lo único espléndido que hay en su rostro no hermoso; oscuro, demasiado largo, con un ligero bozo sobre el labio superior; un rostro adusto y poco grato. se puso de pie sin darme tiempo a ayudarla.
ahora estábamos muy cerca y frente a frente. continuó:
– sin embargo, no tengo más hijos que yusuf y tú, y tú eres el mayor, qué le vamos a hacer. es hora de casarte -añadió de repente.
percibí en su mirada la alarma que ella debió de percibir en la mía. me puse, en efecto, tenso como quien acusa una amenaza, o una llamada brusca o en exceso sonora.
– he llegado a la conclusión de que ninguna de tus primas nos conviene. seguir mezclando sangres en una familia como la nuestra es arriesgarse a tener descendientes aún más débiles que tú. ya ves cómo nació tu hermano -se refería a la mano inválida de yusuf; fui a protestar, pero me interrumpió con un gesto irrebatible-. déjame proseguir. por añadidura, una esposa de sangre nazarí metería en casa la ocasión y el peligro. no quiero que se susciten pretensiones al trono en contra de la tuya, ni que nadie se haga ilusiones de gobernar a tu través. las ramas familiares deben quedarse en donde están. bastante tenemos con la pasión de mando de los abencerrajes y con los disturbios de los voluntarios de la fe (estoy convencida de que la única fe que tienen es en ellos mismos y en su propia fuerza). ya ves que trato el tema sin rodeos. no sé, ni me importa, cuáles hayan sido tus escarceos amorosos, aunque tengo noticias contradictorias, no todas de mi agrado -ahora sí me miraba-. tampoco eso va a pesar en contra ni a favor de lo que voy a proponerte.
(y digo proponerte por emplear una palabra amable). espero que mi elección de esposa te parezca plausible.
fui a interrumpirla, pero me interrumpió ella a mí.
– tu prima jadicha sería la última que querría a tu lado.
primero, porque no estoy segura de que no sea un muchacho -continuaba mirándome-. y, si es una mujer, porque es de las que, para que el mundo entero sepa que son libres, le restriegan su libertad por la cara a todo el que se encuentran.
es excéntrica, llamativa y necia.
ninguna mujer inteligente desafía a nadie si no es imprescindible.
me recuerda a aquella princesa walada de los omeya: mucha estola blanca con versos de amor bordados en negro, mucha estola negra con versos de amor bordados en blanco; pero ni le sirvieron de nada, ni la acercaron un ápice a su meta. tu prima jadicha se tiñe el pelo de verde, y tiñe del mismo verde el pelo del caballo que monta: un despilfarro y una estupidez. acabará por quedarse calva y por dejar calvo al caballo, lo que sería peor.
y todo para pasear y trotar por el generalife. tales excesos me parecerían bien en el alcázar de segovia, por ejemplo, para reírse de los cristianos, tan torvos y tan pusilánimes; pero, para andar por una huerta, sólo son ganas de llamar la atención.
yo iba, en efecto, a referirme a mi prima jadicha, de la que creía estar enamorado. quedaba claro que mi madre, a pesar de ser mandona y distante, sabe todo de todos.
– el alcaide mayor de la alhambra es un hombre que empezó de la nada; menos que de la nada: vendía especias en el zoco de loja. es valiente, fuerte, leal y viejo; uno de los dos brazos de tu padre. mi intención no sólo es que deje de apoyarlo, sino que te apoye a ti. los granadinos lo veneran; forma parte de los escasos indiscutibles de este reino. después de los sucesos más recientes, me atrevo a decir que es más indiscutible que yo y que tú. si se lo arrebatamos, cuanto tu padre pierda tú lo ganas (o nosotros, si quieres) haciendo lo que yo he planeado.
por fin iba a oír el resumen.
– tiene una hija muy guapa. se llama moraima. la he tratado estos días. puede darte hijos con rapidez y sin melindres. no tiene sangre real, pero tiene sangre en las venas, y de eso no andamos muy sobrados. a aliatar le complacerá entroncar con la estirpe de los beni nazar, y se pondrá de parte de quien pueda otorgarle un nieto sultán. es el mejor general con que cuenta el reino, y te asesorará sin que tengas la duda de con qué fin lo hace, o de si rematará su buena carrera de especiero destronándote y sustituyéndote. como carece de imaginación, le satisfará más ver a su hija en el trono por las buenas que sentarse él mismo mediante un alzamiento. sé que, si yo te dejara, me dirías que tienes poca afición a gobernar, y que tus anhelos se limitan a mirar el paisaje, beber un poco de vino, y escribir lo que el vino y el paisaje te dicten; pero me temo que no hayas nacido para escribir al dictado, hijo mío, a no ser que quien te dicte sea yo. una vez instalado en el trono, si deseas descansar en mi experiencia, te estará permitido seguir la vocación que crees tener; entretanto, no.
ya estudiarás después; ya escribirás después. granada, aunque no siempre, ha tenido sultanes sumamente cultos; recuerda a mohamed “el faquí”. sin embargo, nosotros no somos los dueños de nuestra vida, ¿o no te lo han enseñado en la madraza? tú te debes a tu destino y a tu pueblo. y, para tal deber, ningún matrimonio más conveniente que el que te recomiendo, aunque sea quizá poco vistoso. si no te gusta moraima -eso era lo que, sin conocimiento de causa, le iba a oponer-, puedes luego hacer lo que te plazca. ten un hijo con ella; o un par de hijos, mejor. son dos o tres contactos, nada más, no es pedir demasiado. más tarde, toma una o dos concubinas: más no es aconsejable. ni necesario, creo.
para ti, por lo menos; tu padre es otra cosa. tú, por lo que observo, te inclinas más por el amor udrí, ese que siempre parece hacerse de perfil. me pregunto si es un puedo y no quiero, o es un quiero y no puedo, y no sé qué será más desgraciado. yo, ni entiendo de tales conjeturas, ni querría entender -concluyó-. me alegra que estés de acuerdo con mi propuesta. enhorabuena.
dio una palmada para llamar a su servicio, y me señaló la puerta al mismo tiempo. yo salí, recordando sin querer un hadiz de bujari. cuando un fiel le preguntó al profeta quién merecía, de todos los vivientes, el mejor de los tratos, le contestó: ‘tu madre, después tu madre, a continuación tu madre, y ya luego tu padre y los otros miembros de tu familia por orden de proximidad’.
conocí a moraima en el palacio del albayzín. la vi cruzar el patio desde la galería superior, el lugar reservado a las mujeres, donde me había apostado. vestía de blanco y amarillo. alguien le debió de advertir que yo estaría espiando, porque, levantando los ojos, me miró. los bajó a continuación de un modo muy gracioso.