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el verano del 62 se abrió con alguna ventaja para los castellanos; pero mi padre triunfó pronto en la batalla del madroño, no lejos de estepa, sobre ponce de león, el hijo del conde de arcos que luego sería marqués de cádiz, y sobre luis pernía, gobernador de osuna. el condestable del santo reino, miguel lucas de iranzo, atacó el castillo de arenas y fue derrotado; pero en julio puso a sangre y fuego aldeyra y lacalahorra, y regresó a jaén cargado de prisioneros y riquezas, no sin antes tener un duro encuentro con el que más tarde sería mi suegro, a quien le unía bastante amistad y un respeto recíproco. [en esa expedición iba millán de azuaga, el pintor, supongo que orgulloso de sí mismo y de su amante, que a su vez avanzaba ligero hacia una mala muerte. todo hombre edifica su casa, sin saberlo, al borde de un derrumbadero.

como prueba bastaría decir que en aquel mismo año nací yo.] el duque de medina sidonia y el conde de arcos, mediante la traición de un renegado, se apoderaron de gibraltar, y don pedro girón, maestre de calatrava, de archidona. tales pérdidas significaron un grave revés moral. decepcionados y exasperados, los abencerrajes [que ya habían destronado a los dos primeros maridos de mi madre] trataron de sacar a la luz otro de sus pasmosos pretendientes. mi abuelo sad, en granada, tomó las medidas oportunas para librarse de su férula: ejecutó a los dos miembros más relevantes de la familia, uno de ellos mufarrag, su visir. los destacados abencerrajes que habitaban en la alhambra huyeron a málaga y se rebelaron allí; sin tiempo para improvisar otro aspirante al trono, se proclamaron súbditos de yusuf v, que había sido sultán por unos meses cinco años atrás, y al que castilla abonó de nuevo como en el tiempo del condestable luna. se apoderaron de málaga, de granada y de la zona oriental del reino con arterías, sobornos y extorsiones. la posición de mi abuelo empeoraba por momentos; se vio obligado a firmar una costosa tregua, de noviembre a mayo, con enrique iv, para zanjar el peligro interior. en noviembre de 1463, por fin, fueron sangrientamente expulsados los abencerrajes de granada. y en diciembre, para confirmación de mi abuelo, falleció yusuf v.

su sexta entrada la hizo enrique iV en febrero de 1464. se acercó con el frío desde écija, buscando imponer nuevas cargas y negociaciones que mejorasen su tesorería. en jaén firmó con mi abuelo sad una tregua de un año en la que se respetaba la libertad de comercio; pero en agosto mi padre se alió con los abencerrajes -indignados por las concesiones de mi abuelo a los cristianos, o fingiéndose indignados- e intentó revivir gloriosas épocas que quizá siempre estuvieron muertas. destronó a mi abuelo, y lo envió cautivo a salobreña. [o quizá a la fortaleza de moclín, nunca lo he sabido de cierto.] los abencerrajes se opusieron en seguida a mi padre, y levantaron la bandera de mi tío, del que no solicitaron ni su consentimiento; era su táctica probada. hoy me pregunto si, en realidad, no habrán estado de continuo en los últimos años sólo de parte de los cristianos, suscitando o fomentando las banderías que nos desustanciaban, y aspirando a su propio proyecto, sinuoso y desconocido para el reino, en el que los demás o hemos obrado como dóciles piezas, o hemos sido eliminados.

mi abuelo no tardó en morir.

respetuoso póstumamente con la realeza, mi padre hizo que su cadáver fuese trasladado a granada.

yo recuerdo que mi hermano yusuf, aún en brazos de una nodriza, y yo, de la mano de subh, asistimos a su entierro en la rauda de la alhambra. declinaba la luz, y yo sé que temblaba, no sé si por el frío o por la circunstancia. la ceremonia fue muy breve y se verificó sin pompa alguna. estaban sólo el sultán y unos cuantos príncipes de la sangre, entre ellos el espigado y hermoso abu abdalá; pero el gordo yusuf había excusado su asistencia. acercaron el cadáver sobre unas parihuelas recién hechas, de las que emanaba el olor de la madera y el del aceite de algalia con que estaban untadas. el muecín había llamado antes, desde la puerta de la mezquita, al duelo con voz poco estentórea, y fue el cadí el que excepcionalmente recitó la oración ritual de las grandes exequias. luego el alfaquí mayor sahumó el cuerpo y las angarillas con un perfumador, cuyo aroma se unió al de la algalia y la madera nueva. me acuerdo, sobre todo, de esa mezcla de olores. mi madre, que acaso fue la única que quiso a mi abuelo, porque la reincorporó al poder efectivo de la dinastía, tampoco asistió. o al menos yo no la recuerdo en aquella sombría tarde. no es extraño, sin embargo, que aunque asistiese no la recuerde yo; a pesar de la esencial importancia que mi madre ha tenido en mi historia -no sólo dándome la vida, sino poniéndola al servicio de la suya- la recuerdo siempre con una extraordinaria confusión. como si mi memoria, por un instinto de defensa, se negase a albergarla ante mi imposibilidad de convertirla en una madre diferente.

estaba claro que el alcaide alarcón no encontraba el modo de decírmelo. en realidad nunca acierta a decirme nada con sencillez, y carece del menor sentido de la oportunidad. empieza las conversaciones, y las acaba, hablando de sus hazañas contra “la morisma”.

equivoca fechas, nombres de conmilitones y de pueblos. no sé cómo se las arregla para terminar por ser él el héroe de todas las batallas. aunque tiene una predilecta, la de estepa, que riñó, según relata, contra mi tío, en inferioridad de condiciones, en medio de una tormenta, bajo rayos y truenos, y de la que salió lleno de gloria.

lo cierto es que yo nunca he oído hablar de esa batalla a nadie más que a él. con todo, le tolero que se explaye y me pongo a pensar en otra cosa; su apenas inteligible árabe colabora conmigo. y no es que me parezca un embustero, sencillamente me parece aburrido; porque además el tono de su voz, mientras abre y cierra y entrecruza sus manos, me provoca una irresistible somnolencia, aumentada por este calor que en el mes de julio está haciendo en porcuna.