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hernán’ ha cumplido un par de meses. ayer pedí que lo dejaran pasar la noche conmigo, y mandé poner para él un cojín a los pies de mi cama. como era la primera noche sin su madre, lloriqueaba con incansable obstinación. sentía la soledad como un dolor desacostumbrado e insufrible que no se amortiguaba. no quise avisar a los criados. cuando prendía el hachero, me miraba desde abajo, quieto y triste, dejando ver dos lunillas crecientes en sus ojos. fuera de mí, nunca he presenciado de cerca tanta orfandad, tal desamparo, una criatura viva y próxima tan inerme y tan tierna. “din” siempre actuó con mayor seguridad.

me puse en cuclillas frente al pequeño “hernán”, fui a acariciarlo para probarle mi solidaridad, y se dio repentinamente la vuelta.

se quedó boca arriba, con la pancilla al aire, indefenso, gordito, desvalido, encogidas las patas, más crecientes que nunca las lunas de sus ojos. el hombre es un animal como los otros que, si piensa suficientemente, deduce que es un animal como los otros: ésa es toda la diferencia. lo que pasa es que el hombre no piensa suficientemente casi nunca. tuve una apremiante tentación de coger al perrillo en mis brazos y acunarlo, pero era preciso que se educara desde el primer momento. adin” lo retiraban de mi lado cada noche, salvo aquélla en que me despertó a lametazos porque había resuelto recuperarme y no escapar de mi dominio… “din”, y ahora “hernán”.

los otros que he tenido eran perros de caza, acompañados por el resto de la traílla. pero éste aquí está solo. igual que yo.

solo’ me repetí mientras apagaba el hachero. ‘qué fatigoso acostumbrarse.’ y luego, en alto, a “hernán”: ‘es necesario adquirir buenas maneras si quieres convivir con los demás. los hombres os exigen lo que ellos no hacen nunca.

no te puedo coger. a la soledad nos acostumbramos todos, ya lo comprobarás. ¿no me he acostumbrado yo, desde que tenía tu edad sobre poco más o menos?’ “hernán” gimoteaba. parecía cansarse un momento, pero era sólo para gimotear más fuerte. yo, apenado, cumplía mi triste obligación de hacerme el sordo. hasta que el cansancio me adormeció.

de improviso, me despertó el silencio. ‘pronto ha aprendido.

es muy listo’, pensé. prendí la luz. el cojín de “hernán” estaba vacío. no tuve más remedio que reírme. y tan listo: “hernán”, acomodado junto a mi almohada, estaba por fin satisfecho y dormido.

aún suspiró un poquito. lo dejé.

si mi contacto lo acompañaba, ¿cómo podría negárselo? ¿no era para acompañarme para lo que yo lo había aceptado? ¿es que no sucede lo mismo con los hombres? su manera de darnos compañía es pedírnosla, hacer que nos sintamos imprescindibles para alguien, erigirnos por amor en padre y madre y dios. yo, persuadido de que acababa de perder también la batalla de las buenas maneras, me dormí abrazado al cachorro. los dos dormimos bien.

las diligencias de mi rescate se han iniciado ya. no se me oculta que serán menos impetuosas de lo que desearía. el alcaide comendador ha recibido orden de informarme puntualmente de ellas. no sé lo que el rey fernando entenderá por eso: imagino que ponerme al tanto de lo que a él puntualmente se le antoje.

los primeros pasos, por lo visto, fueron los de mi padre. los dieron dos emisarios consecutivos.

el dueño y señor de granada envió, en primer lugar, a un caballero sevillano al que otorgó la libertad con tal motivo; por lo que me dicen, se trata de don juan de pineda. con el achaque de negociar la liberación de otros cautivos, se presentó ante el rey fernando para exponerle una de estas dos pretensiones: o la prolongación de mi cautiverio, o, aún mejor, el canje de mi persona y las de mis más notorios partidarios a cambio del conde de cifuentes, asistente de sevilla, preso en granada desde lo de la ajarquía, y de otros caballeros que eligieran los reyes. el segundo emisario, con idéntica propuesta, ha sido un mercader de génova, francisco centurión, relacionado por su comercio con la corte cristiana. sin duda la máxima aspiración de mi padre es conservarme preso en su poder, lo que le ofrece más garantías que el hecho de que me halle en poder del enemigo; aunque lo que más garantías le ofrecería -y temo que sea su determinación última- es no conservarme en absoluto, ni libre ni cautivo. el mejor competidor es el competidor muerto.

por su parte, mi madre ha enviado a aben comisa con aalacer y otros nobles. propone, por mi libertad, un pago anual de doce mil zahenes -que equivalen a unos catorce mil ducados castellanos, me dice alarcón- en concepto de parias y acatamiento del señorío de los reyes (o sea, que se resigna a reconocer el vasallaje, lo que es en ella una arrolladora declaración de amor); la entrega de cuatrocientos cautivos de los que se hallan en las mazmorras de la alhambra, más sesenta cada año durante cinco (con lo cual se asegura taimadamente de que los reyes me repondrán y mantendrán en el trono), y, como rehenes, diez jóvenes hijos de dignatarios adeptos a mi causa. insinúa que acaso podría subir el número de cautivos entregados, según su rango e importancia, e incluso el montante del rescate en dinero. pero parece ser que los reyes exigen, además de los diez o doce jóvenes rehenes, a mi hijo ahmad, que no tiene más de dos años, y a mi hermano yusuf.

esta condición última sin duda desalentará a mi madre. ella, en donde está y sin mí, puede conseguir que mis partidarios proclamen a yusuf en lugar mío; o, si mejoran las circunstancias y se ve con influjo suficiente, que se le conceda la regencia de mi hijo. jugar esas dos posibilidades contra una sola, y tan amortiguada, le parecerá correr un riesgo demasiado grande.

la conclusión a que llego -y temo que los reyes también- es que, por lo pronto, continuaré cautivo; digan lo que quieran, para todos soy más útil aquí.

no hacia falta que, de fuentes que no mencionaré, me hayan llegado otras noticias. los reyes, aún antes de considerar las ofertas, se han planteado la conveniencia de liberarme o de mantenerme en prisión. dos opciones predominan entre los grandes del consejo. don alonso de cárdenas, maestre de santiago, a la cabeza de uno de los bandos, entiende que es más beneficioso continuar la guerra estando yo en porcuna y apartado de ella; de esta forma se actuará contra un sultán viejo, enfermo y no amado por sus súbditos, en lugar de ir contra un caudillo joven, rodeado de fervorosos partidarios, valiente y muy querido. conmigo en libertad -opina el maestre, exagerando más de lo imaginable lo que a mí se refiere-, la conquista sería más gravosa y más cruenta.