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¿qué mezquita era ésta, en que el mirhab no resplandece exhibido ante los ojos de los fieles; en que el palmeral de columnas no deja ver los gestos del imán que han de ser imitados? ¿por qué abderramán “el emigrado”, el omeya primero, se proclamó independiente entre estos muros, antes de que estuviesen consagrados a nuestro dios? ¿los cristianos de hoy no necesitan contemplar a su sacerdote cuando oficia el sacrificio incruento de la misa? antes de que los abderramanes engrandecieran este templo, en honor de su dios que es el mío, ¿qué cultos se rindieron aquí, qué dioses habitaron esta suntuosidad?

si este lugar se tuvo por sagrado desde su creación, y aun desde siempre, ¿desde cuándo y para quién se alzaron las columnas? esta hermosa e invasora serenidad no es el resultado de una guerra, ni de una victoria, ni de una cultura incipiente, sino de una paz asentada y de una culminante espiritualidad; no es obra de una persona, ni de muchas personas, sino de una idea fundamental del mundo. ¿qué teología levantó tanto bosque para envolver la mirada de los fieles, para elevarla no dirigiéndola a ningún celebrante, sino a un solo y divino celebrado? ¿no está presente aquí la filosofía alejandrina y el genio de israel, adorador de yahvé? mentes y manos judías debieron de levantar este poblado ardid, y, en una de esas rítmicas e inevitables épocas en que sefarad deja de ser sión, quizá manos arrianas lo heredaran, y dios, estático y remoto, cambió otra vez de nombre. los cristianos arrianos, unitarios, antes de que la trinidad introdujese el politeísmo, celebraron acaso aquí sus silenciosos ritos, y luego recaredo, al abjurar, lo sustituyó por los ritos trinitarios, y después, con el desencadenamiento de la guerra civil entre los godos, que entreabrió un estrecho postigo -lento, lento- a nuestra cultura y a nuestra religión, este templo retornó jubiloso al cristianismo unitario, tan afín a la doctrina mahometana. tan afín que, insensiblemente, esta sala, aséptica y callada, ofrecida sólo como un pretexto para que el hombre se postre, fue haciéndose mezquita.

y el hermoso pretexto triunfó de las necesidades de otros cultos por su propia hermosura, y por ella y por el sentido de la divinidad, idéntico en todas las religiones y a ellas previo, fue venerado y respetado este piadoso ambiente, donde el único dios descendió un día, y en el que permanece. porque aunque las columnas fuesen taladas, y abatidos los capiteles, en la raíz de cuanto veo se encontraría la raíz de lo sagrado. y eso es lo que sostiene los cimientos de esta realidad…

sin poder ni intentar evitarlo, me postré sobre las losas, pulidas por tantas postraciones. y, desoyendo el clamor de las campanas, mientras alguien que apagaba las llamas de los cirios pasó rozándome, adoré a dios.

el obispo de córdoba, a quien no había oído acercarse, impaciente ante mi tardanza, puso su mano sobre mi hombro, y, presumiendo acaso que mi fe en mi dios flaqueaba, ilusionado por la conversión de un rey moro ante la grandiosidad del cristianismo, que ha vuelto a instalarse aquí con sus ocultaciones, murmuró cerca de mi oído:

– dios es más grande que nuestro corazón.

– ahí reside la primera verdad -le respondí mientras me levantaba.

y entonces vi que la rica tela de oro de su capa había sido tejida por algún musulmán, porque en ella estaba escrita en árabe la aleya 22 de la azora del éxodo del corán: ‘él es el que conoce el misterio y el testimonio.’

todo está, pues, en su lugar’, pensé.

don martín de alarcón es un hombre rollizo. su cara más bien redonda y roja denota un buen comedor y bebedor. tiene fama también de buen guerrero, aunque de eso en andalucía todos tienen la fama, porque, si no, los devuelven a burgos o a segovia. lo que más destaca en él son sus manos, afiladas y blancas, casi de mujer.

las enclavija con frecuencia, y, como una manía, levanta la derecha al hablar hasta la cruz de su orden que ostenta sobre el corazón, como si tratase, engreído por ella, de mostrarla.

– mi buen señor -repite con la mano en la cruz-, ¿qué puedo hacer por vos aparte de recomendaros paciencia? no me está permitido ni rogar por vuestra libertad a nuestra señora de la merced, en cuyas maternales manos -y entrelazaba las suyas- depositamos los cristianos el destino de nuestros cautivos.

el castillo de porcuna se alza sobre una roca, cuyas tajaduras le sirven de cimientos. en su torre octagonal me han habilitado hospedaje y prisión. el trato de los caballeros calatravos es afectuoso y cordial, hasta el punto de forzarme a pensar que la prisión entre ellos va a ser larga; me gustaría ser peor tratado, pero por menos tiempo. a través de las ventanas veo la sierra de luque y, en primer término, olivos y jarales. es un paisaje adusto, a medio camino entre los mimados jardines de granada y los arriscados esquistos de la alpujarra, con sus tajos y vaguadas grises y pedregosas, con sus abruptos barrancos; más abierto que uno y otro, dispensa la serenidad de ánimo que con tanto reconocimiento recibe un prisionero.

deben de haberse iniciado las gestiones para mi rescate, quizá apresuradas por mi madre, ibn abdalbar y aben comisa. lo digo porque, al solicitar, entre otros utensilios de aseo y vestimenta, unos libros de la alhambra y algunas manos del papel de la cancillería, me han sido traídos antes de lo que esperaba -si es que lo esperaba, ya que mi padre reina allí-. por eso puedo continuar escribiendo en los papeles carmesíes, a los que estaba acostumbrado.

lo que me propongo, para poner en claro mi situación que tan enlazada está con la de mi pueblo, ahora que tengo todo el tiempo para reflexionar, es contarme a mí mismo someramente “la historia de la dinastía” a la que pertenezco.

eso quizá me ilumine sobre cómo actuar en circunstancias que, con no haberse visto en ellas ninguno de los sultanes anteriores, no serán tan contrarias que no saque de tal estudio alguna asesoría. y, en último término, haré un bien a mis dos hijos -cualesquiera que sean los hechos posteriores en que me vea sumido- si les narro lo que hoy anda disperso y deformado, en tono familiar, sin los coturnos en que los cronistas oficiales suelen aupar a quienes los corrompen. no será malo que, después de haber aprendido en ibn jaldún qué es y cómo ha de leerse la historia de los hombres, con mi propia voz diga lo que sé; a la manera de aquel pariente mío ibn al hamar, hijo de yusuf II y nieto del gran mohamed, cuyos escritos son algunos de los que pedí. o, para ser más sincero, quizá a lo que aspiro es sólo a entretener mis días vacíos, y a no desesperarme esperando contra toda esperanza. porque, en el fondo, la grandeza del ánimo consiste en que la noche nos coja mirando de hito en hito al sol poniente. la ciudad más hermosa, incluida granada, tiene bárbaros arrabales, y es imposible contar la propia historia sin contar las ajenas, ya que la historia con mayúscula -si la hay, y no es que se inventa cuando ya ha transcurrido- se compone de las minúsculas, igual que la cubierta de una jaima regia, de retazos y de humildes remiendos.