Выбрать главу

Cuando el hambre y la peste empezaron a ser una amenaza para el reino de la montaña, el Rey Supremo, Duncan, creyó que los neidars sobrevivirían por sí mismos y tomó la desesperada decisión de clausurar las puertas. Los neidars se enfurecieron. También ellos se enfrentaban a la hambruna y las enfermedades y, lo que era peor, sufrían los ataques de goblins, ogros y humanos desesperados. Rompieron las relaciones con los enanos bajo la montaña y les declararon la guerra con resultados desastrosos. Los neidars seguían teniendo su asiento en el Consejo a pesar de que no se había ocupado durante siglos.

Los kiars eran gentes vesánicas y algunos cuchicheaban que Reorx les había echado una maldición cuando pilló a un kiar haciéndole trampas en una partida de dados. Una vena de locura aquejaba al clan. En cada familia kiar al menos uno de sus miembros estaba total o parcialmente loco. Por ello, los kiars tendían a ser reservados, cosa que no les venía mal porque eran muy diestros en el manejo de los gusanos urkhans que excavaban los túneles, en la explotación de granjas y en el pastoreo de animales. Los hylars se consideraban protectores de los kiars y éstos, a cambio, se habían comprometido a respaldar a los hylars en todo lo que hacían.

Si a los kiars los había maldecido Reorx, los daewars eran sus predilectos... O eso era lo que afirmaban ellos. Con tendencia al fanatismo en cualquier actividad o profesión que escogieran, los daewars se veían como los elegidos del dios, y muchos del clan se habían hecho clérigos dedicados a Reorx. Habían construido templos magníficos con lujosos enseres, y los altos honorarios marcados por los servicios de los sacerdotes daewars habían sufragado la construcción de templos aún más grandiosos.

Cuando los dioses abandonaron el mundo, los daewars se sintieron destrozados y consternados. Algunos de los suyos, clérigos verdaderos, desaparecieron por entonces. Los que se quedaron perdieron sus poderes para sanar las enfermedades que asolaban el reino o para echar conjuros de nutrición a las cosechas. Los otros enanos empezaron a echar la culpa de su infortunio a los daewars y atacaron sus templos. Temerosos de que sus maravillosos templos fueran destruidos, los daewars aseguraron que Reorx y los otros dioses aún seguían por el mundo, sólo que rehuían a la gente.

Los sacerdotes daewars continuaron con su rutina diaria y mantuvieron encendido el fuego en los templos de Reorx, le pidieron que escuchara sus plegarias y, en algunas ocasiones, creaban sus propios «milagros» en un intento de demostrar que había respondido a las súplicas. Los fieros soldados daewars —tan fanáticos en la batalla como lo eran sus clérigos en sus creencias— se encargaron de que otros clanes no entraran en su territorio.

A medida que pasaba el tiempo, todos salvo los más fanáticos dejaron de creer en los dioses. Algunos recurrieron a cultos que veneraban todo, desde una sagrada rata albina hasta una formación rocosa fuera de lo normal.

Muchos daewars se dedicaban a la vida militar y su clan tenía la fuerza combativa más disciplinada, aguerrida y mejor entrenada bajo la montaña. Aunque excelentes guerreros, los daewars no destacaban por su inteligencia o creatividad. Como rezaba el dicho: «La barba les crecía en el cerebro.»

Los daergars era una rama del clan theiwar y sus semejantes aún los consideraban enanos «oscuros». A los daergars se los acusó de haber conspirado contra los hylars durante la Guerra de Dwarfgate y fueron desterrados por el rey Duncan a las zonas más profundas de la montaña. Eso no fue una penalidad para los daergars, ya que llevaban mucho tiempo trabajando como mineros y eran habilidosos en descubrir y extraer los valiosos filones, ya fueran de hierro, de oro o de plata.

La pérdida de los ingresos de la minería asestó un duro golpe a la economía de los trabajadores, y los daergars se habían hundido en la miseria y la degradación. Matones y pandillas se adueñaron de las calles del territorio del clan a medida que los enanos empobrecidos se buscaban la vida por cualquier medio, casi siempre deshonesto.

Los daergars culpaban de sus problemas a los hylars y creían que el cierre de las minas era un complot para destruirlos. El thane hylar, Hornfel, temía que los daergars y los theiwars planearan unirse con la intención de derrocar al Consejo y hacerse con el control de Thorbardin. Hornfel hacía todo lo posible para ser conciliador con los dos, pero en lugar de conseguir su propósito el resultado había sido que ahora lo consideraran débil.

Resultó que Hornfel había actuado demasiado tarde. Theiwars y daergars no planeaban aliarse, sino que ya lo habían hecho y además tenían nuevos y poderosos aliados que los ayudaban en su causa.

Los aghars, conocidos como enanos gullys, también tenían un asiento en el Consejo, para la perplejidad general del resto de Krynn. Denigrados por todas las razas, ignorantes hasta la saciedad y notoriamente cobardes, los gullys no eran verdaderos enanos; al menos eso era lo que los enanos aseguraban siempre. Se decía que los gullys tenían algo de sangre gnoma (cosa que, por supuesto, los gnomos negaban). En cuanto a las razones de que los aghars hubieran recibido un asiento en el Consejo, era algo que databa de los primeros tiempos, cuando Thorbardin aún se estaba construyendo.

En aquel entonces, el clan de los theiwars era el que dirigía a los Enanos de la Montaña. Sin embargo, al ver que los hylars ganaban poder, los theiwars quisieron asegurarse la mayoría en el Consejo. Como habían aterrorizado e intimidado a los gullys durante mucho tiempo, los theiwars creían que seguirían coaccionándolos y los forzarían a apoyar cualquier medida que propusieran ellos. Los theiwars insistieron en que se diese un asiento a los aghars y privilegios de derecho a voto en el Consejo.

Los hylars vieron la argucia de los theiwars e intentaron impedirlo, pero los theiwars argumentaron astutamente que, si a los aghars se los excluía del Consejo, otros clanes los seguirían después. Eso encolerizó a los impulsivos daergars y asustó a los inseguros kiars. Los hylars no tuvieron más remedio que ceder y, en consecuencia, aunque los enanos gullys no tenían ciudad debajo de la montaña, sino que plagaban todas sus áreas como las ratas que eran el artículo básico de su alimentación, recibieron un asiento en el Consejo. Por desgracia para los theiwars, los gullys acabaron respaldando la causa de los hylars la mayoría de las veces porque a los hylars les daban lástima y eran buenos con ellos (al menos, según pautas de los gullys).

Un octavo asiento estaba destinado al reino de los muertos. Los enanos veneraban a sus antepasados y, aunque ese asiento estaba siempre vacío, tenían la profunda convicción de que sus muertos eran una parte integral de la vida enana y no se los debía relegar.

Había un noveno asiento destinado al Rey Supremo, uno de los thanes elegido por el Consejo. Ese asiento también permanecía vacío desde hacía trescientos años. Según Arman Kharas, no podía haber un Rey Supremo a menos que se encontrara el Mazo de Kharas. Eso, quizá, sólo fuera una excusa. Había habido Reyes Supremos en tiempos anteriores al Mazo. Dado el estado actual de descontento social, ningún clan era lo bastante fuerte para reclamar la soberanía. Uno de los thanes estaba situándose en posición de remediar esa situación.

Realgar de los theiwars era un enano peligroso en extremo, mucho más peligroso de lo que nadie sospechaba. Ello tenía en parte que ver con su aspecto, porque era flaco, huesudo y más bajo de lo normal. Su familia había sido una de las más pobres entre los menesterosos, hasta el punto de que envidiaban a los gullys. El hambre había frenado su crecimiento, pero también le había aguzado el ingenio.