era abu nazar sad, pariente de yusuf iv, llamado sidi sad, o ciriza, por los castellanos. es decir, mi abuelo paterno.
para entonces, álvaro de luna ya había sido ejecutado en valladolid: no éramos nosotros los únicos que, desde lo más alto, echábamos a lo más bajo las cabezas.
el turno de la insensatamente llamada reconquista le correspondía a enrique iv. antes de que muriera su padre, juan II, mi abuelo sad le había enviado emisarios solicitándole su intervención en las peleas granadinas por el trono. al frente de ellos, abul hasán alí, mi padre, fue retenido en segovia como rehén no se sabe de qué. lo acompañaba una lucida escolta de ciento cuarenta caballeros y treinta infantes, a la que se agregaron por el camino otros adictos a mi abuelo: trescientos hombres en total, que fueron instalados en arévalo, probablemente para impedir que defendieran los derechos de nadie.
porque, en la primavera de 1455, hubo en el reino nazarí tres reyes compartiendo el poder (mi situación, por tanto, no es nueva bajo el sol): el rey “chiquito” (al que seguían granada, málaga, almería y guadix); mohamed “el cojo” (que se negaba a retirarse, y tenía illora y moclín con sus castillos, y también gibraltar); y mi abuelo (que residía en archidona, gobernaba en ronda -cuya guarnición africana le era fiel-, y contaba en almería con algunos dignatarios). [mi madre fue esposa de dos de ellos y nuera del tercero.] usufructuario del descabalo, enrique iv se lanzó a la cruzada granadina.
en su primera entrada de cuatro días quemó las tierras de moclín e illora, y prohibió la guerra de escaramuzas, porque, audaz y ostentosamente, para deslumbrar a sus cortesanos, quiso concentrarse en ataques a las fuerzas vitales. en la segunda entrada, que duró dos semanas, taló alora y archidona, en el camino hacia málaga, donde resistían abdalbar y aben comisa; en sus alrededores se entrevistó con mi padre, con el que se entendía bien, y se comprometió a no robar cosechas ni asaltar las plazas favorables a mi abuelo. en la tercera entrada abordó la vega por alcalá la real; durante tres semanas entregó al pillaje las granjas y los pueblos de trayecto pero, en contra de lo que se había propuesto al principio, se resistió a comprometerse en una gran batalla.
la fogosa nobleza castellana murmuró y se quejaba, aunque yo creo que de dientes para fuera, frente a la nueva táctica de su rey, consistente en extenuarnos con acechanzas y agresiones menudas en una campaña pertinaz y sin gloria. al retirarse, dejó al gobernador de alcalá la misión de firmar una tregua con mohamed xI “el chiquito”, representado por abdalbar; las condiciones fueron tan onerosas y fuera de lugar que parecían propuestas para publicarse en castilla: reconocimiento de vasallaje a través de pesados tributos, libertad de dos mil cristianos en cuatro años, cesión de lo conquistado desde la muerte de juan II, y obligación de un servicio militar a castilla. ante tal política de jactancia y bravuconería, las cosas se dejaron como estaban.
mi abuelo entró en granada secundado por los del interior de la ciudad; dentro ya, prosiguió las negociaciones con el mariscal diego fernández de córdoba, conde de cabra. [padre del que luego se apropió de las banderas en la batalla de lucena.] era un buen amigo suyo y, en ocasiones, compañero de armas; el hecho era habitual todavía en aquel momento, en el que se peleaba como una cansina costumbre secular, y en el que, como todo lo inevitable, el estado de guerra se había incorporado a nosotros y a toda nuestra vida.
pero las tensiones de la situación -más las interiores que las exteriores- preocupaban a mi abuelo sad. un nutrido grupo de partidarios de “el chiquito”, ya anciano, lo llamó para introducirlo en granada. él se puso en marcha a través de la sierra; mi padre, advertido, le tendió una emboscada, lo condujo a la alhambra, lo convidó a cenar en el palacio de los leones, y lo degolló con su propia espada. al mismo tiempo mandó asfixiar a todos sus hijos con las servilletas de la cena. no tardaría mucho en tomar por esposa a su mujer, en quien me tuvo a mí.
entonces se verificó la cuarta entrada de enrique iv. pretextó para ello que mi abuelo había roto la tregua tácita, como si tal figura existiese cuando hasta las expresas y bien ratificadas se rompían. tomó el castillo de solera, conquistó estepona, sembró la vega de estropicios. camino de gibraltar, consiguió que los defensores de fuengirola se refugiasen en el castillo, y los cercó.
cerca ya de la roca, salió a su encuentro aben comisa al frente de una tropilla, le rindió homenaje y -sorprendentemente: aben comisa siempre estuvo lleno de recursoslo invitó a cazar leones en áfrica. (parece que la caza era la única afición de ese rey, si se exceptúan los hombres.) como era de esperar, las tribus del rif, es probable que ni siquiera avisadas, lo recibieron tan mal que regresó a tarifa y después a sevilla.
entretanto, mi abuelo, dedicado a las escaramuzas, había hecho un avance hasta jaén. en agosto la vega fue otra vez devastada, y en octubre, al volverse las tornas, mi abuelo se vio empujado a aceptar una tregua de cinco meses, mediante el pago de cinco mil doblones de oro y la libertad de seiscientos cautivos. (la llamada reconquista desaparecía como ideal político para convertirse en un negocio que podía resultar, según los casos y quien lo emprendiera, ruinoso o saneado.) en los primeros días de 1457, enrique iv convirtió jaén en una plaza de armas, e hizo su quinta entrada. conquistó illora, huéscar y loja; pero hubo de retirarse ante la abulia de sus tropas y la propia. mientras, en castilla, la oposición de los nobles trasladaba a un segundo plano la guerra de granada; hasta fajardo “el bravo” se rebeló. los granadinos llegaron de nuevo hasta las puertas de jaén, y el rey delegó en el conde de cabra la firma de una tregua hasta el 61.