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ellos y los botines eran su única fuente de ingresos: no podía descuidarlos. exigía su pago a los ciudadanos como el precio de la seguridad que les vendía: una inamovible condición para ser defendidos. para recuperar los impuestos impagados correspondientes a plazos anteriores, detuvo y torturó a los recaudadores hasta que confesaron nombres, cómplices y escriños; el recaudador mayor de almería, por ejemplo, abu mohamed ibn arús, murió a consecuencia de esas torturas. la decisión tomada era irrevocable: administrar su reino minuciosa y férreamente, como quien administra una finca privada: con el mismo derecho absoluto y el mismo amor también e idéntica responsabilidad. un mediodía subió hasta la fortaleza de los reyes ziríes, los que habían terminado de tan mala manera: aquella fortaleza que construyó el judío del que me habló el médico ibrahim. subió hasta ella, y dijo: ‘ésta será mi casa.’ a la espera de días mejores, durmió en una tosca tarima en lo que hoy es torre del homenaje. (igual que yo en lucena y en porcuna, pero él allí era el rey.) entre sus blancas y severas bóvedas, bajo sus cúpulas primitivas, alimentó su destino, y se alimentó con su pasión de mando, tan poco nutritiva para quien no la siente. fue construyendo el reino en torno suyo, a su medida, como quien se hace un traje. y, en cuanto al exterior, para precaverse contra su propio soberano -el de castilla, al que naturalmente odiaba-, con la remota expectativa de sacudírselo a la primera oportunidad, se inclinó hacia sus hermanos musulmanes del magreb. es decir, puso la fe por encima de la vecindad; creyó en la religión, pero sin fanatismo, salvo que el fanatismo le beneficiara; la entendió y la usó como algo pertinente y razonable, de lo que se ha de echar mano cuando conviene.

porque la religión, si no es un oficio amoroso interior, es un flameante espejismo, una llamada de socorro, o un grito de guerra: como tal ha sido utilizada, lo es y lo será por todos los políticos.

el rey fernando III puso su siguiente blanco en sevilla; asediarla y penetrarla requirió sus fuerzas íntegras; se le aproximó por tierra y por agua; hasta el almirante vasco bonifaz bajó del norte. era un bocado que merecía la pena. “el fundador” mohamed formaba entonces parte de las ‘fuerzas íntegras’ del “santo”: lo ayudó en la conquista de sevilla.

la religión, por consiguiente, en este caso, pasó a segundo plano: había otras presiones más urgentes.

en otro ramadán (se conoce que los cristianos son dados a aprovecharse de nuestros ayunos), tras seis meses de sitio -para ellos era diciembre de 1248- se rindió la ciudad de la giralda. cuando “el fundador” volvió a granada, lo aclamaron sus ciudadanos: ‘¡vencedor! ¡vencedor!’; pero él, sabiendo muy bien lo que decía, contestó una vez y otra: ‘no hay más vencedor que dios.’ y ese resumen de un pecado fue en adelante el lema de nuestra dinastía.

pero, receloso del poder de castilla, “el fundador” situó otra vez la religión en primer plano: se obligó con un pleito homenaje al califa de bagdad; sumisión por sumisión, eligió someterse al grande más lejano. sin embargo, la relación no duró mucho: en cuanto vio que los almohades recuperaban su firmeza en el norte de áfrica, volvió a ellos sus ojos y sus homenajes; se unió al sultán de marraquech, al rachid. pero se le murió en seguida, y no dudó un momento en dirigirse hacia los emires de berbería y túnez, que eran los enemigos de al rachid.

las cosas como son: para los débiles, y aun para los que comienzan a dejar de serlo, los gestos de sometimiento son los más eficaces; y a la eficacia, no a las hazañas ni a la epopeya, es a lo que han de aspirar. para ser cabeza de ratón es bueno practicar siendo primero cola de león, y tener una idea exacta de la propia valía: más exacta aquélla cuanto ésta más pequeña.

como era de prever, aquellos veinte años de tregua de jaén no llegaron al cabo. incluso duraron demasiado: lo que tardó “el fundador” en pisar firme dentro de granada y oír el eco de sus pasos.

a los dieciocho años se reanudaron las hostilidades. unos testimonios aseguran que fue por el apoyo que prestó “el fundador” a los mudéjares sevillanos que pretendieron asesinar a alfonso x; otros testimonios, que fue por una emboscada tendida por los cristianos para asesinar a mohamed i. cuando la sangre hierve y los contendientes se estiman preparados, cualquier pretexto es bueno. yo creo que todos los testimonios tienen aquí razón: la ruptura se produjo por ambas causas, si bien ignoro cuál de las dos se realizó antes, o si las dos se simultanearon. el caso es que mi antepasado interpuso otra vez la religión: solicitó socorro a los mariníes de marruecos, que habían sustituido definitivamente a los almohades; ellos le enviaron los primeros voluntarios de la fe; se hizo una guerra santa. en el nombre de dios fueron protegidos -y, por supuesto, alborotados antes- los mudéjares de jerez y de murcia, que se hallaban en las últimas. los años de relativa paz habían reforzado a mohamed: él era ahora en exclusiva el emir requerido. utrera y lebrija, a ejemplo de los otros y por las ingerencias del emir, también se sublevaron contra los cristianos.

andalucía echó a arder igual que una almenara; el fundador, robustecido y hábil, fue quien prendió la mecha. numerosos pueblos de la frontera se colocaron bajo su custodia. la granada se redondeaba grano a grano.

por poco tiempo. suegro y yerno cristianos sitiaron y redujeron a murcia; la redujeron en todos los sentidos, en los peores sentidos. y alfonso x osó atacar granada. sin éxito, pero lo osó, y fue bastante; en jerez y en medina sidonia sí tuvo éxito. la granada, antes de granar del todo, empezó a desgranarse y a ceñirse a sus lógicos límites. porque, además, a mohamed, que en otras circunstancias habría reaccionado de modo más tajante, se le planteó un gravísimo problema; tanto, que afectaba a la misma existencia y continuidad de la dinastía. mohamed había inaugurado el negocio de la política en arjona con un cuñado suyo, al que ofreció promesas y ventajas. los descendientes de su cuñado, los beni asquilula, tenían mejor memoria que mohamed.