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– acomodado -dijo (y vigilado, supongo)-, como a vuestra honra y linaje corresponde.

acaso yo habría preferido la proximidad de mis compañeros de desgracia, pero tampoco estoy seguro de ello.

la satisfacción de tener entre los cautivos al rey de granada fue demasiado grande para disimularla.

de uno en uno han venido a visitarme cuantos señores participaron antes o después en la batalla.

hasta el de luque el pariente de abul kasim benegas, que es anciano y ciego, y se ha tenido que conformar con resbalar sus dedos por mi cara, agradeciendo a dios que, antes de morir, le haya otorgado el privilegio de tocar a un rey moro derrotado.

– ya puedo exclamar lo que el viejo sacerdote simeón: “domine, nunc dimittis”. ahora puedes llevarme.

y se arrodilló, y se santiguó, y se llenaron de lágrimas sus ojos que, por lo visto, sólo le sirven ya para llorar.

la madre del joven alcaide, que es doña leonor de arellano, también ha venido desde córdoba a verme. imagino que ha quedado defraudada porque no tengo cuernos en la frente debajo de la toca. cuando me rodeaba por detrás para inspeccionarme, he percibido en ella cierto desencanto: quizá se deba a que tampoco se asoma un largo rabo debajo del ropón.

mi presencia, no obstante, ha ocasionado algunas preocupaciones, y no sólo alegría. los señores de baena y de lucena disputan entre sí por el honor -y también por las consecuencias económicas- de haberme apresado. los soldados se quedaron con los despojos recogidos: capellares, albornoces, marlotas, alfanjes, adargas, dagas, plumas, pero tanto el conde de cabra como el alcaide firmaron un documento que me ha sido mostrado, y que transcribo aquí por considerarme parte interesada. en él se comprometen ‘a juntar y traer a montón todas las cosas vivas, así moros como caballos y acémilas y asnos que por cualquier persona se tomaron y hubieron de los moros en la dicha victoria, para dar y repartir, a todos los caballeros y gente de a pie que se hallaron en la batalla, los que les perteneciere y cupiere, según las leyes de partida y usos y costumbres de guerra, jurando para complación de nuestras conciencias y honras, y por dios y por santa maría y por las palabras de los santos evangelios y por esta señal de la cruz, una, dos y tres veces, que bien y verdaderamente, sin arte y sin engaño, guardaremos y cumpliremos lo contenido en esta escritura’.

– ahora -me dice el señor de lucena, por medio de argote-, mi tío exige, nada menos que exige, que os envíe a baena para que os vea su esposa, y que quedéis allí custodiado por él hasta que os presente a los reyes en nombre de los dos, lo que para él es lo más justo. y, no conforme con eso, asimismo exige que comparezcáis en el montón estipulado, puesto que sois una cosa viva como el resto de los cautivos.

– y como las acémilas y los asnos -completé.

– pero yo os prometo que no se hará; tendría que pasar el conde por encima de mi cadáver. ya se ha mandado a madrid a luis de valenzuela, su mayordomo, para que dé cuenta a los reyes del hecho, y nos traiga su resolución. entretanto, vos quedaréis en poder mío.

estad tranquilo, que os custodiaré de tal modo que burlemos los deseos del conde.

salvo que no iba a entrar en el reparto con los demás soldados y con los caballos, no sé a qué otra tranquilidad se refería.

desde la ventana del piso inferior, adonde como a una fiesta me llevaron, presencié la almoneda de las cosas vivas que la escritura enumeraba. unos se quedaban con lo que les correspondía, otros lo vendían acto seguido, o se citaban a voces para venderlo en otro sitio.

y todo era alboroques y júbilo y vino y borrachera. todo, insultos soeces y riñas y farfantonerías como sucede siempre que entre la chusma se reparte un botín, sobre todo si hay posibilidades de rescates.

– este prisionero me pertenece -dijo el conde ayer ante mí, como si yo no estuviera, aprovechando la ignorancia que él piensa que tengo de su idioma-, porque fue martín cornejo, un soldado mío, el que lo cautivó, y también por las leyes de la caballería, entre las que se cuenta, sobrino, lo sepas o no, la de la gratitud. pues de no ser por mí, ni te habrías arriesgado a salir de tus murallas tras los moros.

– señor y tío: fue mi soldado martín hurtado quien lo cautivó antes de que se interpusieran los vuestros, atraídos por el aspecto del sultán. esto es así, y así seguirá siendo.

miraba yo a uno y a otro aparentando curiosidad y desconcierto, y reflexionaba qué más me daba a mí quién cargase conmigo, si un martín u otro martín, junto a un arroyo también martín de nombre.

sin embargo, me suplicaron que identificara a mi apresador, puestos varios hombres en hilera. yo, sin muchos miramientos, señalé a dos de ellos; pero con tanto tino que fueron precisamente los dos martines en discordia.

– dudo cuál de ellos sea -advertí.

con lo cual quedó sin resolver la duda, y enojados entre sí los dos señores, y convencidos ambos de su propio derecho.

mis armas y mis ropas pasaron a la propiedad de mi aposentador el alcaide de los donceles. (yo recordaba algo que en una fiesta cristiana de primavera -no, no era fiesta, porque todos lloraban- oí comentar sobre lo que el profeta jesús exclamó a punto de ser crucificado: ‘sobre mi túnica echaron suertes, y se repartieron mis vestidos’.) las veinte banderas de las puertas de granada, más mi pendón real y el de mi suegro, fueron a poder del conde de cabra, que se tiene en todo momento, y de ello alardea, como adalid indiscutible de la “gesta”.

– adornaré con ellos las tumbas de mis padres; les servirán de orgullo y testimonio a mis sucesores desde ahora en adelante.

sé que se los ha llevado en procesión solemne, entre cruces y cantos religiosos, a su casa de baena.

hoy ha venido a verme, como cada mañana, el señor del castillo.

me traía ropa, imagino que a cambio de la mía, que se ha quedado.

– no está a la altura de vuestra alcurnia, señor; pero también iremos remediando esto.

me ha preguntado -lo hace de costumbre- si estoy bien atendido.

está claro que no quiere que muera de hambre, ni de sed, ni de miseria; está claro que quiere presentarme a su rey en buenas condiciones. él y su madre se ocupan de mí con diligencia. no me cabe agradecérselo más que de palabra, porque no me han dejado ni una sola alhaja con que obsequiar a esta escrupulosa, antipática y cristianísima señora.

don diego, cuando se había despedido ya, me ha preguntado:

– ¿recibiríais a un pariente mío? es don gonzalo fernández de córdoba. me ha manifestado un deseo muy especial de conoceros.