instantes próximos a la felicidad que desperdicié por aspirar a algo más, como si hubiese algo más alto. ¿y cómo rectificar los errores que el pasado ha convertido en piedra? de equivocarnos no acabamos nunca.

las lecciones que recibo en este cautiverio de nada me servirán si un día -dios lo haga- me devuelven la libertad. porque el hombre no sólo no recibe enseñanaza ninguna de los otros, sino que ni siquiera aprende de sí mismo.

el poder, en mi caso, es inúticlass="underline" sólo me vale para intentar sobrevivirme. como el enfermo grave que detiene toda la vida de la casa, tan ancha y tan segura, con tal de prolongar el quebradizo hilo de la suya; en el fondo, todos los moradores desean que esa lucha tan desigual termine. yo he llegado a la conclusión de que, a estas alturas, somos -me refiero a mí y a mi dinastía y a la forma de vida que hemos representado- igual que las dagas de adorno, cuya hoja no corta, ni su extremo se clava.

porque no es defenderse con ellas lo que se pretende, sino que brillen y engalanen sólo. dagas cuyo valor reside no en el filo y el corte, sino en la empuñadura: en el oro y la pedrería y la prolija y esmerada labor de la empuñadura, y en la vaina, labrada y enriquecida, que enfunda y esconde aquello en lo que debe consistir una daga, y lo que la define. preveo que alguien impetuoso y bárbaro se adornará la cintura, sin tardar, con la daga fingida y deslumbrante en que nos hemos convertido.

un rey que no es patriota, ¿cómo podrá ser rey?’, se me argüirá; pero ¿es que un rey debe negarse a la verdad? más aún, ¿un rey es algo más que una argucia o un símbolo? aunque me acabe yo aquí, no acabará la guerra. porque no soy yo el que la declaró, ni quien la concluirá. un rey no es nunca un reino: por fortuna, el segundo dura más que el primero (o así prefiero creerlo, porque yo, que nací para rey, ¿en qué habría, si no, de trasmudarme?, ¿o es que hay reyes sin trono aun sin ser destronados?). la guerra entre los cristianos y nosotros no cesará jamás: de ella está hecha la esencia de nuestras dos historias.

granada, aun invadida, no terminará nunca de ser conquistada; dicen que el amor tarda en olvidarse el doble justo del tiempo que duró… se compone una guerra de múltiples batallas, y no todas visibles, y no todas ganadas por quien en apariencia las ganó. y el vencedor no ha de vencer sólo en cualquiera: ha de vencer en la final, a la que debe llegar, sin saber cuándo, de una en otra victoria. no se acabará nunca nuestra guerra; como mis antecesores, nací en ella y en ella moriré. qué suplicio para alguien tan poco beligerante como yo; dan ganas de rendirse aun después de haber conseguido una victoria; de decir:

aquí me quedo, ya no sigo.’ y cuánto más dan ganas de decirlo en el abismo de hoy; y de añadir:

vuelva la corona a mi padre, o al “zagal”, o a mi hermano’, si es que no ha vuelto ya y yazgo aquí sin ella… pero no, no me está permitido. es posible que haya de ser yo aquel a quien los cristianos definitivamente tengan que vencer (dentro o fuera de esta prisión, que no lo sé). ante tal sino, ¿importaba haber salido victorioso en lucena sólo para ser definitivamente derrotado?

hundido aquí, me acosa la angustia de que sea mi destino el del supremo perdedor: el perdedor en el que todos pierden.

no acostumbro soñar; pero anoche, después de masturbarme y quedarme dormido, he soñado. o quizá no soñé, sino que, reducido a un letargo, imaginé que soñaba.

aseguran algunos que el sinsentido de los sueños es una consecuencia de hechos anteriores, o que se explican luego en la vigilia y en ella se confirman. he tenido un sueño -o el sueño me ha tenido- de desamor y de orfandad. había un mar sin movimiento, como un estaño inerte; había una alta fortaleza de ceniza, y una nevada sobre un jardín de rosas, y una herida que no cesaba de sangrar y que hablaba. y soñé que, por fin, había muerto.

debe de haber sido entonces cuando inexplicablemente me derramé de nuevo; porque me he despertado más alicaído que ayer y húmedo aún.

acaso el final de la agonía no sea otro que un orgasmo ya póstumo, como dicen que les sucede a los ahorcados.

despierto sí que sueño: en todos los cautivos junto a los que he pasado sin fijarme; en los cristianos de las mazmorras de la alhambra, cuyas condiciones de muerte -me niego a escribir de vida- jamás me preocuparon; en los cientos de pájaros exóticos encerrados en jaulas de plata, devorándose cada noche entre sí, enloquecidos por la contradicción de tener alas inservibles (con sus trinos y con sus plumajes me embelesaban y me cautivaban: me cautivaban los cautivos)… no un ensueño, sino una pesadilla son todos para mí, hoy que sólo veo el cielo por la estrecha tronera de esta torre.

esta mañana ha entrado por la tronera un gorrión. aleteaba aterrado y se golpeaba contra el muro, me daba ejemplo de lo que tendría que hacer yo. con la paciencia de todo prisionero, cuyo tiempo se dilata y no corre, y agradece cualquier distracción que lo distancie de sí mismo, he conseguido cansarlo y apresarlo (yo, el preso). su pequeño corazón palpitaba, perdido el ritmo, entre mis dedos. y el miedo me ha invadido a mí también.

delante de una vida que nada tiene que ver con la mía y que puedo extinguir, delante de su terror a mí, reflejado en sus ojos minúsculos con los que me pedía perdón por estar vivo, me aterré yo. he afinado mi puntería y, a riesgo de estrellarlo, lo he lanzado como una piedra a la tronera. ‘tu muerte -le dije- es preferible a tu tenebrosa vida aquí. sal. inténtalo.

para que vivas, es preciso este ensayo de muerte.’ con limpieza pasó entre las dos aristas del estrecho orificio. me embargó la primera alegría desde que fui apresado.

y sueño despierto en las criaturas que me acompañaron, silenciosas, hasta ayer mismo, y que no es improbable que me añoren.

mis inquietos perros de caza y mis halcones, a los que las caperuzas oscurecen el día. les estará dando su pitanza, si lo hace, una mano distinta; ¿no me echarán de menos?

acaso la comida les oculte la mano… y las flores, que clamarán con su aroma en los jardines alborotados de la primavera. sueño con los paseos de arrayán, con el azahar ya desprendido (no hay estaciones para los cautivos: para ellos, en la libertad del exterior, es siempre primavera), con las lozanas huertas del albayzín, con los almendros que, despojados de su manto blanco o rosa, comenzarán a endurecer la almendra bajo el estuche tierno de la alloza. y sueño con el sol que, al arreciar, con caricias ardientes, disipará poco a poco la nieve de la sierra.