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no obstante, tal transformación se hizo con la vertiginosa paciencia con que la historia obra. en las invasiones vencen, de prisa y siempre, no los mejores, sino los más fuertes, que son los menos cultos, a cuyo lado se pondrá luego el pueblo pusilánime; lo que sucedió aquí fue lo contrario. los hispanorromanos adoptan la cultura islámica, reemplazando con ella la barbarie visigótica, que los extorsionaba y contra la que se rebelaron a menudo. y esa cultura nueva se introduce insensiblemente a través del comercio, de sabios y pensadores influyentes, de embajadas literarias y artísticas, de algunos exiliados de la revolución abasí contra los omeyas, y, en definitiva, del progreso oriental, que se ofrece como un espejo atractivo en el que se reflejan -para los andaluces sobre todo- los prósperos tiempos fenicios o tartésicos.

no hubo invasión, ni árabes; a lo largo de toda nuestra historia ha habido aquí muy pocos. ¿quién es -se me dirá- muza, en tal caso?

pero ¿existió? según mis lecturas, contaba más de setenta años cuando vino. ¿qué caudillo, con esa edad, se arriesga a tal empresa? ¿de dónde obtuvo sus ejércitos, aun tan reducidos como se asegura? ¿no son idénticas sus hazañas a las que narran las leyendas atribuidas a cualquier arráez, una y otra vez, cambiando sólo el nombre? de existir, muza habría sido un santón o un predicador, enviado quizá por el califa de entonces, o por las cofradías musulmanas más próximas, para intervenir a favor del islam en las guerras religiosas entre trinitarios y unitarios; pero es tan increíble que aun eso lo rechazo.

¿y quién fue abderramán i “el emigrado”? se dice que un omeya que escapó de la matanza de los abasíes. sin embargo, nadie se refiere a los caudillos “invasores” que lo antecedieron; no hay ningún héroe con nombre árabe antes que él; nadie ha participado en batallas ni en triunfos. ¿cómo es esto, si con razón se dice que los árabes son imaginativos e hiperbólicos? y, si no hubo invasión árabe, ¿qué hacía aquí, en el extremo occidente, un omeya? ¿a qué venía? ¿se significa tanto alguien que huye? ¿qué representa su árbol genealógico? según él, descendía de mahoma: ¿y qué jefe musulmán no? somos muy inclinados a añadir ramas donde anidar a tan sagrado árboclass="underline" mi familia es una prueba.

si a abderramán se le emparentó con los omeyas, ¿por qué hubo de guerrear durante treinta años contra todos los “árabes invasores”, sin que nadie cayera deslumbrado ante su sangre y su progenie? y cuantos lo describen, lo describen germánico: pelo rojizo, piel blanca, ojos celestes; con los mismos caracteres que transmitió a sus sucesores. para explicar lo inexplicable, a alguien se le ocurrió que su madre sería de raza beréber; pero, ¿qué hacía en damasco una beréber teniendo hijos omeyas?

muy despacio se instaló la cultura árabe; más despacio aún, el idioma: los primeros abderramanes no lo hablan, ni sus ministros, ni sus favoritos, y a quienes lo hablan se les llama árabes sin serlo; y más despacio aún, la religión: hasta abderramán II el islam pasa inadvertido, y eulogio, obispo de córdoba, no se entera de quién era mahoma sino en el año 850, y en el monasterio de leyre, en navarra. y además al islam se le dio en andalucía una versión muy peculiar; abierta y comprensiva, proveniente de una mezcla de islamismo y arrianismo, fue una serie de preceptos de integración social, cuyo equilibrio rompió la llegada de los almorávides africanos, que los ataques cristianos forzaron a llamar: tal llegada provoca el principio de la decadencia andaluza, e incoa el dogmatismo ortodoxo, enemigo de la belleza y de la ciencia. (y, por añadidura, con cuánta ligereza emplean los cronistas la expresión “árabes de áfrica”. el caudillo almorávide yusuf -en el siglo xII ya- no hablaba aún el árabe; cuando los gráciles poetas de la corte sevillana lo reciben con elogios y versos, no los entiende; su respuesta es clara: ‘no sé lo que me dicen, pero sé lo que quieren: pan; que les echen de comer.’ he ahí un triste símbolo de todo cuanto digo.) pasado que fue el tiempo, a los historiadores de uno y otro bando les convino creer y hacer creer en una contundente invasión. a los cristianos, la irresistible fuerza del invasor los excusaba del hundimiento, ‘debido a sus pecados’; a los musulmanes los glorificaba la portentosa rapidez de la conquista.

pero eso no se escribe hasta el siglo IX; son datos inventados: unos vienen del sur, por egipto; otros, del norte, por la crónica de un alfonso III que, entre otros dislates, cuenta que en covadonga, donde germina la primera reacción, murieron por milagro de dios, que reajustó sus preferencias, cerca de trescientos mil árabes: milagro había de ser, puesto que ni había árabes, ni en aquel valle caben más de cinco mil personas. qué torpe o qué ciego es el hombre cuando decide aceptar como ciertas las consejas que le favorecen, y destroza las pruebas que las desmentirían. todo este prolongadísimo proceso de asimilación y digestión, según esas consejas, se consumó en tres años; su contraofensiva, pese a ello, ha durado ocho siglos, y dios quiera que siga.

para saber quiénes somos de veras hay que mirar mejor. la cultura y la arquitectura andaluzas -como demuestra esta mezquita de córdoba- son las premusulmanas, con influencias de lo que luego se consideró lo mejor: lo oriental, heredero del legado bizantino y del persa. los árabes, gente del desierto, desconocían la navegación y el refinamiento y las hermosas construcciones (habitaban en tiendas sobre arena), y su misión era la de convertir, no la de transmitir culturas que los superaban.

aquí, en la andalucía donde nacimos los nazaríes, existió ya tartesos, un pueblo cuyas leyes se escribieron en verso, y ni siquiera roma la civilizó, sino al contrario: andalucía le dio sus mejores emperadores y pulió a sus soldados; como le dio luego al islam su más lograda arquitectura y su sabiduría literaria y científica; como le dio a europa zéjeles y jarchas y moaxacas para que sus trovadores se inspiraran. en andalucía -conquistadora siempre de sus conquistadores, cuanto más de visitantes enamoradizos- convivieron todas las culturas, y en ella se fertilizaron unas a otras y procrearon. por culpa de la intransigencia de los cristianos por un lado, y de la intransigencia de los almorávides por otro, se apagó la hoguera maravillosa de una península que, gracias a los andaluces, fue un faro deslumbrante.