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yo contestaba a sus saludos según el grado de sus noblezas, midiendo las cortesías a mi usanza. a continuación, mis custodios brindaron a los grandes, con un gentil gesto de protocolo, la honra de llevarme.

fineza por fineza, los grandes rehusaron, y avanzamos todos juntos hacia córdoba.

el camino no se veía de gente.

el campo, sembrado sólo de desidia, lo inundaba una inmensa muchedumbre, que, dada la aspereza de los cristianos y de su idioma, dudé si me denostaba o me aclamaba. me incliné más bien a lo segundo, aunque sólo fuese por respeto a mi escolta. de la masa brotaban manos extendidas como si quisieran tocarme, y notaba en los ojos el temblor que provoca la consecución de algo muy largamente ansiado. en un momento, al levantar mis ojos desde la multitud al gran río, aceitoso y manso, sentí una inesperada conmoción: al otro lado de él, majestuosa, impar, de piedra y sueño a la vez, estaba la gran aljama de los omeyas. ‘un ideal no es nunca un sueño’, me había dado a entender días atrás don gonzalo de córdoba. cierto: un ideal es una realidad perpetuamente desvelada, la realidad más insomne de todas. y así se me ofrecía la mezquita, conmovida y sosegada, ilesa y malherida, ultrajada e imperturbable, mendiga y portentosa.

frente a ella se detuvieron los caballos; eran las casas del obispo de la ciudad, don alonso de burgos, donde me hospedaría. no quiso el rey, según me advirtieron, conceder ese privilegio a ningún noble por no hacer de menos a los otros, ya que en asuntos de honras son tan puntillosos los cristianos, y mucho más los nobles. supuse que aquellas casas, dada su situación, ocupaban un sitio del antiguo palacio califal. y era allí, en estricta justicia, donde un rey nazarí debía alojarse.

el obispo es un hombre mayor, artificial y frágil; de gestos ampulosos y breves a la vez. me produjo la impresión que me han producido siempre los sacerdotes de su religión: hablaba como montado a dos caballos; el tono iba por un lado, y el contenido iba por otro; podía decir las mayores atrocidades con una entonación meliflua y conmiserativa.

– matar, entre nosotros -me dijo el mismo día, y como prueba lo transcribo-, no es infligir un daño; es sólo anticipar la justicia divina. o incluso ejercerla, si lo preferís. se manda el cuerpo a la tierra, pues tierra es, y el alma, a gozar del señor, o a ser privada de él en el infierno. en cuanto a los infieles, exterminarlos es un precepto de nuestra santa religión, puesto que se oponen a dios, de quien es únicamente el poder y la gloria. salvo que se conviertan; es en la conversión donde está la vida.

– si hay varios dioses -le repliqué con desgana por amabilidad-, es que no hay ninguno. y si hay uno sólo, y eso es lo que vosotros y nosotros creemos, es que será el de todos. nunca he entendido por qué el hombre se endiosa tanto que se arroga la obligación de defender a dios. como si él no tuviese medios suficientes.

– sí los tiene; claro está que los tiene. uno de ellos es precisamente el hombre; el otro es el milagro. nosotros, alteza, contamos con los dos. y con maría santísima -recalcó.

– también nosotros honramos a maría, la madre del profeta jesús -le aclaré-. cuando mahoma mandó blanquear las paredes del templo de la meca como medio de abolir los ídolos pintados, puso su mano sobre una representación de maría con su hijo, para evitar que, confundidas con las otras, se expulsasen sus imágenes de nuestro acatamiento.

– no os sorprenderá, pues, que al dulce nombre de santa maría esté consagrada la iglesia de ahí enfrente.

– ¿os referís a la mezquita?

– me refiero a la catedral. ya no hay mezquita ahí, hijo. en ella una vez más dios escribió derecho con renglones torcidos.

a la siguiente mañana me visitaron el conde y el alcaide. venían a despedirse. el rey había decidido que me entregasen, otorgándose público documento de mi entrega y reato, a su tío don enrique enríquez, condestable del reino, y al contador don rodrigo de ulloa. ante notario y testigos, en una ceremonia ininteligible para mí, aquellos dos caballeros me recibieron como si fuese un objeto precioso, cuyo bienestar peligrara y cuya rotura pudiera acarrear el mayor desdoro. y, para no complicarse la existencia con tanto riesgo, me dieron en guarda a su vez al comendador de calatrava, don martín de alarcón, alcaide de porcuna, quien también, honrado y orgulloso, me recibió obligándose.

nada bueno puede venirme del nombre de martín’, pensé al enterarme de quién iba a ser mi guardián. no pude evitar una sonrisa.

‘¿estaré yo también -me preguntéaficionándome a augurios y agorerías?’ pero lo cierto es que son demasiados martines.

– dentro de cuatro días saldremos, alteza, si lo permitís, hacia la fortaleza de mi orden -dijo éste de alarcón.

y a los cuatro días justos nos ausentamos de córdoba, no sin que el obispo antes me autorizara a contemplar la mezquita por dentro.

entraba en una alberca impávida; entraba en un estanque donde el agua se había sustituido por una sombra quieta. fuera de cualquier duda, aquél era un lugar sagrado: junto a la corriente espesa del gran río, entre la sierra y la campiña. allí habían adorado todos los hombres muertos: no los romanos sólo, sino más allá aún, los fenicios, los griegos, los cartagineses, los tartesios. culturas de las que ni el nombre queda, ni el nombre que les dieron a sus dioses.

o a sus diosas quizá: negras como la isis egipcia, forjadas con el humus de la tierra, con todas las oscuras materias germinales, o blancas, luminosas y vírgenes, escondidas debajo del invierno del mundo, al acecho de la incesante primavera.

mucho había leído sobre este monumento en los libros de la alhambra, sobre todo en los pertenecientes a mi predecesor mohamed “el faquí”, tan usados por él antes de reinar; pero lo que yo he visto no estaba en tales libros.