en el primer tercio del siglo xIII, los andaluces teníamos dos enemigos de muy distinto orden: los cristianos, que arreciaban los ataques y se encontraban fuera, y los almohades, que se debilitaban, pero que se encontraban dentro; los almohades con su ortodoxia, siempre perjudicial, y sus pretensiones de pureza religiosa, a la que los andaluces ni estuvimos acostumbrados nunca, ni llegaremos nunca a acostumbrarnos.
todas las ciudades de una cierta entidad se sublevaron, aun disgregadas e inconexas como se hallaban ya, cada una por su lado.
desde la caída de los omeyas, ése fue nuestro mal, si no es que él mismo originó tal caída. y hasta hoy mismo lo siguió siendo, y lo seguirá siendo hasta mañana, en el caso de que haya. las ciudades buscaban y elegían caudillos fuertes, que las supieran defender y les otorgaran la seguridad y el estilo de vida anterior a la invasión almohade. (los almohades, como antes los almorávides, pisaron nuestra tierra como aliados; pero, entre nosotros, los aliados, ignoro por qué terrible sino, siempre acaban por volverse enemigos. como en el juego, a menudo las cañas se tornan lanzas.) dos caudillos se repartían el predominio sobre los andaluces, por su impetuosidad y su carisma: uno, de la familia hud, que era el señor de casi todo el territorio; otro, de la familia de los mardanis, que se había alzado contra él y dominaba valencia. el primero se decía descendiente de los antiguos reyes de zaragoza, e izó con su mano la bandera negra de los abasíes de bagdad, aquellos que, sublevados contra la dinastía omeya de damasco, la extirparon de allí. los hombres siempre pretendemos apoyarnos en alguien más sólido que nosotros, que termina estorbándonos cuando nos juzgamos -en general, demasiado pronto- bastante sólidos por nosotros mismos.
[algo de eso parece que hubo aquí, según luego he podido leer. un victorioso general de abderramán i “el emigrado” se llamó aben omar ibn hud. en premio de sus victorias, el emir omeya, ya independiente de damasco, le concedió el gobierno de zaragoza, que por entonces creo que llamaban sansueña. los cronistas cristianos corrompieron, como siempre, su nombre, y lo llamaron omar filius de omar, lo cual dio origen a marsilius o marsilio, que es con el nombre con que pasó a la historia. y así gobernaron sus sucesores en zaragoza hasta que fueron expulsados de ella por los reyes aragoneses, y volvieron a su original suelo granadino. uno de los postreros representantes conocidos de esa estirpe es este ibn hud de que hablaba en mis escritos de porcuna. de donde se deduce que aquel general, tan importante brazo del omeya, engendró a la larga un abanderado de sus más irreconciliables enemigos: los abasíes.
nunca se sabe cuál será el final de una historia. eso, que preocupa al feliz, aplaca al desgraciado.] como es frecuente entre los andaluces, la ascensión de ibn hud fue rápida: era bien parecido y gallardo, bizarro y vigoroso; caldeaba los ánimos. conquistó con demasiada prisa -o mejor, se le entregaron- las ciudades de la mayor parte de andalucía. (pocas enfermedades hay tan contagiosas como la esperanza; quizá la desesperación es una de ellas.) pero los andaluces -carentes de iniciativa- no estaban todavía preparados sino para obedecer, y obedecer a alguien tangible, presente, o muy bien representado; sin embargo, una organización que inspire confianza y sujeción no se improvisa.
de ahí que el edificio con tanta premura construido, con premura también se derrocara. alfonso IX de león y su hijo fernando III de castilla, al que dicen “el santo”, triunfaron en mérida y jerez; el resto de las ciudades sometidas a hud, desilusionadas e incapaces de fortalecerse por sí mismas, no buscaban ya sino el medio de salir de su égida, que era enojosa y rígida. pensaban, como suelen los pueblos cuando piensan, que lo único que habían conseguido era cambiar de tiranía y que para tal viaje no se precisaban alforjas, por lo cual se dispusieron a descubrir otro tirano nuevo. la oportunidad se la brindó, antes de lo previsto, un adalid osado y ambicioso, que buscaba asimismo su oportunidad. las ciudades andaluzas, como en una subasta de mercado se ofrecían entonces -¿y no hoy?- al mejor postor. de este adalid desciendo yo.
todo empezó la tarde templada de un viernes de ramadán en arjona, no lejos de jaén. aún no había comenzado a anochecer sobre las colinas, y los olivos y las vides apenas se estremecían bajo un aire muy leve. al salir de la oración, desde la mezquita no muy grande, nadie se fue a comer su sopa aquel día. permanecieron, enardecidos y hambrientos, proclamando a voz en cuello sultán a un hombre que los miraba con ojos de león y los dejaba obrar aparentando desdén. no era guapo, ni alto, ni gallardo; era rudo y sabía mandar con autoridad y, lo que es más importante, ser obedecido. pero, sobre todo, llevaba en sus manos como un don la medida de sus posibilidades. su nombre era muy simple: mohamed ibn yusuf. se decía -o luego los halagadores lo dijeron por él- de la familia de los nazar (por eso nos llamamos nazaríes) y de los al hamar (por eso nos llamamos alamares). todos los que habían comprobado la incapacidad de ibn hud para protegerlos requirieron al nuevo caudillo, ya conocido por su genio belicoso y por su pésimo genio personal, que no se andaba con chiquitas. por eso le apodaron en seguida el señor de los invasores -lo cual no era poco en aquellos años-, nombre que lo definía a él como dominante, y como extranjeros a los almohades. jaén y después córdoba le abrieron sus puertas; pero ninguna de las dos fue apta mucho tiempo para soportar la estricta dureza de su disciplina.
‘en lugar de ir de mal en peor, bien estábamos como estábamos’, se dijeron. córdoba volvió con el rabo entre las piernas, igual que un perro famélico y viejo, a ibn hud, que la oprimió aún más que antes. en vista de semejante lección, sevilla prefirió declararse independiente de los almohades y de ibn hud, y así continuó, de la ceca a la meca, hasta su doloroso final, que no tardó.