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– una frase más, don gonzalo.

no pareció escucharme.

– toda europa anhela que se apague en granada la llama nazarí.

y a nosotros nos conviene que europa lo anhele. hemos mirado demasiado tiempo hacia dentro: es hora de abrir las ventanas y de asomarnos y de respirar. el mediterráneo está llamándonos; para llegar a él han de arreglarse antes los asuntos internos de la casa.

ya está bien de que españa sea el rabo sin desollar de europa.

– bendito rabo: cuanto, a lo largo de siglos, españa le ha regalado a europa de arte, de ciencia o de filosofía, nos lo debe a nosotros.

– es cierto: españa nunca podrá entenderse del todo sin vosotros. pero la historia no se detiene nunca; en lugar de cerrarse (y vuestro reino está cerrado igual que una granada que sólo madurará para caer), se abre…

– ¿no será eso otra frase, don gonzalo? -le interrumpí.

– puede, pero expresa admirablemente una realidad -sonrió, y sonreía bien-. en lugar de cerrarse, hay que abrirse. el rey fernando ha enviado embajadas a europa. la infantería de los suizos nos ayudará contra vosotros, y los artilleros alemanes, y los campeones de inglaterra, vistosos más que nada -añadió despectivo-.

el rey acaba de obtener del papa una bula para que todos los prelados y maestres, y los estados eclesiásticos de aragón y castilla, le suministren un subsidio en florines. y, a través de otra bula, se le otorga a la empresa, por fin y en serio, carácter de cruzada (es lo que vosotros llamáis guerra santa), y se le concede, a quienes colaboren, muy generosas indulgencias.

había dicho en castellano la última palabra.

– ¿qué son indulgencias? pregunté.

– vosotros obtenéis el paraíso si morís en la guerra; nuestras indulgencias son la remisión, por la limosna, de parte de las penas que nos esperan tras la muerte.

– no sabía que a dios podía sobornársele.

fingió no comprender.

– todo eso va a permitir a don fernando contar con un ejército fijo nunca visto: seis mil caballeros y cuatro mil peones, como mínimo.

– no está mal; sin embargo, el número no lo es todo.

– y la buena causa, y el entusiasmo, y la certeza de que esta campaña será la definitiva. no se trata de proseguir una guerra desmayada e interrumpida cada invierno; es una forma nueva del conflicto, una última etapa que comienza. yo tengo mis ideas, señor: creo que la caballería no es desde ahora lo más importante, sino la infantería: una infantería brava y bien mantenida, agrupada en cuadros muy sólidos, de fácil maniobra, y apoyada por una artillería -vacilóconvincente.

– ¿por qué me decís esto? ¿no son secretos vuestros? ¿o es que me mantendréis aquí hasta que ese nuevo conflicto -subrayé la expresión- se resuelva?

ahora la ironía estaba en mis ojos; los suyos chispeaban. añadí:

– yo no soy un estratega, capitán. soy simplemente el rey.

me levanté. él entendió que cerraba la audiencia. inclinó su hidalga cabeza. el alcaide, que había asistido a la entrevista sin mostrar curiosidad excesiva, creyó notar algo discordante en la despedida. se apresuró a decir:

– don gonzalo, el rey es mi prisionero. ya habéis abusado bastante de su paciencia; espero que no hayáis abusado de mi hospitalidad.

– disculpadme -respondió don gonzalo.

volvió a inclinarse frente a mí. los dos salieron. yo paseé cabizbajo por el escaso trecho de la estancia.

comprendo que el capitán don gonzalo fernández de córdoba dice la verdad, y la dice con justeza; que no es un iluso, ni un farsante. deduzco que, dada su sinceridad, se va a tardar mucho en liberarme, o se pretende sembrar la zozobra dentro de mi corazón. y deduzco también que me he de ver si vivo, dentro o fuera de aquí, otras veces con él. la expectativa no me desagrada: hasta como enemigo es preferible a los demás.

de cualquier modo, da igual que la guerra sea vieja o nueva. esté yo fuera o dentro de aquí, no podré gobernar. no regiré a mi pueblo en la paz, que es a lo menos que un rey puede y debe aspirar; toda mi vida habré de hallarme en estado de sitio: un estado en el que la normalidad será siempre aplazada, y el bienestar siempre se dejará para mañana, para un tiempo placentero y sosegado que no llegará nunca.

tendré que contentarme con algo previo, que quizá ni siquiera consiga: defender mi derecho al trono contra los de dentro y los de fuera, contra los que ya ni siquiera puedo llamar míos y contra los que ellos mismos se llaman enemigos. pero ¿quién me juzgará por lo que nunca podré hacer? para los venideros sólo seré un rey que no entendió las exigencias de las razas y de las religiones; que no aprendió a distinguir una sangre de otra; que sólo tuvo una seguridad: la de que lo único que reclama cualquier sangre es no ser derramada.

hoy el alcaide me ha traído un traje de terciopelo, negro por descontado. me hablaba con notable emoción.

– se han recibido las órdenes del rey. mañana partimos de lucena. en mi señorío de espejo nos encontraremos con mi tío, el conde.

juntos os custodiaremos, con toda solemnidad, camino de la corte, que está en córdoba.

instintivamente miré a lo alto; por la tronera se divisaba un girón de cielo de impertérrito azul.

– ¿veré al rey?

– nuestros reyes no acostumbran ver a sus prisioneros si no es para darles la libertad con su presencia.

– queréis decir que yo no lo veré.

tardamos dos jornadas. el paisaje era propicio; la tierra, feraz y pródiga; pero nadie le pedía nada a su largueza. en ella reinaba el abandono. sus redondeces eran las de una mujer a la que ningún varón cubre ni fertiliza.

los cristianos detestan ser labriegos; me pregunto para qué quieren conquistar con tanto ardor la tierra. a la vista de córdoba, se situaron el alcaide y el conde a un lado y otro míos. y, como a un cuarto de legua de la ciudad, salieron a recibirme los grandes y los caballeros de la corte. sin apearme del caballo, llegaba cada uno de ellos a mí y me hacía acatamiento, mientras mis custodios enumeraban su dignidad y linaje: el arzobispo de sevilla, muchos otros obispos y prelados de su religión, los maestres de calatrava y de santiago, los duques de nájera y de alburquerque, y otros cincuenta o más señores, títulos e hidalgos.