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”‘haec omnia operatur unus’“, lo cual viene a decir:

uno solo hizo todo esto’, para dejar bien claro que él y nadie más fue quien os aprisionó. pero, enterado el tío, ha elegido una cita del evangelio de san juan para sintetizar el argumento de toda la aventura:

”‘sine ipso factum est nihil’“, que se traduce por: ‘sin él no se hizo nada’, para que el mundo entero sepa que su participación fue la decisiva. ¿qué no habría tenido que poner yo en mi escudo después de la gloriosa degollina de estepa?

yo me distraje preguntándome si el mundo entero estaría pendiente de cómo, quiénes, cuándo y dónde me prendieron a mí. no me atrevo siquiera a transcribir lo que me contesté.

como las campañas descansan en invierno, se han acogido al castillo varios caballeros calatravos.

hay alguno muy joven. los cristianos han celebrado con ceremonias muy solemnes y con grandes festines el nacimiento tanto del profeta jesús como del nuevo año. durante unas jornadas todos parecieron inusitadamente alegres, a pesar del frío que, como cuchillos, se filtra por las rendijas de puertas y ventanas. todos, menos millán de azuaga, que ha venido a despedirse con la cara arrugada de un niño invadido por el terror.

– suceda lo que quiera, alteza, no os olvidaré nunca -ha dicho, y su boca se fruncía con un gesto de llanto.

se ha dejado caer de rodillas para besarme la mano. yo, con la que me dejaba libre, le he dado unos golpecitos de ánimo en la cabeza: lo preciso para que se desmoronara. ha roto a llorar, y gritaba repitiendo:

– soy un desgraciado, señor.

muy desgraciado. muy desgraciado.

un guardián lo sacó a viva fuerza de la estancia.

– no os olvidaré. adiós. no os olvidaré… nunca…

gemía, en tanto lo arrastraba el guardián, asiéndose con sus menudas manos al marco de la puerta.

ha sido tan desgarradora y brusca su despedida que me he interesado por los motivos. uno de los sirvientes me cuenta que millán de azuaga fue sorprendido mientras era sodomizado por el hijo mayor del carpintero. a los dos se los han llevado a córdoba, donde serán juzgados. es probable que mueran en la hoguera, como ejemplo para los demás.

– hay que tener un cuidado exquisito -me ha dicho el maestre-.

una manzana puede corromper toda la cosecha. si no se castigase con la muerte el pecado nefando, ¿en qué terminarían estas guerras que hacemos por el honor de dios?

traté de interceder, pero él cortó de un tajo la conversación.

– nada de lo que ocurra, a partir de ahora, dependerá de mí.

los relapsos se encuentran bajo el poder del brazo religioso. a través de él, dios los sancionará.

por nada de este mundo intervendría yo en un asunto tan deshonesto y repugnante.

me estremezco al pensar qué fuerte ha de ser el deseo, o el amor, de un cristiano para exponer así su vida -incluso, dentro de su fe, la vida eterna- por gozar o poseer un cuerpo. ellos transforman los juegos de la carne en algo tan infinitamente temerario y tan comprometido, que me inclino a sentir admiración por los amantes.

su intrepidez al arriesgar la eternidad entera por un beso me parece risible y prodigiosa al mismo tiempo. con razón han inventado lo que llaman sacramento de la penitencia, y el secreto que, por lo visto, se obligan a guardar sus sacerdotes; si así no fuese, no podrían soportar esta vida insustituíble, que han convertido sólo en el precio siniestro y usurero de la otra. entenderlos se me hace inalcanzable.

qué distinta es nuestra doctrina, o nuestro talante por lo menos, y, a mis ojos, qué preferible. sobradas penas tiene el hombre como para incrementárselas con el helador concepto del pecado, que otros hombres se creen con derecho a perdonar o castigar aquí.

el pecado personal, si es que lo hay, tendría que diagnosticarse en el interior de cada cual.

claro que, eso sí, el criterio cristiano enardece el sentimiento y multiplica la voluptuosidad con el fatídico atractivo de la transgresión. pero yo me pregunto qué religión tiene derecho a juzgar y condenar, ni aun a pensar que existen, los pecados de amor.

la mala suerte del desventurado millán de azuaga y de su carpintero me ha traído a las mientes un poema que, sin saber por qué, retuve en la memoria. es de un valenciano que lo escribió hace más de trescientos años. al rusalfi fue su nombre.

aprendió mi amado el oficio de carpintero, y yo me dije: acaso lo aprendió mientras con sus ojos asierra corazones.

desdichados los troncos que él trabaja cortándolos, o tallándolos, o hiriéndolos con su hacha.

ahora que son sólo madera pagarán su delito: porque, cuando eran ramas, se atrevieron a copiar la esbeltez de su talle.”

afirman que este invierno es singularmente frío; debe ser cierto. de cualquier manera, aún hace más frío, cuando el sol se retira, en granada. aquí, metido dentro de la chimenea, arropado con el abrigo que me ha hecho llegar moraima (‘cosido por mi mano’, escribía en el escueto billete que lo acompañaba, un tanto anodino, presumo que para eludir la curiosidad de mis guardianes), tirito sólo al imaginar el frío insuperable de las calles y patios de la alhambra. si yo elegí el palacio de yusuf III fue, entre otras cosas, por ser el más recogido al estar más abajo que el de yusuf i y el de mohamed v.

escribió alguien:

granada, ninguna ciudad es semejante a ti en belleza, ni en egipto, ni en siria ni en irak.

tú eres la novia, granada: el resto de las ciudades es tu dote.”

evidentemente acertaba. pero también acertó un poeta de santarem, ib sara, cuando, aterido y tembloroso, se dirigió a los granadinos:

gentes de este país, absteneos de orar, y no evitéis ninguna de las cosas prohibidas: así podréis ganar un lugarcito en el infierno, donde el fuego es tan de agradecer cuando sopla el viento del norte.”

tuvo razón ibn al hay -hoy, ante el campo yermo, se me va el corazón con los poetas- al escribir:

dios protege a quien habita en granada, porque ella alegra al triste y acoge al fugitivo.

sin embargo, mi compañero se aflige al comprobar que sus prados, bajo el frío, son el paraíso del hielo.