– No podéis poner los cuernos a un hombre cuya esposa no podéis dejar encinta, pero dejemos ese asunto por el momento. Os aconsejo que no pongáis demasiada fe en esos panfletos ingleses. Esa gente escribiría lo que fuere con tal de vender pamplinas. Sin embargo, os diré una cosa que sé. Cuando la reina de Saba visitó la corte del rey Salomón, entre los presentes que le ofreció se contaba un gran arcón cargado con las más exóticas especias de Oriente. Aquella noche, cuando en palacio todos dormían, el rey Salomón estaba tan poseído de deseo que la tomó a la fuerza.
– He oído esa historia -dijo Miguel.
– Entre los turcos se cuenta que en el arcón estaba el fruto del café y que fue este el que espoleó su lujuria. Si yo fuere vos, no diera más de estos granos a la esposa de vuestro hermano a menos que deseéis seguir los pasos de Salomón.
– Solo en sabiduría.
– Siempre es sabio tomar a una bella mujer cuando no puede haber consecuencias.
– Ignoro si pudiera tenerse por sabio. Solo sé que es deseable.
– Entonces lo confesáis -dijo Alferonda dándole alegremente con el dedo en el pecho.
Miguel se encogió de hombros.
– Solo confieso saber ver la belleza cuando hay belleza y sentir un gran pesar al ver que se la ignora.
– Cristo misericordioso -gritó Alferonda-. Estáis enamorado.
– Alonzo, no sois más que una comadre chismosa que viste barbas. Bueno, dejemos a un lado estos cuentos, tengo asuntos que atender.
– Ah, esa otra amante, la viuda holandesa -dijo Alferonda-. Comprendo vuestras prisas, Lienzo. Sin duda, en vuestro lugar también yo me desairaría gustoso por ella.
Geertruid se abrió paso entre la chusma y le sonrió como si estuviera agasajándolo en su mesa. Miguel pestañeó. Por algún motivo le desagradaba la idea de presentar a Geertruid a Alferonda. Una presencia ilícita no debía coincidir con otra.
– Buenos días, senhor -dijo Miguel e hizo ademán de alejarse.
– ¡Jo, jo! -gritó Alferonda a sus espaldas-. ¿Es que no vais a presentarme a esta dama? -Y saltó hacia delante por ponerse al lado de Geertruid. Se quitó su ancho sombrero de la cabeza e hizo una profunda reverencia-. Alonzo Alferonda a vuestro servicio, señora. Si acaso hubierais de menester la ayuda de un caballero, solo tenéis que mandar en busca de vuestro humilde servidor.
– Os doy las gracias. -Geertruid esbozó una cordial sonrisa.
– Estoy seguro de que la señora dormirá mejor esta noche sabiéndolo -dijo Miguel apartándola.
– Me complacería grandemente saber más de su sueño -gritó Alferonda, pero no fue en pos de ellos.
– Qué encantadores amigos tenéis -dijo ella tomando asiento. Sí algún embarazo sentía por haber tenido que descubrir su secreto la noche antes en la fiesta de la guilda de cerveceros, no lo demostró.
– No más que vos. -Miró al otro lado de la taberna y vio que Alferonda se había ido.
Geertruid tomó una pequeña pipa de una bolsa de cuero y empezó a llenarla de tabaco.
– Bien -dijo-, vayamos a lo que nos ocupa. ¿Habéis encontrado la forma de que se nos devuelvan nuestros dineros?
Miguel no daba crédito a lo que oía.
– Apenas si he tenido tiempo de dedicarme a tal asunto. ¿No pensáis preguntar por mi actuación ante el Consejo?
La mujer encendió la pipa con la llama de la lámpara de aceite.
– Estoy segura de que triunfasteis. Tengo plena confianza en vos. Y no estaríais de tan buen ánimo de no haber salido airoso. Bueno, sobre el asunto de mis inversiones…
Miguel suspiró, enojado porque ella le agriara la victoria con su obstinación en el dinero. ¿Quién le mandaba liarse con la holandesa, con sus secretos y su capital robado?
– Sé que acordamos aguardar dos semanas -dijo ella-, pero si no halláis solución a nuestros problemas en Iberia, hemos de recuperar el dinero.
Miguel estaba decidido a no manifestar su preocupación.
– Señora, ¿dónde está vuestro espíritu aventurero? Empiezo a sospechar que antes desearíais recuperar el dinero que ver la fortuna que pudiere reportaros. Debéis confiar en que sabré resolver estas nimias dificultades.
– No confío en que las resolváis. -Y negó lentamente con la cabeza. Semejaba mismamente una Madonna en un cuadro, con el rostro gacho y los cabellos apenas colgando sobre su frente. Entonces alzó la vista y sonrió-. Y no confío en que las resolváis porque yo, necia mujer, he hallado la solución.
Demasiadas cosas habían acontecido en un solo día, y a Miguel empezaba a dolerle la cabeza. Se llevó una mano a la frente.
– No os comprendo -se quejó.
– De no apreciaros tanto, os pediría otro cinco por ciento por hacer vuestro trabajo, pero os aprecio, así que dejaremos pasar el asunto. Como suele decirse, el buen granjero se hace su propia lluvia. De modo que, mientras vos jugabais al gato y al ratón con vuestro absurdo Consejo, yo misma encontré un agente que trabajará por nuestra causa en Iberia.
– ¿Vos? ¿Habéis mandado a un agente a la nación más perniciosa de la tierra? ¿Y dónde encontrasteis a persona semejante? ¿Cómo podéis estar segura de que no nos traicionará?
– No temáis. -Ella chupó su pipa con visible satisfacción-. Lo encontré a través de mi abogado en Amberes, ciudad que, como bien sabéis, mantiene fuertes vínculos con España. Se me ha asegurado que puedo fiarle mi propia vida.
– Vuestra vida no corre peligro, esperemos que podáis confiarle vuestro dinero. Si la Inquisición sospecha que es agente de un judío, habrán de torturarlo hasta que lo confiese todo.
– Eso es lo mejor. Desconoce por completo que trabaja para un judío, tan solo sabe que trabaja para una encantadora viuda de Amsterdam. No puede traicionar lo que no sabe, y sus movimientos no habrán de suscitar sospechas pues incluso a sus ojos no hace nada reprensible.
La mujer se había embarcado sin miramientos en un plan sin consultarle, pero Miguel no acertaba a ver fallo alguno en sus acciones. Hacía apenas unos instantes se lamentaba de haber trabado relación con ella, pero en aquel momento recordó por qué la apreciaba tanto.
– ¿Os fiáis de ese hombre?
– Jamás le he visto, pero confío en mi abogado, y él dice que podemos confiar en él.
– ¿Y cuáles son sus instrucciones?
– Las mismas que disteis a los otros. -Se pasó la lengua por los labios, lentamente, como si pensara-. Asegurar agentes en Lisboa, Oporto, Madrid… hombres que seguirán nuestras órdenes al pie de la letra, aunque en este caso las órdenes serán solo mías. Estos agentes habrán de esperar mis instrucciones y comprar como se les indique en un momento y un lugar concretos. -Estudió la expresión de Miguel-. No podéis objetar.
No podía objetar. Y sin embargo, lo hacía.
– Por supuesto que no. Solo estoy sorprendido. Habíamos quedado que dichos planes me correspondían a mí.
Geertruid puso una mano sobre las de él.
– No os sintáis abatido -dijo con suavidad-. Os prometo que os tengo por más grande hombre que nunca, pero vi la oportunidad y hube de aprovecharla.
Él asintió.
– E hicisteis bien. -Siguió asintiendo-. Sí, todo está muy bien. -Acaso su reacción hubiera sido excesiva. ¿Qué importancia pudiera tener de dónde hubiera salido el agente? Geertruid, a pesar de sus defectos, no era mujer necia. Miguel suspiró, percibiendo el sabor del tabaco barato en el aire y saboreándolo como si fuera perfume. Un pensamiento se le vino de pronto a las mientes y se sentó muy derecho-. ¿Os dais cuenta de lo que nos ha acontecido en este momento?
– ¿Qué nos ha acontecido? -preguntó ella. Y se acomodó ociosamente en el banco, como una ramera satisfecha que espera su dinero.
– Había un obstáculo entre nosotros y nuestra riqueza, y lo acabamos de eliminar.
Geertruid pestañeó.
– Aún hemos de colocar a nuestros agentes en su lugar y confiar en que cumplan nuestras órdenes -dijo ella, como si no entendiera en absoluto el plan de él.