el condestable, que se empeñó en que lo acompañara. como su mujer no iba… su alteza me preguntará:
’¿y qué tiene que ver que su mujer no fuera?’ es que no sé ni lo que digo… (si este retrato sale mal, alteza, no será culpa vuestra, sino mía. tan sólo mía, porque hay que ver qué facciones y qué mirada y qué boca y qué todo. y qué color de piel, entre el nardo y la aceituna: difícil, raro, pero qué color. no sé si atinaré con ese tono que va del verde al negro; va, pero vuelve; de vuestros ojos hablo. ¡ahora!, señor, ésta es la luz.) yo, si no os molesta, prefiero hablar un poquito mientras trabajo. aunque no me distraigo de lo mío, ¿eh? y lo mío es pintar.
lo demás son entretenimientos, formas de no llorar; o formas de llorar, qué sé yo… pues, como os iba contando, el condestable siempre fue fiel y leal a su alteza don enrique. dicen que él se quejaba:
’a mi alteza, sí; lo que es a mí, no tanto.’ él lo hizo condestable del santo reino; él le servía de comer por amor delante de la corte, que se ponen los pelos como cabetes sólo de pensarlo, qué pasaría hoy día si alguien lo hiciese… pero el condestable se le escurría, no quería verlo, lo rehuía. es como si lo hubiera aborrecido. y el asunto es que lo aborreció; muchas veces hasta se hería él solo para tener la excusa de no acudir a sus llamadas. y eso que cuando yo aparecí, ya el rey estaba mirando hacia otro lado… en la corte se murmuraba; ¿de quién no se murmuraba en esa corte? que si miguel lucas le había regalado a su preferido martín mirones el palio que el rey le regaló a él el día que entraron juntos en león; que si, ya condestable, recibió en bailén con palmas y con ramos a mosén juan de fox, embajador de francia, que era pulido y mancebo… habladurías y malas condiciones. hay quien nada más por tañer la cítara y cantar es señalado… yo me esfumé. a mí me da lo mismo. yo me vine para quitarme de preocupaciones. de cualquier forma, no pienso yo que dios quisiera hacer el mundo como un valle de lágrimas. ay, qué mal saben la historia los que no la han vivido; ni quienes la vivieron la saben como fue… ya da igual.
aquello se acabó. qué sosiego poder hacer lo que a uno le da la gana sin molestar a nadie, y sin que nadie lo moleste a uno. por eso digo lo que digo de granada.
no sólo porque sea una ciudad hermosa en un paisaje hermoso, sino porque allí se vive como deben vivir los hombres: haciendo su santísima voluntad, y aquí paz y después gloria. gloria, o lo que sea, pero después… no sé si me explico. no sé si ya os he dicho que yo fui pintor de cámara del condestable iranzo. a mí (porque cuando me conoció yo aún no pintaba) solía decirme su miñón. era como una burla, como una burla zalamera. su miñón me llamaba… claro, yo entonces tenía otra presencia; yo era bonito, aunque a su alteza le parezca mentira. la vida es como un borracho cogido a nuestro brazo: anda a tumbos, y nos empuja a donde no queremos ir… lo que le pido a su alteza es que no le cuente a nadie lo que le cuento yo. aunque no es nada, comparado con lo que podría contarle… muerto el condestable (yo estaba tan cerca de él que me salpicó su sangre), muerto él, ¿qué iban a hacer conmigo? yo creo que no me apedrearon porque ni siquiera me vieron; tantísimo los cegaba el odio, que si no… me fui de jaén disfrazado de campesina, qué le vamos a hacer. me fui primero a baeza y luego a úbeda, que, de no ser por el frío, allí me habría quedado, porque también en ellas hay mucho señorío. pero además ya no quería yo servir a un señor fijo. el condestable era mucho señor, ya yo tenía bastante… su miñón me llamaba. y me hacía regalos, y me puso un maestro de pintura, y estaba todo el día, cuando no tenía que cumplir con la guerra, imaginando fiestas y tramoyas para altares y comedias y autos. poníamos las iglesias que daba gozo entrar en ellas. su miñón me llamaba… yo he pintado a los condes de arcos, y al marqués de cádiz, y al duque de medina sidonia, que tiene un geniecito que se las trae. pero no es gente guapa, las cosas como son.
gente engreída, ufana de sí mismas, que se creen reyes porque no han estado nunca con reyes de verdad. como su alteza, dios lo bendiga, que a cien leguas se ve que ha nacido rey, y para rey. y que se morirá (el cielo no lo quiera) siendo más rey que nadie.
el retrato avanza muy despacio.
podría decirse que no avanza.
quizá por interés del autor, que se desahoga conmigo, mezclando el castellano y el árabe como en una ensalada jugosa y verde. me representa con una alcandora pespunteada en rojo, y con una jaqueta entreabierta, en la que ha dibujado, en lugar de los caracteres árabes, que no conoce, unas flores de lis a un lado y unas pequeñas rosas al otro, geométricamente dispuestas a imitación del gusto nuestro. en la cabeza me ha puesto un bonetillo que a mí no se me habría ocurrido ponerme en la vida.
pero imagino que, para la finalidad del retrato (dada la zorrería de don fernando, no sé cuál es tal finalidad, aunque me temo que el afecto no sea), bueno será. ya me hizo suficiente favor el pobre millán con pintarme una corona -aún no está del todo rematada- de las que ostentan las personas reales en las monedas cristianas y en los cuadros y en las estatuas fúnebres, y que a nosotros tampoco se nos ocurriría ajustarnos en mitad de la frente por elementales razones de comodidad.
hoy, a primera hora de la tarde, estaba adormecido después de la comida. se me había resbalado de la mano un libro de yalal al din rumi. ignoro con qué excusa ha conseguido millán de azuaga que le permitieran entrar. yo fingí que seguía dormido, porque me faltaba el ánimo para escuchar su cháchara. pesaba el calor como una espesa manta; la flama que venía desde las altas ventanas era como el vaho de un horno, y a las cortinas no las agitaba ni la más leve brisa. el pintor me ha llamado en voz muy baja, no sé si para despertarme o para comprobar que no me despertaba.