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yo, ante su fría precisión, preferí descansar un momento y le interrogué sobre la reina. él sonrió.

– la reina se encarga de la fábrica de municiones, de los acopios de pólvora y madera, de lo referente a la intendencia, de lo referente a la recluta del ejército y de la estabilidad de nuestro lado de la frontera, que no debe perturbar la marcha de la guerra. esa marcha ha de ser más o menos lenta, pero ininterrumpida. también se atarea en lo que atañe a la rapidez de las comunicaciones, para lo que ha mandado instalar un sistema de postas. y, por si fuera poco, cuando estuve en vitoria con motivo de la recompensa que se otorgó a vuestros aprehensores, la reina expidió allí una provisión sobre el modo en que han de cooperar con nosotros las fuerzas marítimas, para barrer las costas africanas e impedir el desembarco de hombres y bastimentos. a tal efecto dispuso que pasase al mediterráneo la flota de vizcaya, y que se emplazasen apostaderos junto al estrecho, desperdigados pero abundantes, y a lo largo de la costa, las naos capitaneadas por los mejores: martín díaz de mena, charles de valera, el irlandés, garcilópez de arriarán, mosén de requesséns, álvaro de mendoza y antonio bernal.

– ¿y qué armas habrán de utilizarse, don gonzalo, para satisfacer unas demandas, si no del todo nuevas, sí notablemente mayores que hasta ahora? -fui yo quien sonreía esta vez al hacer la pregunta.

– armas de fuego mucho más poderosas, señor. los musulmanes confían la defensa de sus pueblos a la posición en que están emplazados, y por eso no suelen hacer fosos, ni trincheras, ni murallones, sino endebles tapias levantadas en planos confusos, que no resistirán, ni resisten de hecho, las colosales balas de piedra de nuestros cañones. junto a las bombardas, empleamos ya ribadoquines, cerbatanas, pasavolantes, búzanos y otros artificios. y así, los granadinos, que son muy valientes en la defensa de sus plazas, y resignados y sufridos ante las privaciones del hambre y de la sed, y temibles en sus salidas, a las que están más acostumbrados que nosotros, caen espantados y en desorden al comprobar que nuestra artillería aterra fácilmente sus fortificaciones. esto nos proporciona una ventaja no sólo por el daño material que les causamos, sino por la repercusión moral de desaliento…

si cometo, señor, la falta de reverencia de hablaros como os hablo, es porque estimo que un general, preso y apartado como vos de los campos de batalla, tiene derecho a conocer cuanto conocen quienes, en el presente, lo sustituyen fuera.

– os lo agradezco, y os ruego que continuéis.

– los principales dirigentes de esta artillería proceden de italia, francia y alemania. sin embargo, hace ya ocho años que se nombró, en toro, a micer domingo zacharías, maestre mayor de artillería, y maestres bombarderos, en sevilla, hace seis años ya, a alonso y tomás bárbara. el jefe superior es francisco rodríguez de madrid, a quien el rey, “in pectore”, tiene designado caballero. la fabricación de pólvora y de balas de piedra se hace en los mismos campamentos. con el ejército viajan carpinteros, herreros con sus fraguas, ingenieros, pedreros que buscan las canteras, y los que trabajan las piedras de cantería y las pelotas de hierro.

hay aserradores, hacheros, fundidores, albañiles, azadoneros, carboneros y hasta esparteros. un campamento, vos lo sabéis, es como una ciudad. por eso el inconveniente de llevar la guerra a tierra ajena es que tenemos que surtir precisiones a veces no previstas, con imaginación y con medios sí previstos. y, a pesar de todo, el consumo de pólvora es tan grande que, además de la que se elabora en los campamentos en morteros de piedra, la traen de barcelona y de valencia, pero también de portugal, sicilia y flandes. porque la guerra de granada, como os dije en nuestra primera entrevista, ha sobrepasado los límites peninsulares, y europa está hoy pendiente de nosotros.

se refería a la guerra con la misma compostura y vocación con que hubiese descrito su propia residencia. oyéndolo no era verosímil imaginar la muerte, el pillaje, la sangre, la felonía y el aniquilamiento. “si no hubiese sido porque yo conocía sus victorias, habría supuesto que estaba frente a un gran teórico que no se levantó jamás de su mesa de estudio, ni había traspasado las puertas de su casa.

algo, por medio de él, me confirmaba que el mundo era ya distinto.

sentí, sin explicármela, una nostalgia por los métodos aprendidos y periclitados, que había de olvidar.

– ¿y qué se ha hecho, capitán, de las antiguas máquinas? yo ya llevo años preso, y la velocidad de nuestra época…

– los trabucos e ingenios no han sido eliminados del todo. con ellos se lanzan piedras como antes, pero también carcasas, que son cuerpos incendiarios destinados a causar un daño irreparable en polvorines y pajares.

– ya entiendo -dije, y, por añadir algo, balbuceé-: sin embargo, el transporte…

– tenéis razón. es enrevesado y muy costoso. tendrá que mejorarse. a veces han llegado a dos mil los carruajes destinados al servicio de la artillería. van tirados por bueyes y divididos en grupos de a cien. para la conducción de tal impedimenta se requieren caminos idóneos, y no siempre los hay en un país tan fangoso y tan accidentado. para adecuarlo están los gastadores y los pontoneros. un dato: en doce días abrieron tres mil gastadores un camino de tres leguas, en este mismo año, para acercar la artillería a cambil. se hubo de desmontar colinas, elevar valles y abrir sendas en terrenos intransitables y aún hostiles… y el tren de la artillería cuenta con carros cuya misión es transportar la madera indispensable para los pontones que atraviesan las acequias y los arroyos, y para proporcionar los pasos sobre los barrancos y los ríos. después, por esa vía abierta, arrastrarán los carros las bombardas con las que demolemos las recias torres de vuestros alcázares… perdonadme, señor: me he excitado.