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El enano que iba detrás de Tanis volvió a azuzarlo en la espalda.

—¡No te pares, escoria! —ordenó en lenguaje enano. Se internaron más y más en la montaña llevando consigo la perdición de los enanos; y probablemente la suya.

21

Fe. Esperanza. Y Hederick

Los refugiados avanzaban penosamente por el estrecho paso. La marcha era lenta y agotadora porque tenían que ir abriéndose paso entre rocas y peñascos, siempre pendientes del encapotado cielo gris sobre sus cabezas. No veían dragones, pero sentían su presencia de forma constante. El miedo al dragón que irradiaba de los reptiles no era fuerte, ya que las criaturas volaban alto, ocultas por las nubes, pero el temor era un peso añadido para los ánimos y los hacía caminar más despacio.

—El paso es demasiado peligroso para que entren los dragones. ¿Por qué correr riesgos? —le dijo Riverwind a Elistan—. Sólo tienen que esperar a que salgamos de aquí, cosa que habremos de hacer antes o después porque no nos quedan vituallas para mucho tiempo. Una vez que salgamos a terreno abierto, nos atacarán, y no sabemos a qué distancia estamos de Thorbardin o incluso si habrá refugio para nosotros cuando lleguemos allí.

—Siento el miedo como una sombra en el corazón —contestó el clérigo— y sin embargo, amigo mío, las sombras las crea la luz del sol que tienen detrás. Hay otros ojos que nos contemplan y velan por nosotros. No estaría de más recordarle eso a la gente.

—Entonces más vale que me lo recuerdes a mí antes —dijo Riverwind—. Mi fe en los dioses está siendo puesta a prueba en exceso, lo admito.

—La mía también —dijo Elistan en tono sosegado y Riverwind lo miró con gran asombro. El clérigo sonrió.

»Pareces sorprendido de oírme decir eso. Llegar a tener fe en los dioses no es fácil, amigo mío. No los vemos, no los oímos. No caminan a nuestro lado como padres protectores en exceso que nos miman y nos consienten y nos llevan de la mano para que no tropecemos y caigamos. Creo que si lo hicieran así en seguida nos enfadaríamos y nos rebelaríamos.

—¿Es malo dudar de ellos?

—Dudar es algo natural. Somos mortales. Nuestras mentes son como un grano de arena comparadas con las de los dioses, que son tan grandes como el cielo. Los dioses saben que no podemos comprender su clarividencia. Son pacientes e indulgentes con nosotros.

—Y aún así arrojaron una montaña de fuego contra el mundo, como castigo —adujo Riverwind—. Murieron millares y muchos millares más pasaron penalidades como resultado. ¿Cómo se explica eso?

—No se puede explicar —se limitó a contestar Elistan—. Podemos sentir tristeza o ira. Eso es perfectamente natural. Me encolerizo cuando pienso en ello. No entiendo por qué los dioses hicieron algo semejante. Los cuestiono constantemente.

—Y, sin embargo, sigues creyendo en ellos —se maravilló Riverwind—. Los amas.

—Cuando tengas hijos ¿no se enfadarán nunca contigo? ¿Nunca dudarán de ti ni te desafiarán? ¿Querrías que tus hijos fueran sumisos y dóciles, que siempre acudieran a ti en busca de respuestas y te obedecieran sin discusión?

—Pues claro que no. Unos chiquillos tan débiles nunca serían capaces de valerse por sí mismos.

—¿Amarías a tus hijos si te desafiaran, si se rebelaran contra ti?

—Me enfadaría con ellos, pero los querría —respondió Riverwind en voz baja y buscó con la mirada a su esposa, que iba y venía entre los refugiados, hablaba con ellos suavemente y les daba consuelo y alivio—. Los querría porque serían mis hijos.

—Pues así es como nos aman los dioses de la luz.

Uno de los guerreros de las Llanuras se movía cerca, sin querer interrumpir su conversación, pero era evidente que era portador de noticias importantes. Riverwind se volvió hacia él y le hizo una seña a Elistan para que se quedara a escuchar las nuevas.

—La vereda marcada por el semielfo y el enano continúa montaña abajo por una antigua calzada que lleva a una pinada y luego asciende por una garganta angosta. El elfo, Gilthanas, que tiene vista de águila, divisa un agujero en la ladera. Cree que podría ser la legendaria puerta de Thorbardin.

—O una cueva... O el cubil de un dragón —dijo Riverwind.

No había acabado de expresar sus dudas cuando ya dirigía una sonrisa arrepentida a Elistan. Chotacabras sacudió la cabeza.

—Según Gilthanas es un agujero rectangular con los lados en escuadra. No es algo formado por la naturaleza. Y tampoco por un dragón.

—¿Qué tipo de terreno hay entre nuestra posición y esa puerta, si resulta que es una puerta? —preguntó Riverwind.

—Abierto al viento y al cielo —contestó Chotacabras.

—Y a los ojos de dragones y a los del ejército draconiano —añadió Riverwind.

—Sí, jefe —repuso Chotacabras—. El enemigo está ahí fuera y en movimiento. Divisamos lo que parecían tropas draconianas que salían de las estribaciones en dirección a la montaña.

—Saben que estamos aquí. Los dragones se lo habrán dicho.

—Podemos defender este paso —sugirió Chotacabras.

—Pero no podemos quedarnos aquí para siempre. Tenemos provisiones para unos cuantos días y las nevadas empezarán dentro de poco. ¿Qué aspecto tiene esa antigua calzada?

—Está bien construida. Se puede ir por ella de dos en dos con hueco de sobra, pero no hay cobertura hasta llegar a la línea de árboles que hay abajo ni tampoco la hay cuando empieza a subir por la ladera. No se ve ni un árbol ni un arbusto.

Riverwind sacudió la cabeza con aire pesimista.

—Vuelve y seguid vigilando al enemigo y ese agujero en la cara de la montaña. Informadme si alguien sale o entra. Eso podría indicarnos que hemos encontrado realmente la puerta. —Riverwind se volvió hacia Elistan.

»¿Qué hago ahora, Hijo Venerable? Parece que hemos descubierto la puerta de Thorbardin, pero no podemos llegar a ella. Los dioses nos dan su bendición con una mano y con la otra, una bofetada.

Elistan iba a contestarle algo cuando Goldmoon se les acercó.

—Pues espera a escuchar esto —dijo. Era evidente que estaba enfadada. Tenía los labios apretados y los azules ojos echaban chispas.

—¿Qué nuevo problema me traes, esposa? —preguntó con un suspiro.

—Un viejo problema: Hederick. ¿Por qué no le haría perder el equilibrio Mishakal cuando cruzaba esa cornisa...? —Goldmoon cayó en la cuenta de que Elistan estaba allí y se puso colorada—. Lo siento, Hijo Venerable, sé que está mal pensar esas cosas...

—Hederick es muy capaz de poner a prueba hasta la paciencia de un dios —dijo Elistan en tono duro—. Estoy seguro de que Mishakal debe de haber estado tentada de hacer exactamente eso. ¿Qué conflicto está ocasionando ahora?

—Le está diciendo a la gente que Riverwind nos ha llevado a la muerte, que Riverwind provocó el alud de rocas y ahora no podemos regresar a las cuevas, que estamos atrapados en este paso, donde moriremos de frío y de hambre.

—¿Qué más? —preguntó Riverwind al notar que Goldmoon había vacilado—. Dime lo peor.

—Hederick está propugnando la rendición, quiere que nos entreguemos a Verminaard.

—¡Fue Hederick el que atrajo la atención de los dragones hacia nosotros! —protestó Riverwind, enfurecido—. ¡Me vi obligado a provocar el alud porque él nos puso en peligro! ¡Debí abandonarlo a su suerte!

—¿Le presta oídos la gente? —preguntó Elistan, grave la expresión.

—Eso me temo, Hijo Venerable. —Goldmoon posó la mano en el brazo de su esposo en un gesto comprensivo—. No es culpa tuya. Ellos lo saben, pero tienen frío y están cansados y abrumados por el miedo al dragón. No pueden volver a las cuevas y les aterra la idea de seguir adelante.

—¡Saben lo que les hará Verminaard! Los mandará de nuevo a las minas.

—Lo dudo mucho —dijo Elistan—. Fue a las cuevas con intención de matar, no de capturar.

—La gente no creerá eso. Una persona que deambula perdida por territorio agreste ve como un refugio hasta una prisión —razonó Goldmoon—. Tienes que hablarles, esposo. Debes tranquilizarlos, darles seguridad. Chotacabras me comentó que los exploradores creen haber encontrado la puerta...