Выбрать главу

no necesitaréis un trujamán, porque él puede expresarse en vuestra lengua.

aburrido como estoy, no menosprecio ninguna ocasión de conocer nuevos cristianos, con la remota expectativa de que alguno me resulte más interesante que interesado.

hoy creo que topé con un espléndido ejemplar.

al entrar en mi estancia, antes aún de que levantara la cabeza tras rendirme pleitesía, lo he reconocido. no es que se conserve idéntico desde hace -¿cuánto ya?- cuatro o cinco años. los labios se le han endurecido, ya no luce la ávida boca infantil que tanto me llamó la atención en la faz de un guerrero; su nariz se ha afilado un poco más, se han levantado y ajustado sus pómulos; se ha arrugado su frente.

pero sus ojos ostentan aún la misma agudeza y el mismo brío que ostentaban, delante de mi padre, la mañana en que asistí por vez primera a una embajada en el salón del trono. ‘don gonzalo fernández de córdoba’, me musitó al oído el maleh. y ahora estamos solos los dos (y digo solos porque estar con el doncel alcaide de los donceles es como estar sin él), cara a cara los dos, midiéndonos con respeto y con una simpatía mutua, probablemente insensata y probablemente también inevitable.

me di cuenta de que él o no me recordaba o no se fijó en mí en aquella ocasión, deslumbrado por el lustre de la corte nazarí, que es justamente para deslumbrar embajadores para lo que más sirve; sin embargo, me cuesta figurarme a don gonzalo bajo un deslumbramiento.

en cualquier caso, no era correcto que se lo preguntara: preso o no, yo soy rey; los castellanos tienen un culto por la realeza, sea la suya o no, difícil de igualar por otros pueblos.

me senté; él permaneció en pie.

junto a su figura, la del alcaide se desvanecía. pensé: ‘el muchacho desea ser como él cuando tenga su edad; pero él debió de empezar a ser como es antes de la edad del muchacho. y, por otra parte, ¿cuántos años tendrá? no creo que nos lleve, al alcaide y a mí, más de diez; quizá menos: la guerra, cuando no mata al hombre, lo envejece.’

– podéis hablar -le dije.

– las noticias que os traigo, señor, no van a ser de vuestro gusto; pero considero que un rey ha de estar al corriente de lo que ocurre en su reino, sea lo que sea y por cualquier medio. os prometo que cuanto os diga será cierto, y que lo primero que os diré lo lamento de todo corazón.

me estremecí, pero sin traslucirlo.

– necesito saberlo antes de agradecer que lo lamentéis.

– vuestro padre ha ocupado granada, y se ha vuelto a instalar en la alhambra.

– mejor para los míos; no se les podrá reprochar tener a su rey preso.

– vuestro trono se tambalea, señor.

– puede que mi trono sí; pero no el de los nazaríes. mi padre fue un gran rey.

sus ojos se abrillantaron con un asomo de malicia, o eso me pareció.

– lo es, señor.

con un temblor en la voz que en seguida logré aplacar, porque, al preguntarlo, preguntaba por todos mis partidarios, continúe:

– ¿qué ha sido de mi madre?

– según mis informaciones, y espero que sean veraces, se ha hecho fuerte en almería. con vuestro hermano yusuf y con aben comisa.

suspiré: no todo estaba perdido. aunque para mí quizá fuese más simple que nadie contara conmigo.

la conversación transcurría en un árabe despojado, pero comprensible. el capitán lo pronunciaba bien. se echaba de ver que era un hombre nacido en la frontera: eso me unía a él. balbuceaba a veces, y yo le suministraba la palabra oportuna. sin duda descubrió que yo hablaba el castellano tanto como él mi idioma, pero no aludió a ello: eso me unía más.

– y mi tío “el zagal”? mi tío el emir abu abdalá, quiero decir:

– decís bien: “el zagal”; el islam no tiene una espada mejor.

está con vuestro padre.

me miraba con fuerza.

– así ha de ser -le dije.

me vino a las mientes la prestancia de mi tío cuando lo vi antes de lo de alhama: mimbreño, recio, atractivo e impasible al mismo tiempo; con su rostro severo, digno y muy pálido; vestido con un largo sayo de pelo de camello, bajo un manto de seda negra, y con un turbante de lino blanco enmarcándole la expresión imperturbable.

– así ha de ser -repetí.

– nuestros reyes, señor, han determinado que concluya esta situación de guerra permanente.

– ¿desean firmar treguas?

¿conmigo?

– como aquella mañana en granada, en la que vuestro padre afirmó: ‘se acabaron las parias’

– ¿es que me recordaba?-, yo hoy os digo: ‘se acabaron las treguas.’

– también entonces vuestro rey nos amenazó diciendo: ‘desgranaré uno por uno los granos de esa granada.’

– no sé si dijo eso. los cronistas son amigos de frases. es sugestivo resumir con ellas un estado de cosas; sugestivo y expuesto. no sé si lo dijo, pero está dispuesto a cumplirlo.

– viene intentándose, con grandes altibajos, durante muchos siglos. españa somos todos, don gonzalo. vos habláis de aragón y de castilla; yo soy el rey de andalucía: ni pude desear más, ni puedo contentarme con menos.

– otra frase, señor. las guerras no se ganan con frases.

– ¿con qué se ganan?

– con dinero -me dijo, después de pensar un instante. y añadió-: también yo soy andaluz. he nacido en montilla; ya mis tatarabuelos fueron andaluces. la situación ha cambiado: andalucía hace cientos de años que no es vuestra del todo.

nuestros reyes son jóvenes y fuertes; vos también; pero ellos además no tienen otro designio, ni otro problema ya, que el de adueñarse de granada. no son éstos los tiempos en los que los castellanos ambiciosos venían aquí para hacer su fortuna a vuestra costa. hoy nosotros luchamos, lo mismo que vosotros, por una tierra nuestra.

– al final se verá de quién es.

– el final está próximo.

– si era eso sólo lo que queríais decirme…

hice ademán de levantarme.

– perdonad -con el gesto me suplicó que siguiera sentado-, perdonad. no es un reto; no es tampoco una vana soberbia; no me la habría permitido en estas circunstancias. yo os admiro -mis cejas se levantaron, sin querer, denotando mi asombro-. admiro la entereza con que aceptáis vuestra enrevesada misión. pero, frente a la nueva pujanza y a la nueva sangre de castilla, vosotros estáis invadidos de una vieja desgana; frente a nuestra unidad, oponéis sólo vuestra dispersión; frente a nuestra luna creciente, vuestra luna menguante.