como lo sagrado de su espacio no está en su arquitectura, al mismo tiempo aérea y pesante. es anterior a ella: el aire denso y cálido, como una alcoba en que se ama, y la llave radiante de la vida. ni se me ocurrió siquiera hacer la postración que, con arreglo a mis ritos, se prescribe. aquello era otra cosa, precedente a mis ritos y a ritos precedentes a los míos.
como si la mano de dios, desde el principio, hubiese descansado con su ingrávida huella en aquella ribera. yo respiraba despacio el aire santo, y casi me ahogaba el respirarlo, igual que si estuviese respirando alguna agua bendita, alguna agua lustral que me preservase del daño y de la última muerte.
había oído decir a los más sabios, o sea, a los que no tienen que ponderar los aciertos de sus reyes, ni encubrir ni dorar sus desaciertos, que los peldaños de nuestra decadencia descienden visiblemente a través de los materiales de nuestras construcciones.
los califas de córdoba construyeron en piedra; las taifas de los almohades, en ladrillo; nosotros, en el momento del ocaso, adornamos las débiles paredes con estuco para embozar nuestra pobreza. pero en aquel espacio nada había que embozar. aquella majestad se anticipó a la majestad de los omeyas, inclusive le indicó por dónde había de ir. era oriente; pero ya no era oriente, sino otra forma superior de la grandeza. allí habían concurrido todos los adoradores con toda su riqueza ofrecida al más alto poder, llámese como quiera. y no sólo riqueza; era una anonadadora certidumbre lo que allí había.
en la fresca penumbra, el obispo y los sacerdotes entonaban sus himnos demasiado imponentes, sinuosos y enfáticos. los cristianos ya habían impuesto su destrozo en la nave central; en ella se sentaban los ministros del culto, en cumplimiento de un rutinario oficio religioso. desde donde me hallaba veía sus sitiales, sus arduos símbolos, las lámparas de plata, el petulante y apagado brillo de sus retablos. desentendido de ellos, me palpitaba el corazón, temeroso ante rincones sombríos, sobrecogido como un niño por extrañas presencias, que nada tenían que ver con las genuflexiones y las engoladas antífonas de la pompa cristiana, atraído y asustado por los ecos de pasos no advertidos, de voces sin origen preciso que susurraban bajo los cánticos… sumergido debajo de esta misteriosa piscina inmóvil, percibía sobre el mármol del suelo la desflecada luz del sol implacable de mayo que flagelaba el exterior. impasible ante la lujosa ceremonia, cuyo motivo seguramente era agradecer mi apresamiento, demasiado plúmbea para el poder de dios, que es siempre más ligero y más vivo, mis ojos huían fuera del crucero improvisado que acribillaba el templo, en busca, como una enredadera, de las testimoniales columnas. ¿qué hombres habían adorado allí con tal totalidad, con los entresijos enteros de su alma y de su cuerpo, hasta elevar a plegaria la alegría cromática de las columnas, colocadas según sus coloraciones, y los capiteles, concertados los de orden compuesto sobre los fustes rosas y los de orden corintio sobre los azules?
pero -me preguntaba- ¿aquellas columnas habían sido erigidas para dar con su magnificencia culto a mi dios?
allí surgía el presentimiento de una familiaridad antigua y extirpada, pero tampoco extirpada del todo, sino sobrevivida hasta sostener incluso los actuales fanatismos, como si tampoco éstos estuviesen allí fuera de lugar. la certeza contradicha de un secreto, algo que se ocultaba y se manifestaba, a pesar o a causa quizá de los gestos habituales de cualquier ser humano, que siempre en este templo ha infringido una norma cuando ha rubricado otra, y que, por el contrario, siempre atina si adora allí, sea cual sea el objeto de su adoración.
calló por fin la música de la extraña liturgia. ‘toda música cesa -pensé- para abrir sitio a la música callada.’ preferí aquel silencio, aquel desvanecerse las figuras humanas y sus modestos frenesíes religiosos. la religión aquí es sólo la ausencia y el silencio, previos a uno u otro credo, posibilitadores de las sucesivas e inagotables fes; esta ausencia acogedora y maternal, este silencio activo y palpitante, lejano y envolvente al mismo tiempo. allí estaba la fábrica protectora y a la vez indiferente, nutricia y sombría, enmudecida y retumbante, perdurable y muerta: inmortal, inmortal. atravesaban entre los capiteles los mensajes ocultos del pasado, porque el progreso es a veces el regreso, y, con frecuencia, se arriesga el hombre en batallas de dios, que no son sus batallas.
pero ¿es que el hombre puede elegir, o debe resignarse de continuo a ser el elegido? somos lo que hemos ido siendo; no lo que fuimos, ni lo que aspiramos aún a ser, ni tampoco lo que aparentemente somos. nuestra realidad es el resultado de cuanto se construyó y se destruyó y se reconstruyó: como este monumento; el producto de innumerables iniciativas y de fracasos innumerables. nuestra historia es muchísimo más larga que nosotros. andalucía -y es un rey andaluz el que lo escribe- estaba ya presente dentro de mí como dentro de este templo. andalucía, eterna fusión de los contrarios, liberada mucho tiempo antes de caer en la esclavitud. yo la veía así, fuesen quienes fuesen los que la habitaran: con esta actitud infinitamente abierta de la mezquita. en andalucía como aquí, copiosas columnas de exquisitas piedras sostienen su techumbre: más bellas unas que otras; alguna, con su propia leyenda estampada en el fuste; procedentes la mayoría de templos, iglesias, sinagogas y basílicas antecesoras, o llegadas de muy lejos, o hasta plantadas con apresuramiento, sin la augusta meticulosidad ni la soberbia realeza de sus hermanas… muchas columnas, diferentes columnas, pero sí hermanas todas; y entre todas manteniendo el edificio en pie, manteniendo disponibles para quien llegue su especial genealogía y su hermosura, distintas y solidarias. muy pocas cosas hay perennes, y pocas tan efímeras como nosotros mismos, como nuestro brillo y también nuestra ceniza, como nuestras victorias, pero también como nuestras derrotas. porque en este monumento se aprende muy de prisa que ni siquiera la muerte es duradera. tal era la razón de tanta solidez. entonces fue cuando la descrubí: estamos los que estábamos; los que estaremos, ya estamos. y cuanto hacemos y cuanto nos rodea es lo que hicieron y lo que rodeó a aquellas manos, a aquellas bocas, a aquellos ojos, que hoy observan el esplendor del mundo, y acarician el gozo de este mundo, y besan las mañanas azules de este mundo, con nuestros ojos y nuestra boca y nuestras manos. no, aquí no podía darme por vencido. somos inmortales; inmortales como el templo en que estoy, como dios mismo…
‘pero ¿en dónde está -me pregunté de súbito- el mirhab de esta mezquita?’ ¿lo destruyeron los cristianos? ¿machacaron, para implantar la suya, nuestra almendra mística; para devorar su fruto aniquilaron la recamada corteza de oro? ¿qué se consigue con la destrucción? ¿no consiste la historia en añadir, en escribir en páginas ya escritas, en utilizar las líneas trazadas por dedos ya extinguidos para componer nuestro párrafo propio? ¿dónde está aquí el mirhab? ansiosamente lo buscaba, y lo encontré escondido. y entonces descubrí el porqué de mi anterior descubrimiento: el enigma sobre el que se asientan los más hondos sillares de esta casa de dios y de los hombres. el enigma, pero no su solución.