mañana al alba sale para cuenca.
se va a vivir a casa de una vieja tía, que habita en una aldea perdida a la orilla del huécar.
mencía es huérfana; tenía la esperanza de conocer a un caballero fronterizo que la hubiese hecho su esposa. no ha sido así. hoy mencía lloraba y nada más.
el capellán, con la cara inflexible y el ruido de espuelas que lo anuncia, vino a recogerla, y se la llevó, entre sollozos, sin contemplaciones.
– yo creo que la trasladan para evitar el roce con nosotros, y el excesivo afecto que te demostraba.
¿no has visto el ceño del capellán?
– sí, pero se la llevan por otra razón. qué lerdos sois los hombres.
– no te entiendo -le he confesado a moraima.
– mencía está embarazada. uno de los calatravos que estuvo aquí por las fiestas de navidad la sedujo, o quizá ella a él. mencía se niega a decir quién es el caballero, probablemente porque será casado. y ahora su tío la devuelve a su tierra para que dé a luz a escondidas, sin duda fingiendo ser una cuitada viuda de guerra.
– ¿cómo puedes haber inventado semejante infundio? los hombres seremos lerdos, pero las mujeres tenéis unas lenguas todavía más venenosas que ágiles.
– si ese infundio lo ha inventado mencía, no lo sé; pero es exactamente lo que ella me contó.
nunca un hombre acabará de conocer un alma femenina. lo que entre ellas se trasluce, con meridiana claridad, de un parpadeo, de una manera de sentarse o de enhebrar la aguja, constituye para nosotros un secreto insondable.
de nuevo, y no por motivos del todo diferentes, sale otro de mis compañeros del castillo. me quedé sin el desventurado millán de azuaga -que, en efecto, fue quemado en córdoba- y ahora me quedo sin mencía. por fortuna mi buen hado me ha traído a marién.
nasim el eunuco me envía, de tanto en tanto, un mensajero. no sé cómo se las arregla para hacerlo a escondidas de los dignatarios de la alhambra, y también de mis guardianes de porcuna. nunca se ponderarán bastante las argucias de un eunuco avispado. nasim tiene la habilidad de resistir indemne en granada y de satisfacerme aquí.
sé que no es fiel a ninguna de las partes, sino infiel a las dos; pero, aun así, su deferencia nutre mis ilusiones de que no todo esté perdido. su mensajero trae consigo noticias escritas, no muy profusas, de cuanto acaece. imagino que aligera lo que a mí me pudiese apenar. yo lo suplo, sin embargo, cargando las tintas en lo que me parece lógico, aunque sea en contra mía, y sus mensajes me ayudan a sobrellevar este aislamiento.
las crónicas, por llamarlas de alguna manera, que me ha remitido en el mes de septiembre son alentadoras. veo cómo van asentándose las cosas, conducidas de la mejor manera a su fin, que acaso sea el nuestro.
desde la primavera, los cristianos no han echado pie a tierra, sin ocultar su prisa por asegurarse la dominación de todo el territorio. los hechos colaboran con ellos: a partir de primeros de año, a causa de su debilitación, mi padre ha delegado sus poderes en mi tío “el zagal”, cuya estrella brilla y se alza más cada día.
la campaña castellana empezó en abril con unas operaciones secundarias: la ocupación de dos plazas fortificadas, coín y cártama, y la toma de los castillos de almara y xitinin. poco después, ante su acoso, se rindieron dos ciudades situadas a muy poca distancia de málaga, que es la más próxima ambición del rey fernando: campanillas y churriana abren, en efecto, el camino hacia nuestro puerto primordial. sin embargo, mi tío lo ha fortificado y se encuentra bien guarnecido, por lo que fernando desistió de momento.
pero sólo para urdir una trampa: planeó con sutileza un falso ataque a loja, ciudad estratégica por ser la llave del camino de granada, y logró que mi tío se dirigiese a ella con sus tropas. cayó así en el garlito, porque el auténtico grueso del ejército cristiano se apostaba en ronda, que domina y sostiene todas las poblaciones nazaríes hasta la costa, pero de la que ya escribió ibn al jatib que los enemigos le tenían cogido el fleco de la túnica.
a ronda la defendían sus numerosos habitantes, reforzados por los gomeres, y, sobre todo, por su situación. el día 8 de mayo la vanguardia castellana, capitaneada por el marqués de cádiz, avistó la ciudad, de pie sobre sus farallones, blanca y cerrada, atractiva como ninguna otra para cualquier consquistador, precisamente por su larga historia de tentativas malogradas. los continuos disparos de la artillería sitiadora, para la que no estaba prevenida, desmantelaron el día 17 sus murallas. y el 19 cortaron los asaltantes el suministro de agua, con lo que se sumó al cerco la terrible amenaza de la sed en un mes de mayo caluroso. dos días más tarde, el visir ibrahim al hakim destacó un parlamentario con la propuesta de la rendición. fue la contumacia de los cristianos y su inconmovible propósito de no moverse de allí lo que más influyó en el ánimo de los sitiados. el visir obró con cordura para evitar una mortandad inútil, aunque muchos de los que no eran vecinos de ronda, y estaban por tanto libres de sus angustias, opinen lo contrario. el día 20 mayo ronda capituló. por consiguiente, capitularon las aldeas de la serranía y marbella. la resistencia nazarí por la frontera occidental, había sido, desde ese punto y hora, aniquilada.
con qué sucintas líneas se puede describir una caída mortal.
en ellas no se incluye el pavor de la gente ante su futuro, ni el hambre y el llanto de los niños, ni la sangre, ni la negra viudedad de las mujeres, ni la vejación de los varones, ni el abatimiento de los responsables, ni el hundimiento de todos. las crónicas dirán ‘ronda fue conquistada’, o ‘ronda fue perdida’, según quien las escriba; en esas tres palabras se comprendía todo el dolor de un mundo.
rabioso por el engaño, mi tío “el zagal”, que no tuvo ni tiempo de confortar a los sitiados, destruyó un destacamento que se proponía aprovisionar alhama, y clavó en venganza las cabezas cristianas en picas, para enardecer a sus huestes, desalentadas por la pérdida de ronda y todo su espeluznante significado. se encaminó luego a granada, donde fue recibido en triunfo. él conoce, sin embargo, mejor que nadie, lo comprometido del momento. los gobernantes a menudo deben aceptar el laurel y el aplauso para no deprimir a sus súbditos, a sabiendas de que con ello les hacen concebir nefastas ilusiones. pero, para un enfermo condenado a muerte, ¿qué es mejor: anunciarle con cruel franqueza su fin, o vivificarlo hasta que llegue lo que fatalmente ha de llegar? no siempre es la verdad la mejor arma.