– alteza -musitaba-. alteza.
se ha acercado con sigilo al diván; me ha rozado el pie izquierdo, del que se había desprendido la babucha; he sentido su leve tacto como si de mí saliese vida.
al imaginar su expresión, sus ojos, sus labios, me ha costado un esfuerzo no echarme a reír, o quizá no echarme a llorar. me ha acariciado el pie, con mayor efusión a medida que aumentaba su confianza en mi sueño. me lo ha besado, y he notado en mi piel la humedad de su beso. he escuchado un suspiro tenue, que era casi un sollozo. me he removido para que advirtiera el riesgo que corría; no por mí, sino por los posibles vigilantes. murmuraba algo breve y apasionado para sí mismo. me he vuelto hacia él, y lo he visto, a través de las pestañas, en pie, contemplándome con un gesto de adoración, ladeada la cabeza. tenía mi babucha entre las manos, recogida contra su pecho.
sin hacer ruido, se ha sentado sobre el taburete que no usa jamás mientras me pinta.
– delante de su alteza -dice-, no me consentiría yo sentarme; aunque su alteza, que es un rey de cuerpo entero, me lo autorice.
se ha sentado, y ha apretado uno contra otro los muslos. estaba hecho un ovillo. acariciaba y besuqueaba la babucha mirándome, mirándome sin verme, porque, si me hubiese visto, habría adivinado que yo lo veía a él. salía de sus labios un resuello entrecortado.
he percibido en él un deseo tan grande de mi cuerpo que se me han alterado los latidos del corazón, como quien presencia un agudo peligro para otro muy cerca de sí mismo. pasado un instante interminable, ha lanzado un suspiro muy hondo, supongo que cuando se ha vertido. echó luego hacia atrás su pobre cabeza casi calva, dejó caer los hombros que tenía encogidos, y se le escurrió la babucha de las manos. durante unos momentos permaneció inmóvil. después ha vuelto a suspirar con una indecible congoja. se ha levantado; ha recogido la babucha del suelo; la ha puesto donde la encontró, y, sin el menor ruido, de puntillas, girando la mirada para verme una vez más, ha salido de la estancia.
la otra mañana, mencía, la sobrina del comendador alarcón, ha venido a visitarme con un cachorrillo de perro entre los brazos.
una perra del castillo ha parido nueve; en un arroyo vecino, metidos en un saco, han ahogado a todos menos a éste. es barrigoncillo y rubio. oscila su cabeza buscando con el hocico la teta de la madre, porque aún es ciego. casi tanto como su dueña, que me mira con ojos pálidos y un poco estrábicos, y que no sabe exactamente dónde estoy hasta que oye mi voz.
– ¿cómo se llama? -le he preguntado por medio del intérprete.
en tres o cuatro ocasiones, ella, sin proponérselo, ha logrado, con su aire inofensivo y veraz, que olvide mi falsa ignorancia de su lengua, que hablo, por cierto, cada día mejor, aunque a solas.
– no tiene nombre aún. no ha sido bautizado.
se ha ruborizado su frente al pensar que me molestaba la mención del bautismo, o al pensar que se refería a un perro.
– ”hernán” es un bonito nombre para un cachorro -le he dicho.
– ”¿hernán”, como si fuese una persona?
– no creo que a él le importe: los perros no son rencorosos.
mencía ha sonreído. con una sola mano ha levantado en alto al cachorro, y le ha acariciado con la otra el hociquillo redondo y sonrosado.
– ”hernán. hernán” -le ha dicho con mimo. el cachorro ha movido la cabeza redonda en un signo de afirmación.
– ¿lo veis? ya ha aprendido su nombre.
al reparar en la gracia que el cachorro me hacía, me lo ha regalado para que me acompañe. sospecho que, si me lo da, es con la intención, quizá inconsciente, de buscarse una disculpa para poder venir a preguntar cómo está, y si se porta bien, y si lo quiero todavía.
– qué suerte tiene “hernán” -ha exclamado, mientras sus ojos trataban a tientas de encontrarme.
– más que sus ocho hermanos, desde luego.
– no lo digo por eso -murmuró, y añadió enrojeciendo-: vivir no es siempre bueno. depende tanto de con quién se vive…
barrunto que se ha enamorado de mí. es lógico; no porque yo sea atractivo o amable, sino porque soy el único hombre aquí del que su alcurnia la dejaría enamorarse. lo que yo de mi parte no pongo, lo pone ella con creces.
doña mencía es medio boba -ha dicho millán de azuaga al ver el cachorro, que todavía está mamando de su madre, y que me traen de cuando en cuando-. este chucho va a ensuciar la alcoba de su alteza.
la desventurada doña mencía no sabe qué hacer para llamar vuestra atención. como si los demás fuésemos ciegos, y no nos diéramos cuenta. habría que ser tan ciego como ella, que está todo el santo día dándose topetazos contra las puertas y contra los criados… me ha dicho su tío que tengo que pintarla antes de irme. de ser así, preferiría no irme. porque no es un plato de gusto pintar a una mujer que no se sabe nunca adónde mira. ya verá su alteza cómo tendré que pintarla de perfil.
– ese pintor azuaga -ha dicho mencía- siente tal devoción por vos que no se le cae el “su alteza” de la boca. habla como si os conociese de toda la vida. ‘a su alteza le gusta tal comida’, ‘a su alteza le disgustan los ruidos a tal hora’… lleva menos de un mes en el castillo y ya manda y dispone en vuestro nombre más que vuestros sirvientes. la gente, que no es tonta, sabe muy bien de qué pie cojea.
– ¿es que cojea de un pie?
– yo, como comprenderéis, no lo he notado.
– por supuesto -dije refiriéndome a su vista.
– pero he oído decir a todo el castillo que cojea de un pie.
así, en esta peregrina compañía, a la que prefiero con mucho la de “hernán”, transcurren los días, las noches, las semanas. con una irremediable y abrumadora monotonía. menos mal que “hernán” crece, y cambia, y empieza ya a morder con una absoluta falta de respeto. y si sólo fuese morder lo que hace sin respeto…
desconozco a ciencia cierta qué van a decidir sobre mí los de fuera: ni los míos, ni los contrarios, si es que los míos no son también contrarios. hay horas en que me descorazono y me gustaría morirme antes que seguir pasando por el tiempo como quien nada en el vacío. horas en que me interrogo para qué vivo, qué significo y para quién… comencé a leer por distraerme y aprender algo de lo muchísimo que ignoro; comencé a escribir para mis hijos con una porfiada y gratuita esperanza. ahora ya no sé por qué hago lo uno ni lo otro; ahora me da lo mismo leer que no leer, escribir o dejarlo. la esperanza se ha muerto antes que yo.