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en la ocasión a que me refiero tuve yo que empujarle para que concluyera de una vez y me dejara en paz. era la intempestiva hora de la siesta. comenzó por hablarme de su sobrina mencía: una muchacha bonita, pero que ve muy mal; hasta el punto de que casi chocó conmigo cuando la trajeron para que la conociera. el alcaide afirma que ella siente por mí una gran simpatía, y probablemente sea verdad; también yo la siento por ella, o por lo menos una gran compasión: está aquí sola, con su fastidioso tío martín, dedicada al orden del castillo, sin jóvenes de su edad, ni otra compañía que la del capellán -al que le suenan las espuelas más que a nadie-, en una edad en que las muchachas todavía juegan con sus trenzas, pero ya ese juego ha empezado a dejar de divertirles y sueñan con otros menos castos.

el alcaide habló a continuación de sus antepasados, de cuenca, del castillo roquero de alarcón, de su investidura como maestre, y de la consabida estepa como era de esperar. yo daba inevitables cabezadas. luego, de pronto, aferradas una a otra las primorosas manos, rompió por fin a exponer aquello a lo que había venido:

– el rey fernando os tiene un profundo cariño.

– imagino que sí; como yo a él.

por fortuna no percibió, ni por asomo, la ironía.

– me ha mandado un mensaje para que os pida… o mejor dicho, ha mandado a un pintor. quiere que os haga un retrato. ya que no le fue posible conoceros en córdoba…

– en casa del obispo tuve la impresión de ser espiado a través de una celosía -dije, pero no me escuchó.

– su alteza desea tener un retrato de vos. yo sé de sobra que vuestros preceptos religiosos prohíben cualquier figuración humana -declaró sonriendo con una pedantería que, si no me hubiese apenado, me habría hecho reír.

no quise desengañarlo. para qué iba a decirle que, entre nosotros, no están prohibidas las formas, puesto que dios es el dador de ellas para nuestro recreo y nuestro aprendizaje; que son los maliquíes quienes lo han exagerado todo en su rigidez, y que, para nosotros, los maliquíes equivalen a la inquisición para los cristianos y es muy probable que también al alcaide alarcón. para qué iba a decirle que, hace ya cinco siglos, cuando ellos se contentaban con un arte tosco y retorcido, la amante del califa, a las puertas de medina azahara, había sido esculpida de cuerpo entero. para qué iba a decirle que, en nuestros baños, se admiran las más bellas estatuas de quienes visitaron con anterioridad andalucía. para qué iba a decirle que la alhambra está llena de pinturas de sultanes, de nobles y de adalides.

– el rey fernando os obsequia este retrato suyo para corresponder por adelantado al que os solicita.

me tendió una miniatura, en la que se ve una cara llena, de mejillas redondas y labios curvados por la sorna, encuadrada por una melena lisa y corta. le di las gracias.

– el deseo del rey es para mí un mandato. cuando gustéis, traedme a ese pintor.

debía de estar al otro lado de la puerta, porque el alcaide salió, y volvió con él al instante. al verlo, me quedé perplejo.

se llama millán de azuaga.

no he logrado saber si es de la rioja o de extremadura, porque alude a las dos con igual falta de cariño. es de pequeña estatura, a punto de ser mínima; de manos menudas, que parecen más de dos porque gesticula con ellas sin cesar; de ojos hundidos y adormilados.

– me dicen que tengo ojos de árabe: ¿cree su alteza que es cierto? -me preguntó el primer día.

– una persona, hace tiempo, afirmaba que mis ojos son ojos de odalisca -dijo el segundo día, mientras me observaba con ansiedad.

no cuenta con muchos años, pero sí con muy poco pelo, y administra el que tiene artificiosamente: al ser muy largo, se lo enrosca para cubrir el lugar despejado por el que ya no tiene.

– así, señor -me había sugerido, como para compensarme, el alcaide-, distraeréis vuestros ocios.

aunque estoy informado de que leéis y escribís y meditáis -agregó con un tono, entre cómplice y advertido, de fiel custodio al que nada se le escapa.

y efectivamente el pintor distrae mis ocios. no para de parlotear ni un sólo instante. tiene gracia, y hablarme en árabe -lo pronuncia con admirable suficiencia- no le corta un pelo (quizá si se lo cortase no hablaría). su conversación hay que seguirla como se sigue un pájaro; no un pájaro que canta y al que se oye, sino uno que revolotea, brinca, bate las alas, se posa en un punto, echa a volar de nuevo, y cesa y vuelve al aire y vuelve a detenerse. acaba por marear un poco; pero, si se posee bastante entereza como para seleccionar las voladas, resulta hasta instructivo. yo, al menos, me divierto con él. aunque el pintor, como el alcaide, también tiene un tema de conversación predilecto.

temo que es lo que a todos nos ocurre.

– yo era pintor de cámara del condestable miguel lucas de iranzo.

al principio pensé que se excedía en lo de cámara; ahora creo, más bien, que se quedaba corto.

– luego, cuando pasó lo que pasó, me coloqué al servicio de varios señores de la frontera.

(que, digan lo que digan, se siguen llevando como perros y gatos.) hasta que me quedé de asiento en córdoba. una ciudad que a mí me gusta. más seria y menos liviana que sevilla, eso sí; pero dónde va a parar en señorío… porque su alteza sabe lo que pasó. lo sabe todo el mundo. al condestable, me refiero. y es que a él, que organizaba personalmente en jaén tanta fiesta, y teatros, y sortijas, y procesiones, y mimos, y carnavaladas; a él, aunque parezca mentira, no lo podía ver la gente ni en pintura, y mirad que un pintor es quien lo dice. atragantado como un hueso lo tenían. porque no hacía distingos entre moros, judíos ni cristianos. y eso, ya lo habrá notado su alteza, eso aquí no está bien visto, ni muchísimo menos.

así que un día del corpus christi (el corpus es el día en que se celebra…, mejor será no entrar en teologías, no vayamos a terminar escaldados), un corpus, en la catedral, en la misa mayor, que habíamos estado hablando en la sacristía de que yo tenía que pintar un descendimiento de la cruz, y a la media hora, válgame dios…

primero fue una piedra… (voy a darle un poquito de movimiento a su alteza, que la luz ha cambiado.) una piedra, primero; después, otra, y después ya diez mil quinientas quince. lo lapidaron, lo machacaron, lo molieron. le saltaron los sesos delante mismo del altar mayor. qué atrocidad.