por el contrario, don rodrigo ponce de león, el influyente marqués de cádiz, juzga que, una vez obtenidas las condiciones más favorables, debería concedérseme la libertad. mi libertad -razonasería muy útil para atizar aún más el fuego de la discordia entre mi padre y yo, entre sus partidarios y los míos; las luchas intestinas desangrarían definitivamente nuestro reino, y se desperdigarían nuestras fuerzas en guerras civiles y en odios de partidos, encaminándonos así apresuradamente a nuestra propia destrucción.
es incuestionable que el marqués de cádiz, nacido en la frontera y ejercitado en ella, nos conoce mejor que el maestre de santiago. a pesar de ello, ¿qué resolverá la astucia de fernando, tan superior a la de todos?
mientras aludía una vez más a la incógnita batalla de estepa, en la que él era el arcángel miguel, el alcaide -no sin envidia y con algún comentario zizañoso- me ha enumerado las recompensas que los reyes han tenido a bien conceder al conde de cabra y al alcaide de los donceles por haberme aprehendido.
sin un aviso previo, ha llegado ya el frío. aparte de la chimenea, que aún me produce espanto, pues es tan grande que podríamos don martín y yo conversar dentro de ella, he solicitado un brasero, junto al que me encuentro más cómodo y seguro. como si de una conseja castellana se tratase -de las que ellos cuentan para aliviar el aburrimiento en las largas noches al amor de la lumbre, que es el único amor de que disfrutan-, el alcaide me ha puesto al tanto de lo sucedido en vitoria, una ciudad del norte de la península, donde los reyes tienen su residencia ahora.
allí la reina trata de la boda del príncipe don juan con una princesa de la casa de francia.
[esa boda no se hizo. al infeliz príncipe lo casaron con una archiduquesa austríaca muy voraz de los placeres de la carne; tanto, que agotó la salud y la vida de su esposo. a los médicos y confesores que insistían en separar sus cuerpos, ya que con tanta unión se aniquilaba el del joven marido, la reina, capaz, con tal de mantener su voluntad, hasta de tirar piedras contra el propio tejado, solía responder: ‘lo que dios ha unido no lo desuna el hombre.’ con lo cual se quedaron sin el único heredero masculino. no todas las mujeres se asemejan, pero doña isabel y mi madre, sí, y mucho. a mí la reina no tuvo escrúpulos en separarme de moraima; se conoce que el enemigo se le mide con los preceptos de otro dios: el cruel dios de la guerra.] tío y sobrino llegaron a vitoria por separado; desde la polémica de lucena han roto entre ellos toda relación. fueron acogidos -algo mejor el tío, al parecer- por otros señores y el cardenal de españa. los condujeron ante los reyes como suelen los cristianos, entre añafiles y trompetas. les otorgaron privilegio de asiento ante las regias personas, lo que es mucho, y los convidaron a cenar. doce platos sirvieron; cada vez que traían uno nuevo, tocaban atabales y ministriles. luego se dio una fiesta, a la que asistió la infanta doña isabel, prometida del rey de portugal, y otras treintaitantas damas muy ataviadas de brocado y chapado. [esta infanta es a la que después llamaron “reina santa”. enviudó hallándose en su primer embarazo, y a poco murió también su hijo, que iba a heredar españa y portugal. volvió a casarse con el siguiente rey de portugal, cuya boda se había pactado con una hermana de ella; pero se casó con la estricta condición de que en aquel reino se implantase el tribunal de la inquisición, aún no disfrutado por él. como dicen aquí en fez, feliz rama la que se parece a su tronco.] danzaron todos, hasta los reyes; pero como hacen ellos: por parejas de damas con damas y de caballeros con caballeros, lo cual no sé si a la larga resulta divertido, aunque sí púdico. el alcaide no me aclaró si es que luego, cansados de danzar, cenaron otra vez, o es que los convidaron también al día siguiente.
don martín, a esas alturas, prefirió volver a hablarme de su misteriosa batalla de estepa; lo otro era para él demasiado ligero. él gusta de remitirse a la “época de oro” de la reconquista -es su expresión-, en donde las hazañas no eran tan bien pagadas.
– salvo la excepción, claro está, de que esos caballeros tuvieron la fortuna de coger por los pelos a un rey moro.
yo he sonreído, pero sin responder, ni interrumpirle, ni mencionar mis pelos; porque, más que con la época de oro, estaba gozando con el relato de la fortuna de mis aprehensores. a fin de cuentas, en premio de su victoria y de mi prendimiento, les han concedido la prerrogativa de traer dentro de sus escudos de armas, de ahora en adelante, la cabeza del rey de granada.
– blasón que por primera vez aparece entre la nobleza cristiana -manifestó don martín innecesariamente.
y, acoladas a su alrededor -o sea, a mi alrededor-, y a manera de orla, las veintidós banderas que en la batalla nos fueron arrebatadas.
según el alcaide, que asegura haberlo visto ayer por la mañana, en el nuevo escudo del conde se muestra el medio cuerpo superior de un sultán con su corona y su turbante, y asida a su cuello -es decir, a mi cuello-, una cadena en señal de perpetua servidumbre, en medio de un radiante y memorable nimbo circular de banderas.
yo me he llevado la mano al gaznate con una expresión un tanto boba, con la sospecha de que mi liberación se halla aún remota: formar parte de un escudo no es, entre esta gente, cosa baladí.
asistía a la entrevista la sobrina del alcaide, que, con dulzura, ha procurado mitigar lo zahiriente del relato.
– no os hagáis mala sangre, alteza. ni ellos son grandes de castilla, ni pone vuestro nombre en el blasón.
yo he pensado que, aunque lo pusiera, ella, tan corta de vista, jamás lo leería. y que, si fuesen grandes de españa, quizá también habrían incluido en el escudo mi medio cuerpo inferior. ninguno de los dos pensamientos me ha consolado. el alcaide no me consintió seguir pensando.
– tío y sobrino, que andaban agarrafados por el protagonismo de la hazaña, como si el protagonista no fueseis vos, han vuelto a agarrafarse por el lema que cada uno ha escrito debajo del escudo. el sobrino eligió un versículo de la carta primera a los corintios del apóstol san pablo (es uno de nuestros libros santos), que reza: